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Adela Salomé · Jun 9, 2026

El amor soporta.

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Adela Salomé · Adela Salomé

La primera vez que pensé comprender el amor tenía catorce años. Creí que el dolor era solo un daño colateral de una relación.

Años después lees aquellas palabras dirigidas a la iglesia de Éfeso: “has dejado tu primer amor” (Apocalipsis 2:4), y lo entiendes aún más.

Pero el amor todavía tenía lecciones que enseñarme. Algunas llegaron en mi relación con Dios; otras, a través de un corazón roto.

Durante mucho tiempo me aferré a una idea incompleta del amor, hasta que comprendí lo que realmente era un corazón roto. Nunca entendí cómo algunas personas podían atravesarlo una y otra vez cuando para mí parecía casi insoportable. Si no hubiera sido por su consuelo, por la seguridad que me daba de que aquel dolor también pasaría, no sé cómo lo habría soportado. Con el tiempo entendí que las lágrimas no eran evidencia de que estaba siendo destruida, sino de que estaba siendo sanada.

El amor soporta, Abba.

Y la idea que tenía de el cambió hace mucho tiempo.

Hubo una temporada en la que le decía a Dios que me sentía como esos perritos de la calle que son rescatados y creen que cada caricia será un golpe. Pero Su mano nunca buscó herirme; solo quería consolarme mientras me amaba.

Hoy es una temporada diferente, y yo también soy diferente. Sin embargo, el amor sigue enseñándome lo mismo: a soportarlo todo.

Primera de Corintios lo describe así: “Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Corintios 13:7). Dios me lo recuerda mientras intento no salir lastimada en mis relaciones y mientras procuro no herir a otros.

Su amor por mí lo llevó hasta la cruz. “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8).

En esta temporada me está enseñando que el amor no es condicional. No depende de si la otra persona me ama o no. Lo importante es anteponer al amado, no buscar lo suyo, sino procurar su bienestar. Porque el amor “no busca lo suyo” (1 Corintios 13:5).

Muchas veces le digo que tengo miedo, y Él me recuerda que mi corazón descansa en sus manos. “Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros” (1 Pedro 5:7).

Y descanso en la certeza de que su amor cubre mi corazón y mis temores. Mientras Él ocupe el trono de mi corazón, puedo volver a amar. Porque “en el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor” (1 Juan 4:18).

Sé que el amor es el que describe Primera de Corintios 13. Él es la esencia misma del amor. Sé lo que es ser amada porque Él me amó primero. “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero” (1 Juan 4:19).

También sé que, lentamente, el miedo se desvanece y deja lugar a la esperanza. Una esperanza que me sostiene. “Y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones” (Romanos 5:5).

Él usa mis cicatrices para enseñarme a amar, para mostrarme lo valioso y admirable que es anteponer al amado. Y confío en que todas las cosas ayudan a bien a los que le aman (Romanos 8:28).

Sus cicatrices son la confirmación de su amor. Y cada latido de mi corazón es la evidencia de nuestra comunión; de vivir, de recordar, de volver y de ser.

Puedo volver a amar porque primero fui amada por Él.

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Read the original on adelasalome.substack.com

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