Muy pocas veces abrazo el fracaso. Siempre fui segunda en los concursos de deletreo, de matemáticas la última, nunca permití estar en segunda fila en baile ni ser la peor de la clase de inglés.
Siempre perfeccioné ser la primera y cuando eso no sucedía me inundaba en la tristeza máxima. Porque para mí el éxito es la única salida hacia la felicidad, o por lo menos a la satisfacción.
Porque soy hija única y mis padres deben sentirse orgullosos.
Porque no sé, si no eres nadie ya de por sí, tienes que ganarte ese lugar que no te propinaron.
¿Qué significó eso en la infancia?
En resumidas cuentas, un trauma prematuro.
Nunca me permití ser niña si esa niñez no implicaba un mérito de por medio. Los juegos para mí nunca fueron juegos porque siempre había un trasfondo detrás, la mirada de papá aprobante. Los deportes debían ser míos. Y los premios en dibujo. Y las mejores notas de clase. Y los premios de escritura. Y los diplomas. Y las llamadas a casa. Y las felicitaciones.
Y aquel cúmulo de cosas que hacían que mi abuelo me diera una palmadita en la espalda. Que a mi madre se le olvidara el sueldo de mi padre.
Necesitaba ganar. Destacar en algo. Para que así me vieran. O me viera yo. Para así distraer el foco en aquellos defectos que portaba nuestra vida o portaba yo, para que así lo único digno de admirar fuera yo y mi mérito.
Entonces frente a un mundo repleto de personas que luchaban por ganar, yo los empujaba, mordía, pataleaba. Para al final del día no recordar el propósito solo el sentimiento del final.
Siempre fui la niña sobresaliente por necesidad propia. Creo que, frente a unos padres que no me impusieron un estándar tuve que fijar unos límites claros hacia mí misma, para obligarme a ser mejor para performar tener una presión que no me impartía nadie, solo yo misma.
Quién soy ahora (la peor parte)
Si alguien llegó a pensar que una infancia marcada por la autoexigencia era la peor parte, se equivocó.
Porque dentro de ese grupo de niños que pusieron el filo en el perfeccionismo se crearon dos grupos. Quienes lograron mantener la línea. Y quienes cayeron por el camino.
Y yo soy la segunda, por desgracia.
A medida que fui creciendo un trillón de condicionantes me hicieron dejar atrás aquellas cosas que quería. Las mudanzas me hicieron dejar baile. Aquellos niños imbeciles mis clases de inglés. Y aquella clase de tercero de la eso mi preocupación académica.
Es como si, después de haber peleado para conseguir estar en la cima, me quitaran todo, y me pusieran pegas, y me bajaran escalones y me dijeran que hay muchas más montañas por subir.
Ahora soy una fracasada. No porque no haga ningún deporte como el resto, ni sea la primera en clase, ni destaque en absolutamente nada. Sino porque no llevo la vida que yo siempre quise llevar.
He madurado y el perfeccionismo ya no es una necesidad pero es un deseo, uno que soy incapaz de alcanzar. Porque me he definido como una astuta mala. Como una perezosa. Como una que no vale para nada.
Ahora mis nuevas amistades me conocen así, y mi madre ha tenido que enfrentarse a que ahora soy así, y yo he tenido que volver a conocerme como esta y suspirar para decir: bueno, está bien, no pasa nada, podré vivir con esto.
Últimamente siento que la tristeza perecedera convive dentro de mí porque no soy quien quiero ser y para mí ese es el fracaso, vivir aislada de la ilusión.
Ahora pienso en el futuro y veo cosas que no quiero hacer, y carreras malas sin salidas que voy a estudiar porque sigo intentando ser un poco feliz, y horas pérdidas en redes sociales, y relaciones interpersonales vacías. Y me da pena porque yo nunca esperé ser así.
Si hablara con mi niña interior y le dijera que: ahora me gustan las chicas, he engordado y escribo artículos en línea que a la gente no le interesa. Ella me miraría y se sentiría decepcionada. Y eso me decepciona más a mí. El hecho de no soy quién pensé que sería de niña. Pensar que si me encontrara por la calle a la pequeña de antes ella no me miraría y si lo hiciera no sería con ojos de admiración.
Para mí ese es el verdadero fracaso, llevar una vida que no quieres, que nunca quisiste, y no querer cambiarlo porque no te ves capacitado a.
El fracaso no es volver a casa de mamá con los brazos vacíos, es no querer tener una casa, vivir en ti, y aislarte del resto hasta crear en la miseria un propio caparazón.
De las peores partes del fracaso se encuentra la comparación absoluta. Mirar a aquellos que siguen consiguiendo y que no pierden. A aquellos que no solo ganan en extraescolares sino que ganan a nivel personal, que están plenos y que hablan de forma genuina, de forma hiriente hacia ti que te odias y los odias.
La comparación nace contigo, pero es más asfixiante cuando te comparas desde el garaje, desde la nada misma.
Creo que, sin repudiarlo tengo que empezar a abrazar al fracaso y ponerle nombre de animal de compañía. Creo que tengo que debo aceptar quién soy ahora y agradecer quien puedo llegar a ser mañana porque no todos los éxitos llegan en nombre de nómina.
Creo que mi madre está decepcionada pero yo algún día también lo estuve de ella, que así funcionan las cosas, que el orgullo y la decepción son pasajeras.
Yo creo que ahora mismo lo único que deseo es ser de las otras niñas excelentes, las que siguieron siendo a pesar de la presión, las que fueron financiadas por sus padres, las que siguen queriendo ser cirujanas. No se, las que pueden mirarse al espejo.
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