Resonaban el miedo y la incertidumbre de no poder responder. De todas las preguntas que fueron formuladas aquel día, aún no he hallado una respuesta definitiva para aquella en particular.
Para ser sincera, jamás busqué un significado al escribir. No puedo recordar cuándo empecé a apasionarme por redactar la vida: lo que no entendía, aquello que dolía o aquello que despertaba felicidad. ¿Acaso estaba tratando de maquillar la realidad? No lo creo. Sé que no hubo un momento sobresaliente en el que todo comenzó.
Quizás quiero dejar constancia de lo que algún día no recordaré. Hay días que pasan desapercibidos, tan comunes y rutinarios que no dejan una huella clara en nuestra memoria.
Sin embargo, quiero recordarlos. Quiero volver a leer lo que sucedía en esos días donde todo parecía cotidiano, simple o incluso insignificante.
Mi escritura encontró propósito cuando Él me encontró a mí.
Si existe algún don o talento, fue dado por Él. Desde el principio escribió lo que acontecería conmigo, y yo decidí confiarle mi vida.
Los días ya no son existenciales. Hay más; estoy segura de que lo hay. Y sé que en mi escritura también hay más.
Está Él.
Lee con atención y encontrarás una vida llena de un propósito que antes creía inexistente. Encontrarás un milagro andante. Verás el llamado. Verás mucho más de la persona que Él está formando.
La vida puede narrarse de diferentes maneras, y yo elegí esta: aquella donde Él siempre será el protagonista.
Y quizás sí, todavía no tenga una respuesta definitiva sobre por qué escribo. Pero creo que, si intentara responder nuevamente en un día diferente a este, probablemente diría que Él me dio una razón demasiado grande para no dejar de hacerlo.
Involucrarlo a Él siempre será parte de la respuesta, porque Él me dio todo lo que necesitaba. Se entregó en una cruz. El Verbo fue hecho carne y me salvó.
Él es el propósito detrás de mi escritura.
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