Entre la crítica a los hijos pequeños, los mayores y el rechazo familiar a los medianos. Las familias numerosas no encuentran el equilibrio, las de tres son las idílicas, los gemelos son complementarios…y las hijas únicas, las hijas únicas nada, tienen problemas desde que nacieron.
Esto no es una crítica hacia mis padres que decidieron condenarme desde niña a una infancia complicada y una adolescencia precaria. Es mas un análisis hacia el individualismo de los hijos únicos, quienes fuimos, quienes somos, y quienes seguramente seamos en un futuro.
Yo, como siempre, analizando los tres tiempos, a ver si acierto con lo dicho de alguno de ellos.
Crecer siendo una.
Creces siendo una, no compartes, no por lo menos en casa, pero asumes que en el exterior es una tarea necesaria. Juegas sola y le pones voz a tus personajes, te niegas a jugar con más niños delante porque ellos no conocen tu forma de juego, no lo entienden, solo tú entiendes tus diálogos y tus muñecas, repito: solo tú sabes jugar.
Cuando rompes algo no hay más culpables, quien se haya comido el último helado de la nevera que lo confiese, y siempre te callabas, ya estaba todo dicho.
Ser hija única, es complicado, ya desde niña porque te sientes aislada de un mundo que a tu parecer funciona diferente a tus normas individuales. Creas un refugio en tu mente, tu cuarto, tus sábanas de papel, y te exilias de la vida social porque no la comprendes, son engranajes que funcionan conjuntamente y a ti eso no te gusta.
Ser hija única en la infancia, para los mellizos, es crecer siendo el foco, siendo consentida en el aspecto económico y sentimental. Y nada más lejos de la realidad, ninguna de esas cosas, siendo el único, llena.
Porque los juguetes si son infinitos, pero no hay nadie con quien jugar. Y tus padres te quieren mucho pero no entienden de series de dibujos. Y eres el foco pero ya no te da tiempo a huir.
Siempre hay una carencia para los hijos único, que incluso los mejores padres de la península no han podido saciar, y es el hambre de la compañía. Los hijos únicos se sienten solos, y a raíz de que se sienten solos se aíslan en ellos mismos, y entonces crecen con sus propias normas y pensamientos, ellos se dictan que está bien y que está mal, ellos se enseñan a ellos mismos. Y ahí viene el segundo paso, ya no quieren compañía, ahora la repudian, porque han aprendido a lidiar con ella.
Y ahora que ya soy mayor, el sentimiento ha empeorado.
Solía creer que la peor parte estaba en la niñez, porque era cuando más uno necesitaba sentirse acompañado, cuando más uno requería de crecer con otro a la par para ser normal.
Pero veo que me equivoqué.
Porque ahora estoy pasando por los efectos secundarios de la soledad infantil.
Ahora no hay otro motivo sino que necesito estar sola, la compañía me estorba, no la necesito, me sobra. No solo es que haya encontrado un refugio en mi misma, sino que he alzado las paredes a gran escala y ya no puedo ver más allá de mi propio horizonte.
Para los que no pillan la poesía mala, soy de esas que cuando tiene un problema se replega en sí misma, acepta el daño y niega ayuda.
Como cualquier otra, he crecido con la autoexigencia. Porque eres solo una, porque tus padres no tienen expectativas en nadie más, no tienen otro clavo al que agarrarse. Quizás el deje también viene de eso, de creer que les debes algo, a todos los que te están viendo, porque solo pueden esperarse algo de ti.
Has asumido extraescolares para llamar su atención, y has sido la primera en todos los deportes y carreras. Has sacado las mejores notas. Y has aprendido a peinarte sin ayuda de nadie. Y has tenido que hacerlo antes que el resto para impresionar a alguien, a cualquiera, no sé, llamar su atención.
Ahora que he crecido, y he entendido que estoy obligada a caminar sola, que no sé convivir, me enfado todavía más con el destino. Porque yo quería ser de esos acompañados, esos que abrazan el amor, las amistades, y las relaciones sociales en el bus de forma efímera, da igual que el viaje dure quince minutos.
Yo quiero ser de esos que comprende las situaciones ajenas, y no les cuesta visualizar otras dinámicas familiares, hablan con sus padres y las cenas de noche buena son inmensas.
Yo quiero ser otra que no sea hija única y poder dormir con alguien todos los días sin sentir que invaden mis barreras.
El mayor conflicto de los hijos únicos: sus crisis de identidad.
Si hay algo que nos caracteriza a todos, y a mí que se me permita generalizar, son las crisis de identidad.
Deduzco que tanto tiempo a solas, encerrados en nosotros mismos, nuestra propia casita para pensar, nos deja mucho espacio para conocernos a nosotros mismos, cuestionarnos, y carecer de más.
No es que sobrepensemos como los que más sino que tenemos una mente prodigiosa que ha recorrido múltiples temas de conversación con uno mismo, ha creado y modificado escenarios, y todo con la única necesidad de escapar del aburrimiento.
Todas mis crisis de identidad han venido del: no encajo, no me conozco, siento que tampoco logro comprenderlos a ellos, que me está pasando.
Y no sé si es normal, si tengo que derribar los muros o ya son genéticos, si me da tiempo a cambiar, si lo que estoy diciendo son tonterías de hija única que ha tenido mucho tiempo para pensar pero poco para analizar correctamente.
Espero, y solo eso, que haya hijos únicos mayores leyendo esto y pensando que soy idiota. Hijos únicos ya casados, hijos únicos fracasados que han sobrevivido a ello. Hijos únicos que han podido salir del refugio y han conocido el mundo exterior.
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