En casa dormía con una barrera a las puertas de mi cama, y de viaje mamá me ponía un par de cojines al rededor del somier porque era una niña muy descuidada, una de esas que se caía en sueños.
De pequeña también tenía mucha sed, y cuando era muy tarde le pedía agua a mamá y a veces le pedía un abrazo, y ella siempre me respondía con un qué, un vaso de agua y un abrazo.
Me he percatado de que siempre hablo sobre la nostalgia, aspectos erróneos y tristes. Muy de vez en cuando me acostumbro a hablar del recuerdo y a hablar mal de mi padre.
Pero no puedo evitarlo.
Cuánto tiempo dormí al lado de mamá.
Yo fui una de esas tardías. Dormí con mi madre hasta pasados los diez años, le puse de excusa mi miedo a la oscuridad y mi asma descontrolado. Ella siempre acató las súplicas, se quedó a mi lado hasta que fuera físicamente capaz de conciliar el sueño, a sabiendas de que la oscuridad no me daba tanto miedo y el asma era momentáneo.
Recuerdo una noche hablando con ella que tuve que confesarle uno de mis mayores miedos:
Mamá, tengo mucho miedo de ser mayor, e ir a la universidad porque allí ya no podré dormir contigo.
Memorizo que mi madre me llamó boba y que mi padre hizo chistes sobre la inmadurez de la niña mamitis. Y recuerdo que el miedo no se espantó hasta que al año siguiente, cumplidos los once caí de bruces contra la realidad, ya no dormía con mamá.
Ahora tengo diecisiete y tampoco duermo con mamá.
Y el año que viene iré a la universidad y seguramente tampoco duerma con mamá.
Sin darme cuenta he ido superando a pasitos de tortuga etapas de niñez que mi madre ha tenido que ver desde el exilio adulto sin poder decir ni mu.
Dejé de dormir con mi madre, como dejé algún día de usar pañales, como dejé de jugar a las muñecas posteriormente, y en todas esas pequeñas etapas, mamá no pudo intervenir.
Deduzco que de todas esos factores que me ataban a dormir con ella, el más arraigado era, el miedo a que mamá viera que estaba creciendo.
Le tenía miedo a ser mayor porque eso significaba que mi madre no podía seguir siendo mamá, tendría que convertirse en madre. Y tendría a veces que empezar a ser cruel. Y prohibir borracheras. Y temer por nuevos chicos. Y adoptar una posición que la impidiera verme como una niña de nuevo.
Dormir al lado de una madre tiene mucho más significados que el físico solamente, que el calor que la otra te proporciona.
Dormir con mamá es tener un apoyo constante y tener la certeza de que alguien está ahí, alguien que duerme y que no responde pasadas las tres pero sí que acompaña. La parte más importante es esa, que ella está, da igual la tormenta, los relámpagos y el miedo que eso le provoque a una, las conversaciones antes de un examen de naturales o los abrazos post-pesadilla. Ella siempre está.
De las cosas que te quita crecer.
Cuando más eche en falta dormir con mamá fue cuando crecí fuera de casa en ocasiones y me percaté de que ya no había nadie más que otro montón individual de masas que no se sabía mi nombre.
Lo duro fue tener una pesadilla y no poder llamar a mamá porque ya eres mayor. Y tener sed e ir a por agua. Y tener tos y que nadie pregunte qué pasa. Y sentir de noche, esos sentimientos lúgubres de noches, y no tener a mamá.
Puede que todo esto que acabe de escribir surja pura y exclusivamente de la nostalgia, porque voy a pasar tres días fuera de casa y he pensado lo mucho que echaré de menos a mamá.
O puede que esto sea mucho más que un pensamiento. Y sea la necesidad de ir al cuarto de mamá y dormir con ella ahora, no porque hoy tenga una pesadilla, sino porque tengo muchas cosas que contar.
Nota de autora:
Hoooola, no publiqué nada la semana pasado y ahora vuelvo un miércoles, el ecuador extraño ese de entre semana. En fin, estoy sentimental, comentad algo para que así compruebe que no soy la única.

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