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Diario adolescente · Apr 11, 2026

La gente observadora

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Diario adolescente · Diario adolescente

Yo soy de las observadoras. Las que saben con miradas. Las que las palabras no manejan si no están escritas. Las que solo con un guiño entienden.

Yo soy de las que mira, solo observa. Y nada más. Y este artículo se trata de eso. De que observéis vosotros como me siento yo (la gente, el mundo, una sociedad reprimida) que solo puede echar un vistazo y se tiene que quedar al margen de la acción.

Ser solo espectador.

El trauma va de esto. De mirar.

Es una manía que va marcada por el tiempo absoluto. Hubo etapas donde yo fui la que no miraba, la que era actriz, etapas donde pertenecí al elenco. Pero ahora estoy aquí, desde hace un tiempo que me dejaron prestada una cámara barata de segunda mano y ahora tengo que grabar películas malas de personas con guiones que no puedo manipular.

Estoy constantemente viendo películas. Cuando mis amigas discuten entre ellas de broma veo una película. Cuando mis padres debaten sobre política veo una película. Siempre me quedo fuera del atrezo y miro disimuladamente lo que ocurre pero nunca me atrevo a entrar.

Y no lo hago por múltiples factores indefinibles. Creo que no lo hago por miedo, porque meter mi personaje en la acción lo convierta todo en una película muy mala. O que así mismo, el resto de actores no me quieran en su escena.

Estoy harta, cansada, y aburrida de solamente escribir historias. De narrarlas e invertarlas. Estoy harta de ser la que crea en silencio, en la mente propia, yo quiero protagonziar y quiero que alguien tome en cuenta mi personaje y lo utilice como inspiración para generar.

Odio ser escritora, lo odio. Detesto escribir historias de amor, artículos de amor y nunca protagonizar una acción que lleve un nombre semejante.

Detesto escribir e imaginar sobre mundos extensos e increíbles pero abrir los ojos y ver que el mío, que el que según el resto protagonizo yo, es limitante y seco. Es todas esas cosas de las que jamás escribiría.

Observar me ha hecho localizar a la perfección a los protagonistas, a los que no reconocen pero saben que nacieron para tener un papel estrella, para enamorarse a los quince, a los veinte quizás, para ser estrella.

Y también me ha hecho darme cuenta de los que no aman. De que mi padre no mira a mi madre como ella lo hace. De que el sentimiento no crece, por lo menos, de lo externo.

A veces observar es como mirar un núcleo social plenamente interesante y no poder entrometerte porque tienes los brazos y los pies atados a la silla.

Quizás así se sienten todos los escritores. Quizás son solo todos personas aburridas con vidas miserables y que por la plenitud del mundo imaginario que crearon de pequeños se les dio el talento de crear. Quizás por ello son tan tristes.

Pero no es todo negativo, de verdad.

Si bien es cierto que todo el mundo que me lee piensa que solo escribo sobre cosas negativas y tristes, voy a sacar una conclusión positiva.

La gente observadora ve cosas que el resto no ve.

Y aunque nosotros no podamos vivir en la ignorancia e inocencia del no saber, vivimos con la certeza de que tenemos en cuenta un montón de momentos que no están localizados en los libros pero que nosotros sí tenemos recogidos.

Sabemos secretos que ni los padres de los apuntados saben, y sabemos de la intención de las miradas y el tacto. Sabemos en base a un análisis incierto gracias a una capacidad que llevamos arrastrando años, la de no hablar pero sí ver.

Tenemos una capacidad muy importante y es la de abrir los ojos y entender. No ver, no echar un vistazo. De entender.

Comprender lo que ni siquiera las palabras del maniquí son capaces de hacernos caer en cuenta.

Tenemos un talento, la de crear historias con tan solo miradas que personas cotidianas no podrían comprender.

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