El camino de la perdición, días sin escribir, semanas incluso, reciclar poemas y dárselas de progre, mi hobby favorito.
Cuando estoy triste no escribo, ni leo ; cuando estoy triste no hago nada, me revuelvo entre las sábanas y huelo la almohada, le hablo a mi diario e ignoro a mamá. No me gusta estar triste, soy poco productiva, no me siento, hablo a trompicones, nunca tengo nada interesante que aportar. Cuando estoy triste no sirvo para nada, soy una inútil.
Pero hoy, que estoy triste de más no puedo permitirme no escribir, así que voy a hablar de algo ameno, algo también triste: lo que sucede cuando no quieres que el resto te conozca.
Existe el dualismo.
Como el cielo y el infierno, o caes en una casilla o dejas de jugar. Puedes añorar que te conozca todo el mundo, ser percibible, puedes ser de las que añora ser un poquito más vista y se pone de puntillas en las fotos en grupo o se achanta en un cúmulo de gigantes. Puedes querer protagonizar, es normal, quien no quiere, las protagonistas de las pelis fingían querer pasar desapercibida, pero que les vas a contar a ellas si, efectivamente, eran las protagonistas.
Los que saltan más alto para que les vean son buena gente, le tienen miedo a ser invisibles y por ello resaltan de más. A veces los que quieren ser vistos saltan tan alto que llegan al cielo, y ahí nadie les ve, y ese es su mayor castigo, su mayor consecuencia, que tanta ansia les hace aburridos.
Pero también están los otros, los que huyen de la convicción. Esto me suena mucho a cuando escribí no quiero ser vista, y llegué a la sencilla conclusión de que efectivamente mi principal miedo no es que me vean sino que sepan que me conocen, ser una persona transparente que ya se ha desnudado y puede ponerse ropa pero el resto ya se sabe su cuerpo de memoria, las cicatrices igual.
Cuando te dejas conocer.
Cuando te dejas conocer no hay marcha atrás, y puede que eso sea lo que menos me gusta de la acción, que es irreversible. Si les das tu corazón no te lo devuelven, porque has firmado custodia compartida, para las buenas, para las malas. El otro recordará el sabor de tus labios, cuanto azúcar le echabas al café, tu canción de karaoke favorita, pero también se acordará de tu relación con tu cuerpo, el daño, los traumitas de la mesilla de noche.
Darse a conocer es un suicidio, por eso somos tan precavidos, yo lo entiendo. Les entregamos la confianza a pocos, los mismos escasos a los que de pequeños les dábamos la mitad de nuestro collar de amistad. Les ponemos en el pecho la peor versión de nosotros y en la conciencia la mejor, para un recuerdo bonito.
Por eso a mi no me gusta que me conozcan, porque me miran y ven certeza. Y a pesar de esta ser una de esas frases que yo le adjudico a la necesidad del amor, no me gusta experimentarla. Cómo convives con el hecho de que te sepan, que te saboreen y no puedas huir. Como miras al otro cuando estás triste sabiendo que él ya lo sabe, no porque se lo hayas dicho sino porque te conoce, mierda te conoce de más.
Esa es de las peores partes sino la peor, que ya no hay escondites, ni mentiras, si os miráis y sabéis, no con palabras, solo con convicción, ya estáis perdidos, ya os habéis memorizado del todo.
Ya no puedes huir.
Y es una putada porque como te digo, desnuda en estos momentos, o no, ya lo has hecho antes, y no hay vuelta atrás. Seáis desconocidos y os encontréis en un café sin saludaros. Seáis almas gemelas. Seáis enemigos en historias mal contadas. Ya os sabéis los defectos del cuerpo del otro, su mancha de nacimiento, esas cosas que se destacan en un poema.
No solo no quiero que me vean sino que tampoco quiero que me perciban como yo me veo.
El miedo empieza por un: no quiero que nadie me conozca.
Pero termina con un: ¿y si una vez ya vista, me doy cuenta de que ellos me vean como yo me veo?
Y a pesar de parecer un trabalenguas absurdo y mal sonante, es uno de mis mayores miedos (a esta última frase le he añadido una gran hipérbole).
Le temo rotundamente a que vean lo que veo yo tras el espejo, que mi nariz sea tan grande como yo la memorizo y mis conocimientos tan sumamente inexactos como yo los rechazo. No quiero pensar que alguien puede ver a mi persona como yo la tengo moldeada, porque en el caso de que eso sea posible tengo claro que es imposible que me quieran.
Si alguien me ve como yo me veo es rotundamente improbable que me amen.
Porque bajo mi mirada soy fea y poco interesante, y no valgo, soy inútil, no puedo ser querida. Bajo mi mirada los monstruos existen y las hadas son cosa de niñas, bajo mi mirada los malos pensamientos están, los prejuiciosos y los destructivos. Todo tipo de pensamiento.
Entonces, no sé qué prefiero, que me conozcas gracias al perspectivismo, que te dejes guiar por tu propia convicción, lo que yo resulte ser ante tu mirada sin la mía como condicionante de por medio ; o que me conozcas siendo esto, lo que veo yo todos los días y desprecio, lo que yo siempre critico en estos artículos, lo que yo siempre trato de ignorar para ser feliz.
Quizás la mejor opción es la tercera, la de no conocerme. Y así no hay mayores problemas.
Quizás es cierto que si no pueden verte tampoco podrán hacerte daño.
Quizás sí.

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