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Sobre Crecer · Jun 22, 2026

Las conversaciones que nunca tuviste

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Corti 🚀 · Sobre Crecer

Hay una conversación que llevo semanas teniendo. El problema es que la tengo solo.

En mi cabeza. A las 11 de la noche, cuando ya no hay excusa para no estar quieto. En el coche, entre semáforo y semáforo, cuando la radio me importa una mierda y el monólogo interior ocupa todo el espacio. En ese momento raro antes de dormirme, cuando el cerebro decide que es buena idea repasar todo lo que no ha dicho.

La tengo con alguien que tiene nombre. Que tiene cara y que probablemente está haciendo exactamente lo mismo desde su lado.

Y los dos callados.

Cuando mi padre estaba muy malito con una enfermedad de esas de las que no sabes cómo hablar con los demás, hubo un periodo en el que en casa había mucho movimiento y muy poca claridad. Muchas conversaciones se aplazaban simplemente porque eran incómodas, porque nadie sabía cómo empezarlas, porque si las dejabas para mañana todavía no habían ocurrido y eso se parecía un poco a que todo fuera bien.

Pero las conversaciones no desaparecen por ignorarlas.

Las tienes igual. Solo que en tu cabeza, con los peores actores posibles interpretando todos los papeles. Tú pones las palabras en boca de los demás. Tú decides cómo reaccionan. Escribes el guión, diriges la película y te llevas el Goya al mejor drama que nunca pasó.

Y el cerebro, cuando está asustado, no es precisamente optimista con los finales. Se le da bastante bien joderte la vida.

Lo mismo me ha pasado en lo profesional. Con socios. Con equipo. Con personas a las que les debo una conversación que no he tenido porque no sé cómo tenerla, porque no es el momento, porque primero necesito tener más claro lo que pienso.

Mentira, por cierto, porque nunca acabas teniendo más claro lo que piensas.

Lo que pasa es que mientras tanto, la conversación imaginaria avanza sola. Y en esa versión, el otro siempre dice exactamente lo que más temes. Nunca lo que podría sorprenderte bien. El miedo es un guionista muy predecible: siempre escribe el peor final posible y lo hace sonar inevitable.

La conversación real tiene una ventaja brutal sobre la imaginaria: puede salir bien, a veces no al 100%, pero también es que muchas veces con que salga un 10% bien, ya es muchísimo mejor que nada.

La de tu cabeza, no. La de tu cabeza ya está contaminada por todo lo que proyectas, por lo que crees que el otro piensa, por lo que tú mismo temes que sea verdad. Es una conversación sin salida porque empieza con el veredicto y trabaja hacia atrás para justificarlo.

La real puede torcerse, sí. Puede ser incómoda. Puedes decir algo mal y tener que corregirlo. Pero también puede revelar que los dos teníais miedo de lo mismo. Que el otro llevaba semanas queriendo hablar. Que lo que parecía un muro era simplemente que ninguno de los dos había tocado el timbre.

No te digo que sea fácil.

Las conversaciones que más importan son las que más cuesta empezar. Precisamente porque importan. Precisamente porque hay algo en juego. Si fuera irrelevante, no le darías vueltas a las 11 de la noche.

Pero hay algo peor que tener una conversación difícil.

Es vivir dentro de la versión imaginaria. Dejar que lo peor posible ocupe todo el espacio. Tratar a alguien real como si fuera el personaje de tu peor escenario. Perder tiempo, energía, relación, con alguien que en realidad todavía no ha dicho nada.

Yo he aprendido esto tarde, y lo sigo aprendiendo.

Que las conversaciones aplazadas no desaparecen. Se pudren. Y cuando se pudren, ya no son conversaciones, sino una distancia insalvable, silencios que se malinterpretan, y relaciones que se enfrían sin que nadie entienda exactamente por qué.

¿Hay una conversación que llevas aplazando? Si es que si, ni te lo pienses, ve a por ella.

Un abrazo.

Corti. 22 de junio de 2025

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