¿Cómo no vamos a tener miedo de amar, si las personas que debían cuidarnos cuando éramos niños nos ignoraron justo cuando más queríamos ser vistos?
¿Cómo no temer a las relaciones, si de pequeños tuvimos que defendernos de quienes debían protegernos; si nos sentimos juzgados cuando solo anhelábamos sentirnos amados?
Esas experiencias dejan huellas profundas y heridas que a muchos todavía les duelen.
Así que sí, es lógico que hoy tengamos miedo de amar. Porque cuando quisimos hacerlo, aprendimos que el silencio podía ser castigo y que la cercanía o las muestras de cariño eran el premio por cumplir expectativas.
Pero no te desanimes. Porque sí puedes aprender.. y enseñar a amar distinto. Puedes sanar las heridas que te enseñaron a desconfiar, a estar a la defensiva.
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Sanar no es olvidar, sino dejar de vivir desde la carencia.
Cuando empiezas a mirarte con ternura, a ofrecerte la atención y el cuidado que un día te faltaron, algo dentro de ti se reordena. Descubres que el amor se cultiva desde adentro y que de nada sirve mendigarlo.
Y cuando activas tu amor propio, aprecias genuinamente estar contigo y te vuelves más exigente con la calidad de los vínculos que eliges. Solo cultivas las relaciones que te suman, que aportan a tu bienestar.
Cuando fortaleces tu autoestima, dejas de percibir la cercanía como un premio y la distancia como castigo.
Tal vez te preguntes si el desapego puede servirte como escape del temor a salir lastimado, pero el desapego no consiste en alejarte de las personas, sino en liberarte de las expectativas que proyectas sobre ellas.
Cuando sueltas las expectativas, se disuelve el miedo y aparece la disposición genuina a amar.
Solemos esperar cosas de los demás porque creemos que, cuando se cumplan ciertas condiciones externas, seremos felices. Pero al tener expectativas cedemos nuestro poder. Y terminamos haciendo daño en nombre del amor: presionamos, exigimos, nos victimizamos, cuando lo que esperamos no sucede.
Dejamos de respetar y tratamos a las personas como una pertenencia, como un remedio para nuestros vacíos.
Lamentablemente, cualquier forma de dependencia genera miedo y acaba en tristeza, porque sentimos que hemos perdido nuestra agencia, nuestro poder personal.
Sin embargo, cuando comprendes que la única constante en la vida es el cambio, te resulta más fácil apreciar lo que hay, sin aferrarte a lo que “debería haber”; aceptas lo que sucede y no te lamentas por lo que “debería suceder”.
Entonces dejas de intentar controlar al otro y puedes habitar el presente con más serenidad.
Incluso puedes cuestionarte: ¿y si ya encontré a mi alma gemela?, ¿acaso es posible permanecer juntos para siempre?
La verdad es que no.
La muerte, la distancia o los ciclos naturales de la vida nos recuerdan que todo vínculo es transitorio y en lugar de eso parecer trágico, puede convertirse en una invitación a amar más conscientemente.
¿Se puede entonces amar sin riesgo a sufrir? No del todo.
Pero sí puedes relacionarte con más conciencia, sabiendo que el apego es una tendencia natural y que la dependencia emocional no es una condena.
Cada vez que transformas el miedo en una acción amorosa —hacia ti o hacia otros—, ese miedo al sufrimiento se disuelve un poco más.
De nada sirve forzar el desapego, pero sí dominar la ansiedad, el miedo de volver a sufrir, entendiendo que cuando esperas menos, te desilusionas menos y así es más fácil mantenerte en una frecuencia amorosa.
Cuanto más consistente haces la práctica de amar, el sufrimiento se aligera y la presencia crece.
El desapego no es evasión: es amar sin ataduras.
Es la diferencia entre sostener a quienes amas con el alma abierta o encerrarles en la jaula de tus expectativas.
Amar sin controlar sí es posible: amar sin amenazas, sin exigencias, recordando que para lograrlo hay que despertar tu fuente interior de amor, una fuente que, una vez abierta, no se seca.
Entonces los demás dejan de ser tus carceleros y se vuelven espejos, puertas a través de las cuales sigues conociéndote a ti. A la persona más importante de tu vida: tú.
¡Un abrazo enorme!
Adriana Reinking

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