Historias y todas las veces en las que me obligaron a crecer.
La palabra vulva le hacía gracia a mis compañeros de clase. Recitaban la palabra vulva todo el día, reían bromas entre ellos e incomodaban charlas de sexualidad en el instituto.
A mis compañeras la palabra genitales les daba vergüenza, y rehuían esos temas triviales, como rehuían las malas notas y rehuían hablar de otros aspectos avergonzados.
Cuando bajaban al patio los niños hablaban de desnudos, desnudas y etc, la infinita duda. Las niñas jugaban a las cartas y aplazaban el tema, les daba, de nuevo, repelús y vergüenza.
A los 11 años me bajó la regla por primera vez. Pero antes de eso pasaron más cosas.
Las mujeres en los baños públicos desdoblaban las compresas muy despacio para que no se escuchara el ruido al otro lado del cubículo. Se pasaban tampones a escondidas en lugares sociales. Y cuando se excusaban en momentos detonantes eran acusadas de estar en el momento del mes.
Las mujeres eran la regla, y la regla definía a las mujeres.
A los once años me bajó la regla por primera vez y fue una experiencia traumatizante, como muchas niñas me avisaron y como todas proclamaban la verdad.
A las niñas de aquel entonces nos habían dicho que las niñas que tenían la regla ya no eran niñas eran mujeres. A partir de ahí deben de comportarse como tal. Y deben llevar sujetador porque ya son mayores. Y peinarse. Y cerrar las piernas cuando se sientan en lugares públicos.
Pero obviando el tono secante que llevo portado en toda la narración vengo a oponerme de una vez.
Yo no fui una mujer la primera vez que me bajó la regla. Ni los años posteriores. Y tengo 17 y creo que sigo sin serlo.
Cuando me vino la regla por primera vez no me convertí en mujer, fui una niña asustada, que no quería crecer, no quería ser mujer porque ni siquiera el significado de la palabra misma era convincente para ella.
Recuerdo llorar y abrazar a mi infancia y pedirle que no se fuera que era pronto y que no estaba preparada. Y recuerdo clavarme en la retina los comentarios de otros hombres, y la vergüenza de las otras mujeres, y las situaciones incómodas que me llevaría a la tumba hasta aquel día. Y recuerdo sin duda, no tenerle miedo al paso del tiempo universal, sino al paso del tiempo femenino.
El paso del tiempo femenino es como le defino yo a la acción social de obligarnos a crecer cada cierto tiempo. Estamos obligadas a pervivir en una evolución constante que queda por definitiva el día de nuestra muerte (siquiera a veces en el caso).
De niñas cuando nos baja la regla ya somos mujeres. Cuando terminamos nuestro título universitario debemos ser esposas. Y a los treinta ser madres, buenas madres y buenas esposas. Y a los cuarenta no podemos dejar que nuestros hijos sientan vergüenza por nosotras, que nuestro marido se fije en mujeres de veinte. Y en la vejez no debemos comportarnos como adolescentes y vestirnos como tal porque ya somos viejas.
Entonces el paso del tiempo femenino se nos ajusta a la edad presupuesta por la sociedad, a nuestros cambios, a sus cambios. A las arrugas que ahora nos arregla el botox y los pelos que no nos quitamos con pinzas.
Entonces ser mujer es: vivir en un reloj de arena que te consume y te limita.
Mi primer sujetador
Años después me probé mi primer sujetador, fui tarde, la más tardía, por aquel entonces no lo necesitaba (como mucha gente no necesita, solo quiere). Aplacé la acción, como si de un ritual se tratara, es el esclafrio al volver de clase cuando ves tu cama y tu madre te ha dejado cinco tops deportivos, que son incómodos, y te aprietan la espalda, no quieres llevar para hacer deporte y los necesitas como si el aire supone.
El primer sujetador a veces es la petición de la niña o la obligación social de la madre que le pide por favor a la niña que lo utilice. Mi madre hizo caso al consejo social de multitudes que marcó el calendario femenino sobre que las mujeres a los doce ya necesitan llevar sujetador, da igual si les duele, si tienen tetas, si no, o si esas niñas les suplican no querer hacerlo.
Yo odié mi primer sujetador, como odié el segundo, como odio llevarlos ahora y como odio las miradas de otros cuando no lo llevo.
Me dolía mucho la tira del sujetador y saber que estaba empezando a tener tetas, que mi madre se diera cuenta de que tenía tetas. Y el mundo se diera cuenta. Y tuviera que otra vez crecer de repente.
A veces tengo la sensación de que ser mujer es una carrera constante donde no hay marcha. Estamos constantemente creciendo, somos obligadas a avanzar más rápido. Necesitamos ser más listas. Más astutas. Necesitas ser más maduras. Menos infantiles. Y todo para que las personalidades arrolladoras que se fundan a final de camino, las que son el resultado de la prisa social, no puedan ser compartidas sino escondidas.
Y es agitador ver como el desarrollo de nuestro cuerpo determina quiénes somos y en qué etapa nos encontramos.
Quería depilarme las piernas para ir a la piscina.
Y no porque me hubieran molestado nunca mis pelos sino porque al resto les dan mucho miedo.
Los chicos a lo catorce y a los sesenta corren en la piscina repletos de pelos, en cualquier parte del cuerpo, y los enseñan sin pudor, a veces los depilan y son señalado, a veces no lo hacen y son difuminados.
A mí me da vergüenza tener pelos en las piernas porque se ve vulgar y varonil, porque es guarro dicen las abuelas, porque no es de chicas.
Entonces a los quince me sometí a la cera penitenciara que me hacía llorar. A los dieciséis cambié a la cera. Y ahora veo tutoriales en tik tok sobre cómo crecer sin vello a constancia del no dolor. Cuando quizás lo más sencillo para resistirte al dolor de la depilación es, no depilarse si uno no quiere.
En general, este archivo en notas ha sido una recopilación de las veces que creo que he crecido de niña. Las veces que me han empujado a la madurez y yo no he podido resistirme.
Ahora, he de reconocer que las cosas han cambiado. Ahora tengo pelos y tengo estrías y a veces no uso sujetador y mi ciclo menstrual no me lo regula una app de pago. Ahora soy quien fui de niña pero un poquito más alta, un poquito más consciente. Pero no soy otra. Y no soy la mujer de la que hablaban los hombres que me convertiría. Y no soy objeto de apreciación. Ni comparación.

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