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O Substack de Adela · May 24, 2026

No se trata de democratizar humanos y máquinas como si compitieran en el mismo plano. Las máquinas producen; los humanos intencionan. La producción puede delegarse. La intención, no.

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Adela Ortiz · O Substack de Adela

Aquí viene mi humilde opinión en estos días: repaso cada vez que voy a una tienda y veo que las máquinas han suplantado a los cajeros de supermercados, las personas que sirven el café, las personas en las cajas de las tiendas de ropa y también las gasolineras.

No nos reemplazaron con máquinas; nos convirtieron en trabajadores no remunerados del proceso. Allí es donde aparece la frase redistribución del trabajo y se vendió como autonomía.

La democratización tecnológica carece de sentido en una era donde automatizar no significa reemplazar lo humano. Es pertinente analizar que el problema no es automatizar, sino distinguir los niveles de responsabilidad.

La cuestión central no es si las máquinas deben democratizarse como equivalentes humanos. Es la idea actual de que todas las tareas humanas pueden ser reemplazadas por una máquina. En paralelo están las decisiones del consumidor que ha aceptado hacer trabajo gratis porque se vendió como autonomía.

Nos venden mejor lo que hacen las máquinas porque automatizan la eficiencia.

Las organizaciones aman automatizar la eficiencia y lo que hacen es redistribuir superficies operativas. Miden cuánto trabajo extra tolera un humano antes de rebelarse. La automatización debería abaratar los costos de los productos, porque esa automatización disminuye los costos con infraestructura, pero rara vez lo ves reflejado en la factura.

Hay personas que tienen muy claro que no van a pagar para hacer ciertas cosas, aunque sean pocas. Y lógico, las tareas complejas no son tan vendibles como las micro tareas. Hay trabajos que requieren habilidad real: no puedes decirle al paciente: “Hazte tu propia cirugía”. Porque el valor del servicio es precisamente esa experticia.

Hay trabajos que siguen siendo de humanos; en mi caso, quizás muchos concuerden conmigo, no me atrevería a poner mi cabeza en una máquina para cortarme el cabello por muy eficiente que sea porque confío más en un humano para hacerlo.

Ahora, matiz importante: si es conveniente o no delegar las tareas a las máquinas.

Una paradoja es que muchos restaurantes vuelven a contratar humanos para lavar platos en vez de usar lavavajillas porque energéticamente sale más cara la factura de luz. Esta tarea no te la venderían jamás como autonomía; el cliente podría rebelarse, es una tarea incómoda; precisamente vas al restaurante para no hacer nada en el proceso.

Pero hay variantes; ya hay robots reemplazando meseros, siempre y cuando lo vendan como innovación. No todo modelo de negocio es apto para abrazar la innovación, o porque el tipo de consumidor no lo desea hacer, así de simple.

Las empresas de muebles donde llevas el mueble más barato en piezas de madera hechas en moldes por máquinas y lo montas tú mismo, desplazaron a los carpinteros que te lo fabricaban con tanto detalle y cuidado. Aquí no fue un salto tecnológico, aquí es un negocio bien vendido de darte un producto más barato y que tú mismo fueras capaz de hacerlo.

Ni todo lo que brilla es oro; es verdad que ese mueble que uno mismo armó está funcional y básico, pero nunca se compara al montaje y duración de un mueble hecho por un carpintero. Otro ejemplo, un café hecho por una máquina no te va a saber igual que uno hecho por un barista profesional.

El límite no lo pone la tecnología; lo pone el comportamiento humano. El criterio humano es la elasticidad de tolerancia. La automatización moderna muchas veces no elimina trabajo; cambia quién lo hace y la calidad del resultado.

En la actualidad: ¿La IA nos reemplazará?

Pero con cada salto tecnológico se reactiva el mismo temor ancestral. Primero fueron las máquinas industriales. Luego las computadoras. Después, internet. Ahora la inteligencia artificial. La historia parece repetirse con una pregunta obsesiva: ¿nos reemplazarán?

El miedo de que la IA reemplace los trabajos humanos no es menor que otra tecnología de innovación anterior, la mecánica. La respuesta, otra vez, radica en la redistribución de las tareas. Ahora con IA se traslada parte del trabajo cognitivo al usuario vía prompting.

Un buen resultado depende del prompt y debe estar bien especificado. Y este resultado te empodera cuando multiplica tus capacidades, pero no cuando te convierte en operador gratuito. Y eres operador gratuito cuando una empresa usa IA para hacerte absorber trabajo; ellos capturan ahorro y también las ganancias.

Y explico cómo funciona: no es que desapareció el trabajo del diseñador, fuiste quien decidió hacer de diseñador; no es que la IA desplazó al artista o al músico, es que puedes ser creador digital. La dinámica antes era así: “Necesito un logo y el diseñador te interpreta las necesidades y las materializa con su creatividad”. Ahora la IA ejecuta, pero la dirección cognitiva sale de ti.

Ahora pasamos a ser un coordinador cognitivo, pero un coordinador cognitivo no reemplaza al experto.

Teatro de la competencia

El experto sigue siendo necesario donde hace falta criterio. ¿Cómo sabes si la IA inventó algo? ¿Cómo sabes si el diseño es correcto? La IA puede generar algo visualmente bonito, pero conceptualmente malo. La IA genera abundancia, pero necesita criterio, curaduría y coherencia humana.

La IA puede generar; el humano sigue siendo quien decide qué merece ser validado

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Read the original on adelaortiz.substack.com

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