Estoy paradójicamente tratando de buscar temas ocurrentes todos los días. Nado entre mis traumas, entre los que me acompañan y los que ya no perviven y sigo sin catarlos. Me hundo en la monotonía, en la tristeza del escritor que no puede hablar de ésta, y acabo por eliminar mi cuenta de google dox, recibir 30 likes, ningún comentario, y el pensamiento crítico propio de “esto no vale para nada”.
Pero hoy, que le he dedicado un rato al silencio, que me he callado, y he acallado a mi dentro, he pensado en algo que sí me trastoca, en la tristeza del escritor que sí se plasma, en el conflicto interno con el que convivo y nunca comparto.
Hoy he llamado a este artículo: No puedo quererme.
Nací comparándome.
De esto ya os he hablado más veces, yo crecí comparándome. Dentro de la autoexigencia, donde y era mi propia jefa, mi propia esclava y empleada. Utilizaba como arma de disciplina, la comparación. Tomar como referencia modelos ajenos hacía que de alguna forma me sintiera más motivada para ser mejor que el resto, para elevarme a niveles estratosféricos y regodearme mentalmente de su fracaso.
Así mismo, y porque todo no era una herramienta de respaldo positiva, esto también me traía consecuencias, siendo la primera que no podía valorarme a mí misma porque mi preocupación se reflejaba única y exclusivamente en el resto. No podía quererme, porque quería con más ansias ganar, quería con más ansias las desgracias del resto, quería con más ansias superarles. Y esto significa que nunca me miré a mí misma y nunca me pregunté quién estaba siendo como persona. Nunca supe mi nombre.
Crecí odiándome físicamente.
Cuando hablo de no quererme, hablo de no valorarme en ningún ámbito. Si bien es cierto que en la niñez mi mayor preocupación era el éxito académico, de adolescente, mi mayor preocupación era mi físico.
Me resultaba imposible quererme, porque a su vez me era imposible mirarme al espejo. Recuerdo como una tortura tener que convivir con un mounstruo llamado cuerpo, y una bruja llamada rostro. Recuerdo no querer mirarme, porque solía saber que no había nada que pudiera hacer para darle la vuelta a todos esos rasgos horribles y despreciables.
Y recuerdo experimentar el asco propio, recuerdo querer arrancarme la piel y querer hacerme con ella un vestido bonito que ocultara la fealdad de mi alma.
Muero odiándome como persona.
Le tengo un fanatismo extremo a las personalidades especiales. A la gente con presencia magnética. A los personajes con grandes oratorias. A los talentosos. A los curiosos. Siento devoción por todos ellos.
Y siento también una vergüenza extrema por no parecerme en absoluto a ninguno de los anteriores.
Entre los: ¿Por qué no puedo quererme? Una de las respuestas principales me habitaba de lleno en el borrador.
“No te quieres porque no te gustas, porque no quieres conocerte, te aburres, te abrumas, tu presencia es el mayor castigo al que te podrían haber condenado. Vivir contigo misma es dolor como constancia.”
Y mantengo las palabras. No puedo quererme porque no me caigo bien. Porque mi voz es muy chillona, porque mi carácter es molesto, porque mis piernas son muy flacas, y mi cintura no es muy estrecha. Me odio porque no soporto mi personaje, porque cambiaría siempre mi vida por la del resto.
No puedo quererme porque no valoro quien soy, porque el desprecio propio es tanto que me es incapaz siquiera ayudarme.
Entonces si me resulta imposible quererme, también lo será aceptar que el resto puede hacerlo.
“Aceptamos el amor que creemos merecer” me persigue hasta el fin de mis días.
Realizar que el resto puede percibirme de una forma positiva, mirarme de forma amorosa, verme guapa, reírse de mis chistes, me es complicado. Porque he distorsionado a mi persona de forma sutil, con talento de artista, y ahora esa connotación negativa que me responsabilicé a los hombros es ahora pura y exclusivamente cierta.
Así que se me añaden dos castigos, el no quererme, y el no dejar al resto que me quiera tampoco.
A veces creo, que por ese miedo a que vean la realidad de mis horrores, mi escondite abierto al que llamo hogar rehuyo al amor de mi vida, no lo acepto. A veces quiero enamorarme, y quiero gustar, pero imagino a alguien queriéndome, y a alguien viendo lo que yo veo todos los días, y me asfixia la idea, porque me parece un escenario anormal.
Yo quiero que me quieran, pero no me parece justo que lo hagan, porque no me lo merezco.
No soy buena persona, y he cometido errores, y he fallado, y he hecho daño, y me he hecho daño, y he conocido las adicciones, y no hago buenas bromas, y nunca pronuncié un te quiero, y mis sueños siempre tienen mi nombre, y mi nariz es muy grande ; y tú eres buena persona.
Y yo no quiero que me quieran porque me pastel un acto egoísta. No es que no te aprecie, es que te protejo, te mereces algo mejor.
Este psicoanálisis me ha costado un sandiwich de chocolate, un par de videos de YouTube de por medio, y mucho, mucho, muchísimo silencio. Todo para darme cuenta de que lo que he descrito es una absoluta desgracia. Que es verdad que no me quiero yo pero que espero que quien lea esto si lo haga. Que de nuevo estoy compartiendo mis problemas personales en internet y quizás si que es verdad que debería pagarme una terapia.
Pero también es verdad que el empezar a valorarme es un cambio el cual no estoy dispuesta a hacer.
Creo que porque me he acostumbrado a la tristeza y ahora la llamo mamá. Porque es un escudo protector conocido como manta.
Porque no me quiero, y eso hace que el resto tampoco lo haga, pero mejor así, más fácil, más sencillo, más ameno.
Ojalá si alguien me quiere el dia de mañana lo siga haciendo después de leer esto.
Y perdón por poner la palabra querer tantas veces, es un verbo bonito.
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