Cualquier franquicia que inicia su camino en la NBA debe pasar por ciertos trámites burocráticos, no solo los relativos a la propia organización de la NBA. Los Blazers se vieron obligados a lidiar con la intransigencia municipal.
El concejal Frank Ivancie representaba el epítome de la vieja guardia conservadora de Portland, un hombre de orden, disciplina y un arraigado escepticismo hacia cualquier iniciativa que oliera a modernidad o entretenimiento de masas.
Cuando Harry Glickman y su grupo de inversores lograron asegurar una franquicia de expansión de la NBA para la temporada 1970-71, Ivancie, en su rol de comisionado de edificios públicos y miembro clave del concejo municipal, asumió la postura de que el deporte profesional no recibiría un solo centavo de subsidio indirecto a costa de los contribuyentes de Oregón.
Para Ivancie, el Memorial Coliseum era un recinto público que debía autosustentarse de forma estricta. Durante las tensas negociaciones para el contrato de arrendamiento del pabellón, previas al debut del equipo, el concejal impuso condiciones draconianas a la naciente organización.
La directiva de los Trail Blazers no solo tuvo que aceptar un canon de alquiler fijo inusualmente alto por cada jornada de partido, sino que se topó con una cláusula punitiva diseñada por el propio Ivancie: el cobro de tasas municipales vinculadas a la capacidad ociosa del recinto.
Bajo este esquema, si la asistencia de público caía por debajo de ciertos umbrales mínimos estipulados, la franquicia debía compensar económicamente al ayuntamiento por los costos de mantenimiento y operación de las zonas que se quedaran vacías.
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Esta presión fiscal en los despachos obligó a Harry Glickman a implementar estrategias de emergencia para proteger las finanzas de la organización. Ante el temor de sufrir penalizaciones económicas en noches con menor expectativa de taquilla, la gerencia de los Blazers comenzó a distribuir de forma masiva pases de cortesía y entradas de bajo costo en las filas superiores del Memorial Coliseum, destinadas especialmente a escuelas locales, grupos juveniles y ligas menores de la ciudad.
Aunque la respuesta general del público de Portland terminó siendo un éxito a lo largo de esa primera campaña, la rigidez burocrática impuesta desde el ayuntamiento moldeó la agresiva política de promoción y comercialización comunitaria que el equipo se vio obligado a ejecutar durante todo su año inaugural.
Artículo de Óscar Villares

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