Mi Substack nace de temas que trato en voz alta con la gente, y aquellos que no trato por vergüenza en voz alta con la gente. Entre las charlas que solemos tener mis amigas, de las más interesantes a los tópicos más cotidianos, casi siempre salimos con la misma duda:
“Si tuvieras que elegir entre tu pasión laboral y el amor de tu vida, a cuál eliges”
Para los que son devotos del amor la respuesta es terriblemente sencilla. Para los que viven por y para sus metas laborales la contestación tampoco se asemeja a la complejidad, pero hay un problema y es que ante la duda siempre nacen dos extremos muy sólidos que nunca llegan a un consenso.
Por eso hoy vengo a hablar de por qué yo antepongo mis sueños al amor romántico.
A pesar de que el resto no crea mis palabras, para mi el verdadero amor de mi vida es el arte. Exentando las relaciones sociales, los abrazos, y los escenarios metafísicos que en ocasiones he soñado experimentar, lo que yo siempre he ansiado con más ganas es tocar mi pasión.
Mis sueños forjan parte, o totalidad de mi identidad. Soy quien deseo ser, y quien rezo por convertirme.
Es por ello que si me proponen arrebatarme esa parte de mi, planteo que lo único que me queda es la nada misma. Me imagino teniendo todo el amor incondicional del mundo, y conociendo a personas envidiables que agradezco tener, y lo único que me ofrece ese futuro es la desdicha. Porque no tengo lo que más quiero, tengo a quien más quiero.
Quizás es un pensamiento algo exigente, y no debería replantearme tal forma, porque soy persona no soy mi sueño y no soy un mecanismo. Pero la necesidad es tanta, mi única razón se agarra a un palo ardiendo, que no puedo negarme, no puedo
En ocasiones crezco con la conciencia de que mi único propósito en la vida es hacer lo que más quiero, cumplir mis sueños y enseñarle al mundo de lo que soy capaz. En ocasiones me da por enfrentarme al fiel objetivo de que no nací para querer ni para ser querida, que mi propósito aquí no era estrechar lazos que ayudaran al resto, ni besar a personas que me prometerían la luna, mi propósito va única y certeramente dedicado al resto.
Puede que esta sea la tesis del escritor frustrado, lo reconozco. El ansia hacia el arte, hacia el mundo que cree el propio que lo necesita. Ya sabes, el escritor triste que aleja al resto porque los distraen de su objetivo, no quiere siquiera condicionantes amorosos de por medio, lo más importante para él es el éxito.
Yo en todas las vidas prefiero ser el escritor frustrado. Prefiero hundirme en la miseria de la autoexigencia y obsesionarme con mi arte. Prefiero regodearme en la infravaloración o en el egocentrismo. Bañarme en una piscina de mar salada con olor a éxito, a veces fracaso.
Prefiero ser mi oficio, y que mi oficio me dicte a mí quién tengo que ser, pero nunca amar, eso sí que no.
Puede que esto signifique que le tengo un leve miedo al amor.
Escribiendo esto, te percatarás del factor principal que guía este texto, y es que entre líneas estoy constantemente resaltando más ganas de ser más grande mientras que minimizo el amor terrenal.
Y es que no es mentira, soy devota del amor, y mis escritos la mayoría de veces se basan en él, pero así mismo, creo que este no está hecho para mí.
Tengo tantas ganas de cumplir mis sueños que no quiero ni por un instante que el amor interfiera en ninguno de mis pasos, no quiero que haya relaciones que me condicionen, ni sentimientos que me cieguen. No quiero tener que dudar entre el amor de mi vida y mis sueños, no quiero tener que elegir entre uno de ellos, porque la respuesta es clara, siempre lo ha sido.
Yo siempre escogeré ser escritora. Como siempre escogeré el cine documental. Como siempre escogeré la prensa. Como siempre escogeré mi nombre en la portada de un periódico.
Es el sabor a éxito algo que el amor nunca me podrá ofrecer
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