Mis deseos de cumpleaños siempre han sido muy míos.
En mi octavo cumpleaños pedí un carrito de bebé. En mi noveno cumpleaños pedí un pack de cromos sorpresa. En mi decimosegundo cumpleaños pedí que no me crecieran las tetas. En mi decimosegundo cumpleaños pedí no engordar. En mi decimoséptimo cumpleaños pedí ser querida por alguien.
Los sueños cambian.
Y a mí eso me asusta. Mucho. Más de lo debido.
Quizá por ese mismo miedo las palabras de este ensayo sean cortas y secas. Y no tengan significado y estén repletas de rencor y vacías de nada, completas por nada.
Por qué a mí no me gusta mi cumpleaños.
Detesto los cumpleaños porque son un día especial. Porque estás al tanto de que hoy es tu día. De que hoy eres importante.
Lo detesto porque cuando un año ese día no se trata como tal se demoniza el resto. Cuando no te felicita una persona se rehúye la felicitación absoluta. Cuando tu padre no te da ningún regalo porque el esfuerzo era impensable, no vuelves a querer un regalo.
Lo detesto porque el cumpleaños es un recuerdo constante de lo que sí que estaba el año pasado pero no está este.
El cumpleaños para mi, es ese momento cruel, semejante a la cena de Navidad, donde te sientas y nadie más te está cantando el cumpleaños feliz, faltan sillas, sobra mucha comida y nadie se ríe tanto como cuando cumpliste quince.
Yo siempre lo rememoro como la pérdida. El dolor que se acoge en un día y que no se mueve de ahí. Finge que es feliz, finge que viene para alegrarte, como modo de felicitación, pero es todo una farsa. Tu cumpleaños es doloroso, doloroso si has perdido y en efecto, no va a haber forma de recuperar tal pérdida en un día como este.
El cumpleaños es triste si tu abuelo se ha muerto diez días antes o si tienes que estudiar para un examen si el mismo día trabajas. El cumpleaños a veces te lo arruina la muerte o el capitalismo.
Tú no decides.
Los deseos
Así mismo como bien trato en la introducción, mis deseos siempre han ido cambiando.
Este año he tenido un deseo raro, de esos que no quieres pedir pero que te obligas a pedir. De esos ridículos. La misma ridiculez que sentías cuando pedías ser más vista, caber en ese vestido. La misma.
Este año he tenido un deseo que evocaba la necesidad de que alguien me viera y eso me ha acorralado, y me ha dado de bruces contra el deseo infinito de ser querida. Esa edad donde lo profesional asfixia pero la necesidad de cariño externo gana por goleada.
¿Qué pasa cuando pides un deseo pensando en alguien? ¿Es que uno no se siente estupido? ¿Es que alguien no piensa que el otro no deseo lo mismo en su día? ¿Que se siente poco afeccionado?
Es que yo cuando pido deseos pienso en ti, pero después me culpo porque no sé si el deseo es propio, si tú deseas por mí, si en realidad los deseos existen.
Si solo se trataron de una leyenda urbana, si es que el hecho de que no me quieras no lo manipula el destino, lo manipulas tú.
(Perdón por terminar siempre hablando de amor y sentimientos difusos en mis ensayos, es ridículo)
El caso es que para mí el deseo es ese ansia por cumplir. Lo que te prometieron tus padres con doce y ahora con diecisiete te tomas a broma porque nunca se hacen realidad.
Espero que esto sea incierto.
Mi miedo a crecer también está presente.
Si por último algo tengo que recalcar sobre mi rechazo al cumpleaños es, el miedo a crecer.
Frente a esa necesidad que de niña me aplastaba, esa prisa por correr, esas barras de pintalabios que caducaban. Ahora me encuentro en el auge de la nostalgia.
A veces, en ocasiones agarro la tarta y grito mientras pataleo que no quiero irme de aquí, que no quiero marcharme de los dieciséis. Que lo es que cruel es echar a quien no quiere irse.
Los cumpleaños son esa fecha señalada que los niños añoran pero que los adultos rehúyen.
Entonces llega la adolescencia, tus amigos cumplen y mientras soplan la vela se van de casa, pagan una hipoteca, van a la universidad, se mudan a Barcelona. Mientras tú y tus amigos celebráis con serpentinas, tus padres comienzan a cobrar la jubilación, tu prima se aprende el abecedario, tu vecina fallece.
Mientras uno celebra el cumpleaños nunca se pregunta si es que lo deseos, el amor, las ganas, lo incierto, las invitaciones por compromiso. Todo eso. Solo forma parte de un ritual.
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