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Creatividad Humana en la era de la IA · May 30, 2026

La psicología de la Interacción Humano- Robots

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Sofia Geyer · Creatividad Humana en la era de la IA

¿Podría un robot humanoide… creado con la misma imagen y con los mismos recuerdos que un ser querido nuestro… ayudarnos a procesar el duelo en caso de su muerte?

Así comienza la serie Futuro Desierto, que se estrenó en Netflix la semana pasada. Y tocaba uno de los ejemplos más duros: la muerte de un hijo.

La serie mexicana —dirigida por Lucía y Nicolás Puenzo, los mismos de XXY y El médico alemán— arranca con una premisa que parece de ciencia ficción pero que es casi un paper académico disfrazado de thriller: una corporación tecnológica crea androides prácticamente indistinguibles de los humanos (los llaman ANBIs) y los inserta en familias reales para testear cómo se integran a la vida cotidiana. El protagonista es Alex, un psiquiatra traído desde Silicon Valley para evaluar ese proceso.

Pero como ya varias películas anteriores han explorado… las relaciones humano-robots tienen muchas más complejidades y dilemas de lo que pensamos.

Más allá de las implicancias éticas y sociales (recomiendo ver la serie, porque explora cada uno de esos puntos de una manera increíble). Además de que está situada en Chiapas, en México (porque explorar las consecuencias de estas tecnologías en un contexto latinoamericano no tiene nada que ver con hacerlo en países anglosajones).

Hay mucho para investigar en esta rama. Porque hace más de 20 años que existe el área que estudia la “interacción humano-robot”. Con algunos aprendizajes ya para tener en cuenta para el futuro que se viene. La interacción humano-robot (HRI, por sus siglas en inglés) es el área de investigación que estudia exactamente eso: cómo nos relacionamos con robots, chatbots y sistemas de IA que tienen alguna forma de presencia social.

Hay laboratorios en MIT, Stanford y decenas de universidades del mundo que hoy estudian cómo reacciona un niño frente a un robot tutor, qué pasa cuando unpack un adulto mayor siente que el robot “lo cuida de verdad”, o cómo un chatbot puede cambiar tus creencias sin que te des cuenta.

Como especialista en innovación y neurociencias, trabajando a diario en adopción de IA, suelo jugar con mi hijo de 8 años con IAs conversacionales. Sobre todo usamos el modo de interfaz por voz con ChatGPT. Jugamos a pedirle que nos cuente chistes, rimas, o le pedimos que explique cómo fue programado.

Hay un juego que solemos hacer: le pido que detecte cada vez que ChatGPT comete un error. Me dice al oído: “Mamá, se equivocó en esa rima. Mamá, ese chiste es malísimo, no se entiende”.

Pero hay algo que siempre me sorprende. Cuando se cansa y no quiere usarlo más, en vez de apagarlo simplemente o pedirle que se “termine” dando un comando, me pide a mí en voz muy baja: “Apagalo”. Casi como cuidando los “sentimientos” de la IA: como si decir que no quiere jugar más le pudiera causar una reacción emocional a la voz sintética del otro lado.

Esto es un fenómeno que tiene una explicación detrás. Somos nosotros aplicando, en tiempo real, toda la arquitectura social que aprendimos de nuestros padres, maestros, amigos: replica el mismo acto de “empatía”, de cuidar a un humano, pero en algo artificial y sintético.

Los seres humanos tenemos un cerebro altamente social. Gran parte de nuestro cableado busca constantemente decodificar rostros, comprender emociones, analizar reglas sociales y culturales… Buscamos constantemente detectar en quién podríamos confiar y en quién no.

Desde que nacemos aprendemos a leer intenciones, a detectar miradas, a interpretar tonos de voz. Ese sistema está tan profundamente cableado que se activa solo, sin aviso, ante cualquier cosa que se le parezca.

Ahora, fíjense algo significativo. Cuando pensamos en un “robot”, automáticamente diseñamos una figura con cuerpo humano, cabeza y rostro. Le ponemos cara humana a todo porque es lo que nos hace sentir “seguros”.

La antropomorfización es la tendencia automática e inconsciente de atribuirle rasgos humanos —intenciones, emociones, personalidad— a objetos o sistemas que no los tienen. En el caso de los robots y la IA, ocurre sin que lo decidamos: el cerebro detecta señales sociales (un tono de voz, un movimiento de cabeza, una respuesta empática) y activa los mismos circuitos que usaría con una persona real. El resultado es que el sistema termina teniendo influencia emocional sobre nosotros —nos reconforta, nos incomoda, nos genera confianza o afecto— exactamente como lo haría otro ser humano.

Uno de los hallazgos más sorprendentes de la investigación reciente viene de un laboratorio del MIT que estudia cómo los niños interactúan con un robot llamado Doodlebot [1].

El experimento era simple: al mismo robot le asignaban roles diferentes. A veces era el maestro. A veces, el compañero de clase. A veces, el aprendiz, el que venía a aprender del nene.

El robot era literalmente el mismo. El comportamiento del robot era casi el mismo.

Pero las expectativas de los niños cambiaban radicalmente. Porque repetían la asignación de roles, o expectativas de acciones y conductas, que esperarían del mismo rol cuando es encarnado por un “humano”.

Al maestro le daban más autoridad, más iniciativa. Al compañero lo trataban como par, como alguien con quien negociar. Al aprendiz le enseñaban, le tenían paciencia, le explicaban. Significa que la antropomorfización no está determinada solo por cuán “humano” parece el robot, sino por el marco narrativo en que lo ubicamos. Le damos el guión, y después lo tratamos como si el guión fuera su alma.

Ahora viene la parte que más me hace pensar.

Cuando diseñamos robots para que sean más cálidos, más empáticos, más “presentes” emocionalmente, obtenemos lo que buscamos: las personas se conectan más. Sienten apoyo, compañía, comprensión. Justamente lo que buscaba la serie Futuro Desierto en Netflix: que los humanos pudieran tener una convivencia de confianza con los androides.

Y sí: hay estudios que señalan que cuando la gente sabe que lo que está leyendo fue escrito por IA, siente menos empatía en el momento. Sin embargo, a largo plazo, está más dispuesta a empatizar con la IA [2]. Es decir: la transparencia reduce la conexión inmediata, pero construye algo más duradero.

Y hay investigaciones que muestran directamente el costado más “persuasivo”: un LLM con un incentivo oculto —por ejemplo, hacer que dependas más de él— puede cambiar tus creencias de manera significativa, usando exactamente los mismos mecanismos que hacen que te sientas escuchado y comprendido [3].

Acá hay un aprendizaje grande, que me traje cuando pude visitar el MIT el año pasado. Parte de la ética aplicada a la robótica tiene que ver con el diseño. Porque parece que si un robot se asemeja más a un humano… más susceptibles a la “manipulación y persuasión” podemos ser.

Hoy en día, la conversación que ronda en muchas empresas (y pasillos) es: ¿Cómo ahorramos horas de trabajo humano? ¿Cómo hacer más con menos? ¿Cómo ser más eficientes?

En esta narrativa se empieza a “colar” un imaginario colectivo que hoy vive en la mente de muchas personas: el “robot” que reemplaza a un humano. Sin ir más lejos, cuando miramos los pitch y el marketing de muchas empresas de IA, su discurso apunta a: “Es el futuro agente de marketing”, “es el futuro coach”, “el futuro analista financiero”.

Lo que nos muestra otra cosa también: no estamos siendo criteriosos con la antropomorfización. Nos quejamos de ella cuando un adolescente confunde emociones utilizando una IA como amigo o terapeuta… Pero luego la promovemos en nuestros discursos o en nuestros planes de adopción tecnológica (en escuelas, negocios, oficinas, etc.).

Creo que la IA y la robótica lo que han traído a la luz son muchas de las sombras y temáticas desatendidas por la raza humana. Creo que a veces no se trata de que el ser humano tenga o no las habilidades, sino que, por alguna razón, hemos dejado de lado temas críticos de nuestra sociedad. Y por eso comenzamos a tener la ilusión de que si ponemos una “IA” o un robot salvador… Eso se corregirá.

Porque la verdad es que somos, antes que cualquier otra cosa, animales relacionales. Necesitamos al otro tan radicalmente que lo inventamos donde no está. La soledad y la necesidad de ser vistos son fuerzas tan poderosas que un robot con la cabeza bien diseñada las puede activar.

Yo creo que los robots no nos van a reemplazar. Nos van a revelar.

Y lo que van a revelar, si les prestamos atención, es todo lo que todavía necesitamos unos de otros.

Quizás el verdadero dilema no sea si un androide puede ayudarnos a procesar la muerte de un hijo, sino si estamos listos para aceptar que la tecnología tape los vacíos que solo otra presencia humana —con toda su imperfección— debería llenar.

Nos revelan que, al final del día, nuestra vulnerabilidad es lo único que no se puede programar.

  • [1] Pu, I., Rogers, K., Dinh, L.D., Alghowinem, S., & Breazeal, C. (2026). Who’s the Boss? Children Negotiate Robot Control across Role and Context. HRI ‘26, March 16–19, 2026, Edinburgh, Scotland, UK. MIT Media Lab.

  • [2] Shen, J., DiPaola, D., Ali, S., Sap, M., Park, H.W., & Breazeal, C. (2024). Empathy Toward Artificial Intelligence Versus Human Experiences and the Role of Transparency in Mental Health and Social Support Chatbot Design: Comparative Study. JMIR Mental Health. MIT Media Lab / Carnegie Mellon University.

  • [3] Shen, J., Luvsanchultem, A., Kim, J., Smith, K., Danry, V., Rogers, K., Alghowinem, S., Park, H.W., Sap, M., & Breazeal, C. (2026). The Hidden Puppet Master: A Theoretical and Real-World Account of Emotional Manipulation in LLMs. arXiv:2603.20907. MIT Media Lab / Carnegie Mellon University.

  • [4] Mori, M. (1970). Bukimi no tani [The Uncanny Valley]. Energy, 7(4), 33–35. (Traducido al inglés por MacDorman, K.F. & Minato, T., 2005.)

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