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Stephen Hanmer D'Elía JD, LCSW · Jul 2, 2026

Estados Unidos no tiene mugre

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Stephen Hanmer D'Elía,JD,LCSW · Stephen Hanmer D'Elía JD, LCSW

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Nuestra bandera en el cielo (1861), Frederic Edwin Church

Me hice estadounidense en 2016.

Lo elegí.

La mayoría hereda la ciudadanía como un niño nace dentro de una familia: sin que nadie le pida consentimiento, con un vínculo que ya sostiene peso mucho antes de poder nombrarlo. Yo llegué a ella de adulto, con una firma y un juramento.

Estados Unidos estuvo en mi vida mucho antes de ser mi país.

Nací en Colombia y crecí entre Colombia, Ecuador, España y Uruguay. Estados Unidos nunca estuvo lejos. Sus elecciones, sus mitos, sus guerras, su música y sus mercados llegaban a los países donde viví. También llegaba su poder.

Incluso el nombre, América, era parte de ese poder: un continente reducido a un país, una geografía convertida en pretensión.

Llegaba a veces como posibilidad, a veces como presión, y a veces como daño.

Pero también llegaba como ideal. La Declaración de Independencia nunca quedó encerrada dentro del país que la escribió. Viajó como lenguaje, provocación, promesa: prueba de que una nación podía poner una idea en su centro y luego ser juzgada por la distancia entre esa idea y la realidad.

Años después, mientras trabajaba en un campo de refugiados en Kenia, conocí a un adolescente sudanés que soñaba con Estados Unidos. Me dijo algo que nunca olvidé.

En Estados Unidos, me dijo, no había mugre.

Estaba parado sobre arena, bajo el calor, en un campo de refugiados hecho enteramente de espera. Pero cuando hablaba de Estados Unidos, se le iluminaban los ojos. La idea le llegaba como imagen, como atmósfera, casi como sensación. Creía que era un lugar donde hasta el suelo podía ser distinto.

Yo conocía ese Estados Unidos antes de hacerme estadounidense. Cuando finalmente levanté la mano y juré, no me estaba adhiriendo a una fantasía. Había vivido dentro de su campo de fuerza durante décadas. Había llevado otros pasaportes, cruzado otras fronteras, trabajado dentro de los escombros que deja su poder. Sabía que la herida venía trenzada con el asombro.

No necesitaba que el suelo estuviera limpio. Necesitaba que el país siguiera siendo capaz de decir la verdad sobre lo que estaba enterrado ahí.

Unos meses después, en Noviembre 2016, voté en mi primera elección estadounidense. Entonces el suelo cedió. Votar fue mi primer acto de pertenencia. La ruptura llegó casi al mismo tiempo.

Estados Unidos siempre cargó libertad y exclusión. Reinvención y dominación. Una república que hablaba de libertad a través de sistemas que la racionaban.

Lo que se rompió en mí ese año no fue la inocencia. No había un Estados Unidos inocente que perder.

Lo que se rompió fue algo más parecido a una base segura. No la creencia de que Estados Unidos fuera bueno. La creencia de que todavía podía responder ante aquello que decía ser.

Lo sentí en mi propio cuerpo. Llegó como vigilancia. La compulsión de revisar las noticias antes de apoyar los pies en el piso. Tensión antes del lenguaje. Amenaza convertida en atmósfera.

Yo había elegido este país, y ahora sus impulsos más antiguos estaban saliendo a escena. El cargo más alto de la nación, llamado a sostener continuidad, empezó a transmitir amenaza. La crueldad ya no estaba escondida en los márgenes. Tenía podio, bandera, multitud.

Verlo fue un desgarro por un país que amo.

En la teoría del apego, una base segura no es un padre perfecto. Es una relación lo suficientemente confiable como para que un niño pueda irse, explorar, volver, disentir y seguir perteneciendo. No elimina el peligro. Hace que el peligro no sea el único hecho organizador. Ofrece capacidad, no consuelo.

Al sistema nervioso humano no le importan las categorías políticas. Se organiza alrededor de señales: previsibilidad, amenaza, cuidado, abandono. El mismo cuerpo que se tensa ante un adulto impredecible se tensa ante un Estado impredecible.

Todo niño aprende el clima de los adultos que lo rodean.

Un adulto estable no vuelve indoloro al mundo. Pero la estabilidad le da al niño un lugar al que volver, un lugar del cual tomar prestada calma, un lugar donde sentir que el conflicto no significa abandono.

Un adulto impredecible enseña otra cosa. El niño aprende a escanear. A manejar estados de ánimo. A desaparecer, complacer, obedecer, explotar o volverse útil. El cuerpo del niño se adapta antes de que el niño tenga lenguaje para entender lo que está pasando.

Los niños construyen su primera sensación del mundo dentro de los sistemas nerviosos de quienes tienen poder sobre ellos.

La jerarquía también tiene sistema nervioso. Quien está arriba no solo expresa desregulación. La distribuye. Su miedo se vuelve clima. Su crueldad se vuelve permiso. Su caos se vuelve el cuarto dentro del cual todos los demás tienen que respirar.

Cuando el cargo más alto transmite amenaza, eso no queda en lo simbólico. Entra en los cuerpos. Les enseña a algunos a dominar y a otros a desaparecer. Convierte la vigilancia en vida cívica.

Ahí la metáfora se sostiene.

Y ahí se rompe.

Un niño no construye al adulto.

Un ciudadano construye el Estado.

En la infancia, el poder viene de arriba. El niño depende de la estabilidad del adulto porque no puede escribir las condiciones de su propio cuidado.

La política es distinta. El Estado puede imponerse sobre nosotros, vigilarnos, asustarnos, abandonarnos. Pero no está fuera de nosotros. Se hace a través de nosotros, contra nosotros, por encima de nosotros y por nosotros. Lo que una generación autoriza, otra puede revocarlo.

La desregulación baja. La autorización sube.

Por eso la regulación no es retirada. Es preparación para el poder.

Nos sostenemos unos a otros no como sustituto del poder, sino como preparación para actuar sobre él. Un cuerpo desbordado no puede revocar nada. Un cuerpo congelado no organiza. Un cuerpo entrenado para complacer llama realismo a la sumisión.

Somos la regulación unos de otros.

Y entonces, más firmes, actuamos.

Amo Estados Unidos.

Me ha dado gran parte de mi vida. Sus instituciones me abrieron puertas. Sus leyes me permitieron quedarme. Aquí conocí a mi esposa. Aquí nació nuestro hijo. Siento eso como deuda, gratitud y responsabilidad.

Por eso importa la ruptura. Porque el país que hizo lugar para mi vida está cerrando la puerta para otros.

No estoy apegado a la fantasía de un Estados Unidos sin mugre. No estoy apegado a un lenguaje sagrado que protege la crueldad.

La mugre nunca fue la amenaza.

La negación sí.

Estoy apegado al país con mugre. El país de tumbas e invenciones, exclusiones y aperturas, violencia vestida de virtud y posibilidad que sigue sobreviviendo.

La promesa es real.

La mugre también.

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Soy terapeuta formado en Yale y Columbia, con trayectoria en derechos humanos. Crecí entre Colombia, España, Uruguay y Ecuador. Tengo ciudadanía uruguaya, estadounidense y británica, y escribo en inglés y en español. Desde hace más de veinticinco años he trabajado en cinco continentes, en contextos que van desde la práctica clínica hasta campos de refugiados, zonas de conflicto, sistemas de protección infantil e instituciones como UNICEF. Escribo sobre cómo el trauma, el apego y el poder viajan del sistema nervioso al cuerpo político.

Read the original on yauguru.substack.com

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