“Me están midiendo los tokens de uso de la IA en mi trabajo: y vengo mal.” me comentó una persona. “Me da muchísima ansiedad. Mis compañeros la usan hasta para redactar el mínimo mail. Yo creo que la uso bastante: pero tengo criterio, no quiero hacer cosas que generen riesgos”.
Si: esta es la película que se está viviendo en las oficinas de muchas grandes corporaciones, en todas partes del mundo.
Mientras tanto, hay una conversación que se repite en casi todos los directorios: la organización ya decidió que “necesita” Inteligencia Artificial.
No importa la industria o el presupuesto; el impulso es el mismo.
En esta carrera por la modernización, muchas compañías están cayendo en la zona de peligro algo que solemos llamar solucionismo tecnológico: esa creencia ingenua de que para cada problema complejo, social o humano, existe un código o un algoritmo que puede “arreglarlo” por nosotros.
¿Qué nos está pasando? ¿Es está la mejor manera de impulsar la innovación con IA, dentro de las organizaciones?
Estamos obsesionados con la herramienta antes de entender el problema. Y en ese apuro, corremos el riesgo de que nuestra flamante IA se convierta en estupidez artificial a una velocidad alarmante.
Hace poco, un equipo ejecutivo presentaba con orgullo una automatización impecable que reducía drásticamente la carga de trabajo semanal. El flujo era perfecto. Los indicadores cerraban.
Sin embargo, mientras todos celebraban la eficiencia, nadie se detuvo a preguntar: ¿era realmente necesario ese proceso, en esa unidad de negocio?
Cuando los líderes de esa área de reunieron con el gerente general unas semanas después. A repensar el aterrizaje de la nueva estrategia. Se dieron cuenta que una gran oportunidad para ganar más mercado en su segmento, si lograban mejorar la experiencia de compra de sus clientes.
Para hacerlo, ese proceso… Necesitaba ser llevado por otras áreas diferentes, incluyendo mayor cantidad de flujos de información. Porque era un proceso que fallaba en dar buena respuesta a los clientes, porque no estaba diseñado para que distintas áreas pudieran interactuar y dar respuesta rápida.
Pero claro. Al medir la eficiencia con el agente de IA, se pensó sólo en ahorro de horas humanas. No se midió la mejora en la experiencia del cliente.
Ahí apareció el problema. Claro, los líderes de esa unidad ya habían comunicado el gran éxito de su nuevo agente. Con un gran costo, porque algunas de las integraciones no habían sido simples. Las fotos en linkedin habían sido un éxito: incluso postularon a un premio para proyectos de eficiencia con IA.
Cayeron en un gran error, muy común en los pasillos corporativos en estos días: la ilusión del solucionismo tecnológico. La creencia de que poner algo “de IA”, rebuscando algunas métricas que hablen de ahorro de trabajo.
Es igual a realmente innovar y transformar el negocio.
Cuando automatizamos procesos mediocres que fueron diseñados para el mundo del ayer, lo único que logramos es escalar la irrelevancia. Una IA alimentada por una cultura que no sabe qué preguntar solo genera respuestas rápidas a problemas que no deberían existir.
Eficiencia máxima aplicada a lo innecesario.
Uno de los grandes problemas hoy en día. Es que estamos más obsesionados con la herramienta, que con comprender realmente cuáles son los verdaderos problemas y oportunidades de las empresas.
. Y en ese apuro, corremos el riesgo de que nuestra flamante IA se convierta en estupidez artificial a una velocidad alarmante.
El gran riesgo actual es que estamos inyectando tecnologías del siglo XXI en modelos de gestión del siglo XX. Organizaciones que todavía ven el pensamiento como un costo improductivo y la reflexión como una fricción que debe ser eliminada.
Es que es tentador: la velocidad tiene un efecto hipnótico. “Ejecutar rápido” siempre fue una capacidad altamente deseada en las oficinas.
Pero debemos ser claros: hay una diferencia vital entre eliminar burocracia; y erosionar los espacios de elaboración cognitiva.
No toda lentitud es disfuncional. Algunas decisiones complejas requieren tiempo para madurar. Esas discusiones incómodas que revisan supuestos invisibles son las que construyen la inteligencia real de una empresa.
Esos procesos rara vez entran en un KPI, pero son el corazón de la verdadera ventaja competitiva.
El valor humano no reside en completar tareas, sino en la interpretación, la intuición y la construcción de sentido. Estas capacidades son invisibles hasta que, por falta de uso, empiezan a deteriorarse.
El solucionismo tecnológico nos tienta con un alivio silencioso: nos invita a delegar nuestro esfuerzo mental hasta que perdemos el músculo de pensar por nosotros mismos.
Si dejamos de ejercer el criterio, la IA no nos hará más inteligentes; simplemente hará que nuestros errores sean más rápidos, más masivos y más difíciles de detectar.
Las preguntas más críticas de esta década no son sobre agentes de IA, sino sobre arquitectura organizacional y humana.
Incorporar tecnología es una transacción; rediseñar una cultura para que la IA potencie (y no erosione) el pensamiento humano es la verdadera transformación.
En un mundo donde la automatización será el estándar, pensar con profundidad será el nuevo lujo y la mayor ventaja competitiva.
La tecnología es un motor extraordinario, pero si no hay una mano humana firme en el volante, solo estaremos acelerando hacia el vacío.
Creo que las empresas que liderarán el futuro no van las que automaticen más rápido, sino aquellas que comprendan que, en la era de la aceleración total, la capacidad de detenerse a reflexionar y cuestionar es lo único que nos mantendrá irreemplazables.
La IA y las nuevas tecnologías traen una oportunidad inmensa a muchísimos negocios. Los ganadores serán los que aprendan realmente a transformar el pensamiento crítico, en una de sus bases culturales claves en toda su organización.
Así que si sos de los curiosos. De los inquietos. De los que alguna vez les dijeron: “acá no se te paga por pensar”...
… este es tu momento :) El mundo te necesita más que nunca.
¡Gracias por leer!
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