Hay un tipo de fan que me fascina y me entristece a partes iguales. Lo reconoces enseguida. Es el que lleva años explicando, con una paciencia que roza lo sacerdotal, por qué Star Wars murió. El que abomina de Avatar. El que si no está Ripley, Alien es menos Alien. Tiene la fecha exacta donde pasó. Tiene los argumentos. Tiene la lista de agravios ordenada cronológicamente.
Y lo que más me llama la atención no es que esté equivocado. Es que parece genuinamente incapaz de pasárselo bien.
Acabo de salir de ver The Mandalorian & Grogu. Me lo pasé bien. Grogu siendo Grogu, Mando siendo Mando, una aventura en una galaxia que sigue siendo lo que prometió ser: un sitio al que ir cuando el mundo de aquí se queda pequeño.
¿Es la mejor película de la historia? No. ¿Me importó mientras estaba en la sala oscura? En absoluto. Porque eso nunca fue el trato.
El trato, cuando tenías ocho o diez o doce años y viste Star Wars por primera vez, era sencillo: tú apagas el cerebro un momento y nosotros te llevamos a otra galaxia. Sin condiciones. Sin que tuvieras que aprobar el viaje antes de subirte a la nave.
Nadie salió de ver Una Nueva Esperanza en 1977 tomando notas sobre la coherencia del worldbuilding. Salieron haciendo el sonido del sable de luz en el aparcamiento.
Y aquí viene la parte que me cuesta más admitir. La que duele.
Con cuarenta y tantos es más difícil creer en la magia del cine. No porque el cine haya empeorado. Sino porque nosotros hemos cambiado de una forma que no elegimos del todo. Hemos visto demasiado. Sabemos cómo funciona el truco. Reconocemos la estructura antes de que se despliegue, anticipamos el giro, identificamos la referencia, comparamos sin querer con todo lo que vino antes.
El niño que éramos entraba a la sala sin equipaje. Nosotros entramos con una maleta enorme llena de todo lo que hemos visto, leído y opinado en treinta años de consumo cultural. Y esa maleta, que es también nuestra riqueza, a veces nos impide sentarnos bien en la butaca.
Eso es una pérdida. Una pérdida real, no dramática, pero pérdida al fin. Como cuando descubres que ya no puedes leer un libro sin fijarte en el estilo, o escuchar música sin analizar la producción. Ganas herramientas y pierdes inocencia. Es el trato de crecer y no hay vuelta atrás.
Lo que me descoloca del fandom que machaca todo no es su opinión. Es que ha confundido esa pérdida con una conquista. Me da igual que sea de Star Wars, Harry Potter o Marvel.
Ha decidido que ya no emocionarse es señal de que ha llegado a algún sitio. Que el niño que se ilusionaba era ingenuo y el adulto que no se ilusiona con nada es, por fin, alguien con criterio. Y ha construido una identidad entera sobre ese pedestal.
Pero el pedestal es una pérdida que no ha sabido llorar.
Porque sí, es más difícil creer en la magia con cuarenta años. Pero algunos lo conseguimos, a ratos, en salas oscuras, con las defensas bajas. Y en lugar de celebrarlo o al menos respetarlo, hay quien lo mira con condescendencia. Como si dejarse llevar fuera un error del que tarde o temprano te curarás.
Yo no quiero curarme de eso.
Entiendo que Andor es mejor en casi todos los sentidos técnicos y narrativos. Lo admito sin dudar. Pero Andor y esta película no compiten en la misma categoría. Una me hace pensar. La otra me recuerda por qué empecé a amar esta galaxia.
Las dos me parecen necesarias. Las dos tienen su sitio.
Lo que no tiene sitio, o al menos no en mi cabeza, es la idea de que disfrutar algo sencillo es una traición a la inteligencia. De que el único Star Wars válido es el que ya no existe. De que la nostalgia es sagrada pero el presente siempre defrauda.
Seguro que habrá niños que disfruten de esta película. Que se rían con Grogu. Que contengan la respiración en una pelea. Que salgan por los pasillos deseando ponerse una armadura de mandaloriano. Antes era un sable de luz, un arma noble para tiempos más civilizados.
Estos niños seguro que piensan que Star Wars no ha muerto. Y yo, por un rato, tampoco. This is the way.
Sin posts

Comments
Nothing yet. Say the first thing.
Sign in to join the conversation.