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Creatividad Humana en la era de la IA · Jul 5, 2026

Pensar distinto duele (físicamente)

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Sofia Geyer · Creatividad Humana en la era de la IA

Las culturas rígidas tienen una forma muy sutil de premiar la obediencia y adormecer lo distinto. Te lo demuestran invitándote a los espacios exclusivos, con el aplauso de tus jefes, los likes en redes sociales y la visibilidad en las reuniones.

Y, al revés… son quirúrgicas para desactivar lo que se desvía del mandato social “aceptado”.

Yo creció bajo sentencias pesadas. Fui a colegios muy exigentes, con mandatos sociales rígidos. Si eras mujer, el éxito social se medía en tu peso, tu ropa y el tipo de novio que conseguías.

Pero yo era curiosa. A los 21 años me fui de viaje sola a otro continente (hace 20 años no era lo más común). Me interesaban los debates intelectuales. Devoraba libros desde los 11 años. Y me daba absolutamente igual el estatus social de mis amigos.

En mi entorno, eso se catalogaba rápido: la “rara”, la “distinta”... A veces, incluso, “peligrosa”. Porque hacer preguntas intelectuales en el ámbito laboral, cuando algo no cerraba en tu mente, estaba completamente penalizado.

Hace 5 años, al cumplir 35, descubriría una de las razones por las que mi procesamiento del mundo es distinto: TDAH y altas capacidades. Combinado con una rebeldía que tengo de negarme a vivir solo por mandatos culturales (pero eso es historia para otro día).

Para la edad en la que pude finalmente empezar a conocerme en profundidad, yo ya había pasado décadas jugando al camaleón, tratando de seguir reglas ajenas para encajar. Esa domesticación es el verdadero enemigo de la innovación. Y hoy, en la era de la inteligencia artificial, se está volviendo crónica.

En mi recorrido trabajando en la intersección de las neurociencias y la innovación, me topé con un concepto de Ronald Beghetto (investigador en creatividad) que le dio nombre a lo que yo —y seguramente vos— sentimos tantas veces: la mortificación creativa.

Es esa mezcla de vergüenza profunda y desamparo que sentís cuando compartís una idea original… y el entorno te castiga con el silencio, la burla o el cinismo.

No es un drama exagerado; es ciencia. Los seres humanos tenemos un cerebro profundamente social. Diversas investigaciones en neurociencia cognitiva demuestran que el rechazo social activa exactamente las mismas redes neuronales que el dolor físico real (como la corteza cingulada anterior y la ínsula). Cuando te rechazan por pensar distinto, a tu cerebro le duele igual que si te hubieras quebrado una pierna. Evolutivamente, quedar fuera de la tribu significaba morir.

Por eso, cuando el director de una empresa mira a un equipo joven y les dice en el pasillo: “Ustedes se tienen que acordar de qué producto vendemos... Vengan preparados o van a exponerse negativamente con sus carreras”, no está dando feedback.

Está activando una amenaza de muerte biológica. ¿El resultado? El miedo gana. El proyecto se cajonea. El rechazo social se confunde con la autovalía y te decís: “Mis ideas no sirven”.

Acá es donde la IA nos saca una ventaja injusta, pero no por inteligente, sino por incorpórea.

La IA no tiene un sistema nervioso que sufra por el aislamiento social. No le importa si el jefe levanta una ceja con desdén cuando propone una locura. No recuerda al director cínico, ni al familiar que le dijo: “Una empresa nunca te va a contratar”. La IA no tiene que lidiar con la mortificación creativa porque no tiene una identidad que proteger (por ahora, al menos).

Nosotros, en cambio, estamos atrapados en la búsqueda de la aprobación. Por eso muchos emprendedores e innovadores buscan nuevos grupos de amigos cuando empiezan a empujar sus proyectos: necesitan huir de la fuerza de gravedad de la mentalidad fija colectiva.

Hace años, en mis inicios en neurorrehabilitación, vi a una terapeuta trabajar con chicos con parálisis cerebral. Los subía a una hamaca alta y, textualmente, los empujaba para que se cayeran sobre unas colchonetas. Los chicos se enojaban, lloraban.

Cuando le pregunté por qué los exponía a eso, me dio una lección de vida: “Ellos se van a caer un millón de veces ahí afuera. Lo primero que necesito que aprendan no es a quedarse quietos para evitar el golpe, sino a saber cómo mover el cuerpo para levantarse rápido”.

Innovar hoy no es una cuestión de técnica… es una cuestión de coraje. Si dejamos que el miedo al rechazo maneje nuestra agenda, la IA va a escribir nuestro futuro por defecto, porque ella no teme equivocarse. El juego actual se gana asumiendo el costo biológico de ser el “raro” de la sala, sacudiéndose la vergüenza rápido y volviendo a proponer.

Y acá es donde entra nuestra verdadera creatividad. Si esperás a que alguien te empiece a decir “qué creativo que sos, qué gran habilidad de innovación”... probablemente estés yendo por el camino incorrecto.

El viernes jugó el partido del Mundial de fútbol Argentina contra Cabo Verde. Argentina, campeón del mundo, con jugadores de elite. Cabo Verde, un país de África que clasificó por primera vez en su historia.

Soy fanática de mi país, Argentina. Mis raíces están acá, mi hijo, mi marido y mis amigos más queridos son todos de acá. Pero reconozco que la humildad no siempre es nuestra mayor virtud. Desde temprano se escuchaba: “Es un partido facilísimo, les ganamos 3 a 0”.

Y… Cabo Verde CASI nos gana. Nos jugó de igual a igual, completamente en contra de las expectativas.

Yo misma me siento muchas veces como Cabo Verde. Hace 20 años que busco innovar en mis rumbos laborales, creando proyectos y emprendimientos constantemente. Me han dicho que es imposible, que soy una soñadora, que soy demasiado optimista, que estoy perdiendo el tiempo. E igual, paso a paso, voy logrando madurar muchos de los proyectos que busco empujar.

A la hora de innovar, muchos de nosotros vamos a ser como Cabo Verde. No nos conocen, no apuestan por nosotros, no tienen demasiadas expectativas.

Por eso, la moraleja que me quedó dando vueltas hoy, combinando el dolor del rechazo social, la mortificación creativa y la subestimación, es esta:

Cuida tus ideas. Cultivá tu originalidad, tu pensamiento crítico y tu capacidad para continuar pensando por vos mismo.

Porque en los tiempos que corren, lo que a veces no vemos es que el gran peligro no es que la IA reemplace tu trabajo… es que el miedo al rechazo te vuelva tan predecible y homogéneo, que termines vos mismo convirtiéndote en un algoritmo.

¡Gracias por leer! S

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