Estoy en mitad de Gran Vía, parado en un semáforo, esperando a seguir andando para llegar a un evento y, mientras, sonriendo como un imbécil.
No me ha pasado nada. Nadie me ha contado un chiste ni he recibido una buena noticia. Simplemente estoy fuera de casa un par de días y me ha venido a la cabeza algo de Yago, de Luka, de mi mujer. Una tontería. Una imagen random. Y ahí estoy yo, en medio de la calle, con cara de bobo feliz mientras la gente cruza y seguro que alguno piensa “este tío qué se ha tomado”.
Pues mira, me he tomado la mejor droga que existe: tener cerca a gente que te hace sonreír.
Y no hablo de la gente que te hace reír. Que también es importante, pero es otra cosa totalmente. Eso lo hace un buen cómico, un meme, el típico gracioso de la oficina.
Hablo de esa gente con la que, cuando le estás contestando un mensaje, se te escapa una sonrisa antes de darle a enviar. Esa gente que se te cruza por la cabeza un martes cualquiera, sin venir a cuento, y el día se te pone un grado más cálido. No te hacen sonreír por algo que dicen. Te hacen sonreír por ser. Por existir en tu vida.
Es una sonrisa que no necesita público. Que no necesita ni que estén delante.
Me pasa con mi familia, claro. Esa es la base, el suelo firme. Pero me flipa darme cuenta de que también me pasa en lo profesional, que es donde mucha gente cree que hay que dejar el corazón en la puerta.
Me pasa con Miguel y Felipe, mis socios de Escalando Agencias. Estamos peloteando una idea por whatsapp o discutiendo si un postre sin azúcar es realmente un postre y me hace gracia por dentro.
Me pasa con Frankie, mi socio del alma, que a veces en la distancia le noto feliz con alguna cosa suya y, sin que me lo cuente, ya estoy yo sonriendo por él.
Me pasa con Jorge Cano en Velara: sé reconocer cuándo está gozando algo, cuándo una cosa es buena para él, cuándo va a estar happy. Y eso, que ni siquiera va de mí, me hace sonreír.
Me pasa con Pol, mi socio en el difunto Mumbler: veo una novedad de Claude Code, o cualquiera de esas herramientas que ahora te dejan crear productos casi con el pensamiento, y sonrío imaginándome cómo lo estará disfrutando, cómo lo estará trasteando, porque sé que le flipa crear.
También con el “presidente”, con sus locuras, abrazo fuerte, amigo.
Incluso me pasa con Pepe (de Minimalism), con el que no somos socios en cada (aunque espero que algún día arreglemos esto), pero le tengo dicho una y mil veces, que es escucharle en el podcast, en un evento, en una cena o en uno de sus reels, y me alegra el día.
Esto es lo que casi nadie te explica. La alegría de la buena compañía no va de lo que esa gente hace por ti. Va de poder alegrarte de lo que les pasa a ellos. Es egoísmo invertido. Es querer a alguien hasta el punto de que su felicidad te entre en el cuerpo como si fuera tuya.
Ahora bien, hay gente que es justo lo contrario. Y no porque sea mala. Ojo con esto, que es donde la cagamos. Puede ser gente brillante en lo suyo. Puede aportar muchísimo. Puede hacer sonreír a un montón de personas. Pero a ti, no. A ti te dejan un poso raro, te ponen un punto triste, te dejan más vacío de lo que estabas. No es culpa de nadie. Es que su forma de ver el mundo y la tuya son agua y aceite. Por mucho que agites el vaso, se vuelven a separar.
Y durante años yo creía que el problema era mío. Que tenía que esforzarme más, encajar mejor, agitar el vaso con más fuerza. Hasta que entendí que no. Que el agua y el aceite no se llevan mal. Simplemente son cosas distintas, y cada una brilla en su sitio.
Así que la vida, mira, resulta que es bastante fácil cuando la ordenas por sonrisas.
Acércate todo lo que puedas a la gente con la que, sin hacer nada, vibras. Esa con la que compartes algo tan profundo que ni sabrías ponerle palabras (y mira que yo vivo de las palabras). Y aléjate, sin rencor y sin drama, hasta con cariño, de la que te apaga. No por mala sino por incompatible.
Al final no nos vamos a llevar a la tumba los KPIs ni las rondas ni los followers. Nos vamos a llevar las veces que nos quedamos sonriendo solos en mitad de la calle pensando en alguien.
Que sean muchas.
Por más sonrisas, y por más gente que te las regale sin pretenderlo.
¡Un abrazo!
Corti. 2 de julio de 2026
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