Ayer estuve hablando con mi madre. De esas conversaciones que empiezan por cualquier cosa y acaban tirando de un hilo que llevaba años enrollado en un cajón. Salió mi padre. Hace mucho que nos dejó, pero sigue apareciendo en las conversaciones como si se hubiera ido a dar una vuelta.
Recordábamos una época en la que él estaba muy malito. Tenía algo grave, lo sabía perfectamente, y aun así evitaba ir al médico de cabecera. Iba mi madre a por recetas, a por informes, a por lo que hiciera falta. Y el médico se ponía nervioso: “Pero cómo puede ser que no venga él, si lo que tiene es muy grave. Hay que hacerle caso. Debería venir”.
Cuando mi madre se lo decía, mi padre siempre contestaba lo mismo: “Sé perfectamente qué tengo. Precisamente por eso no quiero ir a ningún sitio donde me lo recuerden”.
Durante mucho tiempo viví esa frase como una especie de huida. Como un “papá, no seas cabezota, ve al médico”. Y hoy, a medida que me hago mayor, la veo de otra manera completamente distinta.
Mi padre sabía vivir. Sabía priorizar lo necesario para poder vivir. Sabía olvidar las cosas malas cuando hacía falta para poder centrarse en el presente. Y sí, esa misma habilidad le llevaba a veces a tomar malas decisiones, claro. Pero es una capacidad que yo, muchas veces, echo muchísimo de menos no tener.
Porque llevo semanas dándole vueltas a lo mismo, y lo he escrito ya en las últimas newsletters: el “lo hice lo mejor que pude” como forma de no sobrepensar el pasado. Y hoy me doy cuenta de que hay un hermano gemelo de esa idea que es igual de importante: aprender a sudártela.
Sudártela en el sentido literal. No hacerle ni caso a lo que puedan pensar o decir los demás. Que además, la mayoría de las veces, los demás ni siquiera dicen nada. Son mierdas que tenemos en nuestra cabeza. Pensamientos que nos quitan energía y no llevan a ningún sitio. Ninguno.
Puedes pensar si a ti te parece bien o mal lo que haces. Eso sí. Pero el “qué pensarán los demás” no aporta absolutamente nada. No te hace mejor. No te hace crecer. Solo te desgasta.
Y luego está la otra cara de sudársela, que me parece aún más importante: hoy hacemos las cosas lo mejor que podemos. Y luego salen o no salen. Punto.
No podemos vivir midiendo nuestra calidad de vida en función de resultados, de cómo nos valoran los demás o de las pretensiones que otros tienen sobre nosotros. Tenemos que ser capaces de que nos importe lo que a nosotros nos importa de verdad, y que todo lo demás se quede ahí fuera, donde no aporta nada.
Mi padre, a su manera, había llegado a ese sitio. Decidía qué recordar y qué olvidar, dónde mirar y dónde no, qué consultas pisar y cuáles no. No era negación. Era priorización. Era elegir dónde gastar la poca energía que tenía para que esa energía la aprovechara de verdad la gente que quería, las cosas que le gustaban y el presente que le quedaba.
Creo que sudársela es una habilidad. Y como toda habilidad, se entrena. Liberándonos de toda esta mierda mental, del qué dirán, del qué pensarán, del medirnos por la vara de otros, podemos crecer muchísimo más y muchísimo mejor.
Mi padre no me lo explicó nunca así. Pero lo hacía, y tardé años en entenderlo. A ver si aprendo.
Un abrazo, Corti.
21 de abril de 2026.
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