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Visa a cualquier parte · May 8, 2024

Construir el futuro

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Visa a cualquier parte · Visa a cualquier parte

De repente me sangró la nariz. De manera incontrolable. Como si hubiera boxeado cinco rounds y mi oponente me hubiera destruido el tabique, los cartílagos y la vida.

Mi esposa corrió a buscarme un trozo de papel higiénico y me decía que apretara con el índice y el pulgar de mi mano izquierda el puente de la nariz para detener el sangrado. Así estuve por cinco minutos. Como un desamparado, sentado sobre la tapa de la poceta, admirando el camino de gotas de sangre que dejé en el baño.

¿Qué me pasa?

A la mañana siguiente fui al médico. Me mandó hacer unos exámenes de sangre para ver si el sangrado era algo físico o si mi mente había decidido parquearse en la locura. Los exámenes salieron bien: no me estoy muriendo. Al menos no por el momento. Pero el médico me dijo algo que me quedó resonando en la parte de atrás de mi cerebro: «Jefferson, o le bajas dos a la ansiedad y el estrés o empiezas a hacer tu testamento».

¿Un testamento? ¿A mis 37 años? ¿Qué puedo dejar?

Y ahí, otra vez, con esas preguntas, me comenzó a sangrar la nariz.

Hace casi ochos emigré con el objetivo de ofrecerle a mi familia un futuro estable. Un futuro mejor. Un futuro que no se deje rodear por las frasecitas clichés y rimbombantes que rodean a la migración. Un futuro tangible donde el pan no falte en la mesa, el techo siempre esté sobre nuestras cabezas, la salud no se quiebre y podamos pensar en otra cosa que no sea sobrevivir.

No soy el único que migró por estos motivos.

Venezuela se volvió una caldera más caliente, más insufrible, más sin salida, que impulsó a millones a hacer maletas y esparcirse por el mundo para construir ese futuro plausible que tantos anhelamos.

Pero, ¿lo lograron? ¿Construyeron ese futuro?

Una amiga siempre me dice que debemos dejar de compararnos con los demás. Que cada camino es diferente -en especial los caminos de la migración- y que en vez de enfocarnos en lo que no tenemos y en la frustración de no conseguirlo, arrimemos nuestras baterías y esfuerzos a cambiar nuestras circunstancias.

A trabajar con nuestras fortalezas y no darle paso a las carencias.

No soy fanático de romantizar a la resiliencia. Me da dolor de riñón cada vez que leo o veo una campaña gubernamental o de organismos internacionales, que se dicen «ayudar a los migrantes», con el mensaje de que los migrantes son los seres más fuertes y poderosos del universo y que pueden lograrlo todo a pesar de las adversidades.

Eso, damas y caballeros, es mentira.

Pedir resiliencia y fortaleza, porque «los migrantes lo pueden todo», por ejemplo, a los venezolanos que viven en Ecuador y que se quedaron sin consulados de Venezuela en Quito y Guayaquil, no sólo es una falta de respeto sino una falta de consideración unida a una desconexión con la realidad.

¿Cómo se regularizarán? ¿Cómo renovarán sus visas? ¿Dónde sacarán sus pasaportes o apostillas? ¿Pueden los migrantes venezolanos en Ecuador cambiar esta circunstancia que depende de un régimen político de pesadilla que secuestra a Venezuela?

Y esto es sólo un ejemplo. Hay miles alrededor del mundo donde los migrantes sortean incontables barreras para construir ese futuro tangible y próspero.

Los que mejor me conocen dicen que soy demasiado nube gris -negativo- y que debería aplicar una mejor política y diplomacia al enfoque de mi vida. Pero, ¿eso significa ser desleal con mis principios y dejar pasar irregularidades e injusticias que sólo le hacen daño a los migrantes?

Mi esposa me dice que debo saber elegir mis batallas, que no me pelee con todo el mundo, y que enfoque esas energías bélicas -en el mejor sentido de esa palabra, si es que lo tiene- en construir algo mío, con bases moldeadas a lo que creo que debe ser la defensa, ampliación y protección de los derechos de los migrantes.

Ahora comienzo a entender por qué me sangraba la nariz.

Todas las noches cuesta apagar mi cerebro cuando saca cuentas sobre lo que tengo que pagar para no morirnos de hambre, sobre los proyectos frustrados que lancé al aire para ver si volaban, sobre las iniciativas que se quedaron frente a puertas cerradas de aquellos que tienen el monopolio de la migración y sobre las ganas que tengo de dedicarme a la agricultura, dejar el periodismo, y mudarme al sur de Italia para sembrar tomates.

Y mientras contaba las gotitas que formaban un Pollock rudimentario sobre las baldosas blancas de mi baño, pensaba en todos los migrantes que, como yo, también hacen malabares día a día para sobrevivir, para que esa construcción de un futuro provechoso no se transforme en una utopía.

Por meses he pensado en lo que esté newsletter debería ser. ¿Un diario? ¿Un noticiero? ¿Un blog? ¿Una red social más?

Un newsletter al que vuelvo (y me voy) con la misma intencionalidad que tiene una leona al jugar con su presa.

Aún no tengo una respuesta. De lo que sí estoy seguro es que escribir, sobre cualquier tema, es un ejercicio comparable al levantar pesas o pasar 30 minutos sobre una caminadora. Hay que tener la misma perseverancia para cultivar ese músculo de la escritura y no dejarlos abandonados con este producto que me planteé hace años como una bandera sobre la migración.

Una bandera imperfecta pero verdadera. Real. Y que ondeara el contexto, contraste y verificación -sin medias tintas- que necesitan los migrantes.

Muchas gracias por leerme, por la paciencia y por las ganas de aprender sobre este tema.

La nariz no me ha sangrado más.

Y si vuelve a pasar es porque me olvidé de este espacio.

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Read the original on visacualquierparte.substack.com

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