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Sapienciología · Aug 22, 2026

¿Y si todo tu futuro estuviera determinado por un único examen?

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Sergio Parra · Sapienciología

Hay un episodio de The Twilight Zone de 1985, uno de esos artefactos televisivos de diez minutos que parecen haber sido fabricados con tres decorados, seis fluorescentes industriales y una cantidad desproporcionada de conocimiento sobre la especie humana, titulado «Examination Day».

Está basado en un cuento que Henry Slesar publicó en Playboy en 1958, cuando Playboy todavía podía contener en el mismo objeto físico fotografías de mujeres desnudas, ficción especulativa, entrevistas de varias decenas de páginas y la convicción específicamente norteamericana de que todas esas cosas formaban parte de un único proyecto cultural.

El protagonista se llama Dickie Jordan y acaba de cumplir doce años. En el mundo donde vive Dickie, cumplir doce años significa presentarse a un examen obligatorio de inteligencia administrado por el Estado. Eso es todo. O al menos eso es lo que parece.

Dickie quiere sacar una buena nota porque tiene doce años y quiere que sus padres se sientan orgullosos de él. Sus padres le dicen que no se preocupe. Le dicen que todo irá bien. Ejecutan delante de él ese repertorio de microconductas mediante el cual los adultos intentan ocultar el miedo (sonrisas demasiado rápidas, respuestas que llegan una fracción de segundo tarde, cambios de tema) y que los niños detectan perfectamente aunque todavía no dispongan del vocabulario necesario para llamarlo miedo.

Porque los padres están aterrorizados. Dickie interpreta ese terror de la única manera que puede interpretarlo un niño educado dentro de una cultura del examen: creen que va a suspender.

Dickie acude con su padre al edificio gubernamental, donde funcionarios cuyo comportamiento posee la neutralidad tranquilizadora de un prospecto farmacéutico le administran una sustancia destinada a impedir que mienta y después lo someten a las pruebas. No hay mazmorras, ni interrogadores con botas, ni ratas, ni el aparato iconográfico con el que Orwell enseñó al siglo XX a reconocer una dictadura. Hay formularios, protocolos, una prueba estandarizada, un padre esperando, una madre junto al teléfono y la clase de eficiencia administrativa que Hannah Arendt habría reconocido sin necesidad de que nadie se lo explicara.

Después Dickie desaparece de la historia. Sus padres esperan una llamada.Y el teléfono suena. El funcionario que está al otro extremo les comunica que su hijo ha muerto.

El problema no es que haya sacado una nota demasiado baja. El problema es que ha sacado una puntuación demasiado alta.

El cociente intelectual de Dickie Jordan excede el máximo permitido por la legislación y, de acuerdo con el procedimiento correspondiente, el Estado lo ha ejecutado. Una vez transmitida esta información, queda todavía un asunto pendiente: los padres deben indicar si desean organizar un funeral privado o prefieren que el Gobierno se haga cargo del cadáver.

Y ése es el instante en que los diez minutos anteriores cambian de significado.

El miedo de los padres, las evasivas del padre cuando Dickie hace preguntas, la ansiedad alrededor del examen, incluso la curiosidad del niño, que hasta entonces parecía uno de esos atributos que los sistemas educativos imprimen en sus folletos junto a palabras como excelencia, talento y potencial, se reorganizan de repente para formar otra figura. Los padres nunca tuvieron miedo de que Dickie fuese estúpido. Tenían miedo de descubrir exactamente hasta qué punto no lo era.

El examen tampoco era lo que parecía. No seleccionaba a los mejores. Los detectaba para ser eliminados de la sociedad. Slesar lleva así la lógica meritocrática hasta una inversión que resulta indigesta precisamente porque conserva intacta toda su maquinaria exterior: el examen, la puntuación, el criterio objetivo, la administración, el resultado. No hace falta destruir la meritocracia. Basta con conservar todos sus instrumentos y cambiar una sola cosa: qué sucede con el que obtiene la nota más alta.

Hay una segunda posibilidad cuando un sistema de medición produce resultados que amenazan la jerarquía establecida. En lugar de eliminar a quien obtiene una puntuación inconvenientemente alta, se puede eliminar intelectualmente el propio instrumento. Algo parecido ocurrió, de manera casi especular, en la Alemania nazi.

Uno podría suponer que los nazis, obsesionados con clasificar a los seres humanos según una jerarquía racial, habrían sentido una inclinación natural por los tests de inteligencia. Pero los judíos obtenían unas puntuaciones tan espectacularmente altas, al estilo de Dickie, que una parte de la psicología alemana vinculada al régimen rechazó determinadas pruebas estandarizadas porque consideraba que privilegiaban una supuesta «forma judía de inteligencia». Algunos autores llegaron a desacreditarlas como «tests judíos».

El mecanismo recuerda al ataque contra la llamada jüdische Physik. Cuando la relatividad, la física cuántica o la psicometría producían conocimientos incompatibles con la jerarquía racial que el nazismo daba por cierta, una parte del aparato intelectual del régimen no revisaba la jerarquía. Revisaba el criterio de verdad. En el relato de Slesar se elimina al individuo que obtiene el resultado equivocado. En el mundo real, también existe la posibilidad de eliminar el instrumento que produce ese resultado.

Una vez se me ocurrió una historia que pertenecía, creo, a esta misma familia de experimentos mentales, aunque en aquel momento no sabía muy bien qué hacer con ella. La premisa era sencilla: todos nacemos con una cifra en la frente.

Podría ser el cociente intelectual, aunque probablemente sería mejor algo más ambiguo y por tanto más peligroso: un índice cognitivo general, una puntuación que condensara inteligencia, conocimientos, capacidad de razonamiento, memoria, competencia verbal, cultura adquirida y quizá alguna otra variable que los técnicos encargados de diseñar el algoritmo considerarían demasiado compleja para explicar al público. Una especie de credit score de la mente. Tres dígitos visibles sobre la piel desde el nacimiento, perfectamente legibles, imposibles de borrar.

La particularidad es que la cifra cambiaría. Uno podría mirarse cada mañana en el espejo y comprobar que tiene 117. O 124. O que sigue en 103 desde hace nueve años. Podría verla subir después de meses estudiando cálculo diferencial, leyendo a Montaigne o aprendiendo alemán, aunque quizá también descubriría, con esa crueldad estadística que tienen las mediciones cuando contradicen la narración que hemos construido sobre nosotros mismos, que después de terminar La montaña mágica seguía exactamente en 108. Y también podría verla bajar. Dos puntos. Cinco. Once. Sin explicación inmediata. Una mañana cualquiera, entre lavarse los dientes y comprobar las notificaciones del teléfono, uno descubriría que algo dentro de su cabeza valía menos que ayer.

Naturalmente, tardaríamos muy poco en organizar la sociedad alrededor de la cifra. Aunque, al principio, fingiríamos que no.

Habría campañas institucionales recordándonos que una persona es mucho más que su puntuación, impresas probablemente junto a fotografías de personas racialmente diversas sonriendo en bancos de imágenes, y departamentos de Recursos Humanos que asegurarían no discriminar por índice cognitivo mientras sus algoritmos descartaban automáticamente cualquier currículum situado por debajo de 126. Habría debates televisivos sobre si preguntar la cifra en una primera cita (si está está oculta con la visera de una gorra, por ejemplo) constituye una forma de violencia simbólica. Los colegios insistirían en que todos los niños poseen talentos diferentes. Los padres aprenderían a mirar la frente de los hijos de los demás antes que sus zapatos.

Después dejaríamos de fingir. Los que tuvieran una puntuación baja se dejarían crecer el pelo. Flequillos densos, cortes diseñados específicamente para cubrir el centro de la frente, bandas deportivas, pañuelos, gorros incluso en agosto. Aparecería toda una industria destinada a preservar el derecho a no ser cuantificado visualmente: cosméticos opacos, prótesis dérmicas, películas electrocrómicas, clínicas clandestinas. Taparse la cifra sería considerado por algunos una declaración política y por otros, inevitablemente, la prueba de que uno tenía algo que esconder.

Los que tuvieran 147 no se taparían nada. Probablemente ocurriría lo contrario. Llevarían el pelo hacia atrás. Frente despejada. Luz suficiente. En las fotografías de perfil inclinarían ligeramente la cabeza para que el número quedara dentro del encuadre, de la misma manera en que ahora alguien selecciona una fotografía donde se ven los abdominales sin que parezca que la fotografía fue seleccionada para que se vieran los abdominales.

Y aparecerían las jerarquías. Clubes para mayores de 130. Aplicaciones de citas con filtros mínimos de 125. Restaurantes privados donde no se admitiría a nadie por debajo de 140, aunque la comida seguramente sería peor que en muchos restaurantes para 110. Comunidades residenciales, congresos, asociaciones profesionales, aseguradoras y, tarde o temprano, movimientos políticos. Los 150 sólo querrían relacionarse con otros 150 porque llegarían a considerar agotador explicar ciertas cosas a los 120. Los 120 desarrollarían un resentimiento específico hacia los 150. Los 95 afirmarían que todo el sistema está manipulado por los 130. Y existirían, naturalmente, individuos con 163 que serían incapaces de mantener una conversación de veinte minutos sin mencionar que tienen 163.

Sospecho que nos obsesionaríamos con esa cifra de una forma no demasiado distinta de como nos obsesionamos con la delgadez, la estatura, la musculatura, la simetría facial, la ausencia de arrugas, el porcentaje de grasa corporal o esa forma particularmente contemporánea de lozanía que consiste en parecer que uno tiene veintisiete años durante aproximadamente cuatro décadas.

Existirían fotografías de gente con 156 en Instagram. Influencers cognitivos. Rutinas de doce semanas para ganar siete puntos. Vídeos titulados CÓMO PASÉ DE 119 A 134 SIN FÁRMACOS. Podcasts de tres horas donde un hombre con 142 explicaría que dormir ocho horas, eliminar el azúcar y leer a Marco Aurelio le permitió recuperar cuatro puntos después de una ruptura sentimental.

Habría gimnasios para la mente. Locales con paredes de vidrio, iluminación blanca y membresías premium donde la gente entrenaría memoria de trabajo, rotación espacial, cálculo mental, comprensión sintáctica y reconocimiento de patrones bajo la supervisión de entrenadores cognitivos que llevarían su propia puntuación bordada en el uniforme. Habría suplementos. Dietas. Campamentos de verano para niños de 115 cuyos padres estuvieran convencidos de que podían llegar a 130 antes de la pubertad. Habría equivalentes intelectuales de los esteroides anabolizantes y equivalentes cognitivos de la cirugía estética.

Y, por supuesto, alguien intentaría hackear la cifra. En realidad, miles de personas. Habría foros dedicados a alterar el marcador, exploits vendidos en la dark web, implantes subcutáneos, firmware pirateado, tutoriales grabados por adolescentes con 101 que aparecerían en pantalla mostrando un 148 perfectamente falso.

Se produciría entonces una nueva división moral entre quienes hubieran obtenido su puntuación de manera natural y quienes fueran sospechosos de cognitive enhancement. Los primeros hablarían de esfuerzo. Los segundos hablarían de libertad corporal. Los gobiernos crearían agencias de certificación. Las empresas exigirían escáneres. Alguien inventaría un detector de cifras adulteradas y otra persona tardaría aproximadamente cuarenta y ocho horas en inventar la forma de engañarlo.

Pero lo verdaderamente desagradable no sería nada de eso. Lo verdaderamente desagradable sería el día en que uno se encontrara con alguien a quien ama (su padre, su pareja, un amigo al que conoce desde los catorce años) y viera que su número ha bajado. No mucho. Dos puntos. Quizá tres. Y descubriría entonces algo que ningún Ministerio de Educación, ningún comité de bioética y ninguna campaña con el eslogan TÚ NO ERES TU CIFRA habría conseguido prever: que resulta extraordinariamente difícil dejar de ver una medida una vez que alguien ha conseguido colocarla encima de una persona.

Una de las muchas cosas que me fascinan de China es que funciona como una especie de laboratorio de experimentación natural para ideas que en Occidente acostumbramos a colocar a una distancia prudencial mediante la ciencia ficción.

Formulamos una fantasía, una distopía o incluso una utopía, la convertimos en un episodio de Black Mirror, escribimos cuatrocientas páginas sobre sus consecuencias morales y, con cierta frecuencia, descubrimos que en alguna provincia china existe desde hace años una versión aproximada, incompleta y administrativamente mucho más complicada de aquello que acabamos de imaginar.

No necesariamente porque China sea la distopía que cierta imaginación occidental necesita que sea, sino por una razón más interesante: porque una sociedad de 1.400 millones de personas, sometida durante siglos a diferentes tecnologías de clasificación social y gobernada actualmente por un Estado con una extraordinaria capacidad administrativa, produce experimentos humanos a una escala difícil de encontrar en otro sitio.

Existe en China algo conceptualmente emparentado con las dos historias que acabo de contar. No llevas la cifra escrita en la frente. Pero durante unos días de junio casi podría parecerlo. Se llama gaokao.

Para entender qué significa hay que retroceder bastante más que hasta la fundación de la República Popular, Mao o Deng Xiaoping. Hay que retroceder aproximadamente mil años, porque la obsesión china por convertir el talento en una puntuación, la puntuación en una jerarquía y la jerarquía en una tecnología de gobierno no empezó con un algoritmo ni con una pantalla LED. Empezó con exámenes. Y, antes incluso de llegar a ellos, con una idea que resulta fundamental para entender la sociedad china: que las personas ocupan posiciones distintas dentro de un orden visible.

Cuando un ciudadano chino recibe su hukou, el registro domiciliario que lo vincula administrativamente a un lugar y condiciona su acceso a determinados servicios, no recibe literalmente una puntuación, pero sí algo que se le parece en un aspecto esencial: una posición inicial, la casilla a partir de la cual empieza su partida de El juego de la Oca o el Monopoly. Nacer en una gran ciudad o en una zona rural, dentro de una familia con recursos educativos o lejos de ellos, no constituye exactamente el mismo punto de partida. El sistema educativo aparece entonces como uno de los mecanismos capaces, al menos en teoría, de modificar esa posición.

La promesa es formidable. Puedes ascender. Pero para ascender tienes que ganar.

Y aquí podemos observar una de las características más interesantes del sistema, porque uno puede decidir no competir por una plaza en una universidad de élite, del mismo modo que uno puede decidir no correr una maratón, pero resulta bastante más difícil decidir vivir en una sociedad sin jerarquías cuando las jerarquías están incorporadas a la organización cotidiana del trabajo, la educación y el prestigio.

La clasificación reaparece en sitios inesperados. Empleados de rango inferior de almacenes de cadenas de supermercados pueden ver sus índices de eficiencia (cuánto empaquetan, a qué velocidad, en qué posición se encuentran respecto de sus compañeros) convertidos en rankings visibles. En una importante empresa tecnológica china, cuando se preguntó a un gerente si los trabajadores eran clasificados unos respecto de otros, la pregunta le produjo cierta perplejidad.

—Por supuesto.

Lo sorprendente para él no era la clasificación. Era que alguien necesitara preguntar si existía.

La jerarquía puede acompañar al ciudadano incluso después de muerto. En Pekín está Babaoshan, el cementerio reservado históricamente a héroes revolucionarios, altos funcionarios y otras figuras consideradas relevantes para la construcción de la China contemporánea. También los muertos tienen geografía. También existe un lugar mejor que otro para estar enterrado. Algunos dirigentes han expresado preferencias distintas sobre el destino de sus restos y, aun así, han terminado allí, incorporados finalmente a una taxonomía estatal que sobrevive al individuo.

Pero nada de esto empezó con la República Popular.

Mucho antes de que Charles Darwin publicara On the Origin of Species en 1859, antes de los test de Alfred Binet, antes del SAT norteamericano y de que LinkedIn consiguiera convertir la trayectoria profesional de una persona en una sucesión de insignias, cargos y certificados, China ya había encontrado una solución extraordinariamente sofisticada para uno de los problemas fundamentales de cualquier Estado: cómo seleccionar a quienes van a administrarlo.

El examen imperial. Conviene detenerse un momento en lo extraña que era aquella idea.

Pensemos en las monarquías europeas. El hijo de un aristócrata era aristócrata porque su padre era aristócrata, que a su vez lo era porque otro hombre había poseído determinada extensión de tierra, había prestado determinado servicio militar o había tenido la precaución genealógica de nacer en el lado correcto de una guerra. El sistema no necesitaba fingir que estaba seleccionando a los mejores. Seleccionaba a los descendientes.

China desarrolló otra posibilidad. El poder podía examinarte. Y existe una teoría especialmente hermosa (hermosa en el sentido en que puede serlo una historia sobre rebeliones, asesinatos masivos y diseño institucional) acerca de por qué aquel sistema terminó expandiéndose.

En el siglo IX, un hombre llamado Huang Chao intentó superar los exámenes imperiales y fracasó repetidamente. La respuesta de Huang Chao al fracaso académico no fue cambiar de carrera, preparar mejor la convocatoria siguiente ni contratar a un profesor particular. Decidió derribar el imperio.

Su rebelión terminó fracasando, pero durante el proceso destruyó una parte considerable de la aristocracia que podía oponerse al emperador. Cuando el poder imperial recuperó el control se encontró, según esta interpretación histórica, con un problema y una oportunidad que eran exactamente la misma cosa: faltaban aristócratas capaces de administrar el territorio.

Había que fabricar una nueva élite. El examen ofrecía una tecnología perfecta para hacerlo.

Aunque los sistemas de selección burocrática ya existían anteriormente, fue durante la dinastía Song, alrededor del cambio del primer milenio, cuando los exámenes adquirieron una importancia extraordinaria. La explicación basada en Huang Chao es discutida y seguramente insuficiente por sí sola, pero contiene una intuición política mucho más interesante que su exactitud como relato causal: un examen no sirve únicamente para descubrir talento. Sirve para decidir de dónde procede la legitimidad del talento.

El aristócrata heredaba su posición. El funcionario examinado se la debía al sistema. Y ésa es una diferencia gigantesca.

Los aristócratas tenían buenos motivos para desconfiar de aquella innovación porque cada hombre procedente de una familia ordinaria que superaba el examen constituía una pequeña demostración pública de la ilegitimidad aristocrática. Si aquel individuo había tenido que memorizar los clásicos, dominar la composición escrita, superar pruebas sucesivas y demostrar su competencia para conseguir un cargo, la existencia del hijo de un noble ocupando otro cargo exclusivamente porque su padre había dormido con su madre adquiría de pronto un aspecto metodológicamente difícil de defender.

El emperador obtenía algo todavía mejor. Una élite competente. Y una élite agradecida.

El nuevo burócrata debía su ascenso al mecanismo que el poder imperial había puesto a su disposición. Sus hijos podían heredar contactos, educación, dinero, libros, profesores y todas las formas menos visibles de capital que las élites llevan siglos transmitiendo a sus descendientes mientras explican que el éxito depende del esfuerzo, pero no podían garantizar indefinidamente la posición familiar: tarde o temprano alguien tenía que volver a aprobar.

El sistema conseguía así hacer simultáneamente dos cosas que parecen contradictorias. Abría la jerarquía. Y fortalecía la jerarquía.

Permitía que determinadas personas ascendieran desde posiciones inferiores y, precisamente por eso, proporcionaba una legitimidad extraordinaria al edificio completo. Si cualquiera puede ganar, la existencia de ganadores y perdedores empieza a parecer menos una imposición que un resultado.

Mil años después, la arquitectura básica sigue siendo reconocible.

Un niño chino entra en la escuela y aprende muy pronto que existen notas, posiciones, aulas mejores, universidades mejores y trayectorias mejores. Los resultados académicos no tienen necesariamente esa condición casi íntima que pueden adquirir en otros sistemas educativos. Pueden hacerse públicos. Los estudiantes pueden ser agrupados según su rendimiento. Los profesores tienen incentivos para producir alumnos sobresalientes porque los resultados de esos alumnos también forman parte de la evaluación del profesor.

La nota empieza entonces a hacer algo que las notas hacen extraordinariamente bien. Deja de medir el éxito. Empieza a definirlo.

Y al final de esa cadena está el gaokao, el Examen Nacional de Acceso a la Universidad, una prueba cuya puntuación condiciona de forma extraordinaria qué universidades y oportunidades quedan al alcance del estudiante.

Durante años de educación, millones de jóvenes se preparan para ese momento. Familias enteras reorganizan horarios, dinero, sueño y expectativas alrededor de una serie de pruebas. Existen academias, libros de ejercicios, estrategias de memorización, simulacros, rankings, padres esperando frente a los centros y estudiantes que saben que una diferencia minúscula en la puntuación puede separar dos futuros considerablemente distintos.

Aquí la historia empieza a parecerse a la de Dickie Jordan. No es que China ejecute a quienes obtienen una puntuación demasiado alta, evidentemente, sino porque vuelve a aparecer la misma pregunta que estaba escondida dentro de «Examination Day»: ¿Qué estamos midiendo exactamente cuando decimos que medimos el talento?

Imaginemos al Einstein chino.

La expresión es deliberadamente tramposa porque Albert Einstein constituye precisamente un buen ejemplo de lo mal que pueden funcionar los instrumentos generales cuando intentan detectar capacidades excepcionales. Cuando se presentó en 1895 al examen de ingreso de la Escuela Politécnica Federal de Zúrich, obtuvo resultados excelentes en matemáticas y física pero no alcanzó el nivel requerido en otras materias, por lo que no fue admitido en aquel primer intento.

Ahora traslademos el problema a un sistema donde una puntuación compuesta determina el acceso a determinados recursos educativos.

Nuestro Einstein chino puede poseer una intuición física extraordinaria y ser mediocre en otra de las materias que forman parte de la prueba. Puede hacer preguntas incómodas en clase, avanzar de una manera poco compatible con el programa o mostrar esa combinación bastante habitual entre talento extremo para una cosa y sorprendente incompetencia para varias otras.

El examen no ve ninguna de esas cosas. Ve una cifra. Ése es el problema de las cifras y también la razón de que nos gusten tanto. Parecen inequívocas. Parece que capturen la realidad en una dosis mínima de información que, no obstante, puede desplegarse cual origami y abarcar toda la realidad de nuevo. Pero no es tan fácil.

Una persona es complicada: tiene memoria de trabajo, curiosidad, disciplina, imaginación espacial, ansiedad, capacidad matemática, pésima ortografía, una obsesión incomprensible con los agujeros negros, una madre enferma, cuatro horas de sueño y quizá el recuerdo de haber leído a los trece años Breve historia del tiempo, de Stephen Hawking, y haber descubierto que existía un tipo de pregunta para la que ningún adulto de su entorno conocía la respuesta.

Una puntuación es 642. Resulta mucho más fácil administrar 642.

Y existe un segundo problema todavía más profundo. Cuando un sistema define con suficiente claridad qué significa triunfar, los individuos racionales empiezan a modificar su comportamiento para satisfacer esa definición.

El estudiante aprende qué asignaturas importan. Qué carreras proporcionan prestigio. Qué universidades abren puertas. Qué clase de preguntas tienen respuesta. Y qué clase de preguntas es mejor no perder demasiado tiempo formulando.

Supongamos que nuestro Einstein chino consigue una puntuación extraordinaria. Puede entonces elegir entre varias trayectorias, pero esas trayectorias tampoco poseen el mismo valor dentro del sistema. Si ingeniería, informática, economía o determinadas áreas tecnológicas ofrecen mejores perspectivas profesionales, mayor reconocimiento familiar y una relación más clara con las prioridades nacionales, elegirlas puede ser perfectamente racional aunque su talento excepcional se encuentre en otro lugar.

No hace falta que ningún funcionario le diga qué debe estudiar. Ésa sería una forma rudimentaria de poder. Basta con construir correctamente los incentivos. El individuo elegirá solo.

Y si finalmente nuestro Einstein supera el gaokao, entra en una universidad de élite, obtiene un doctorado y consigue una plaza académica, todavía no ha salido del mecanismo. Encontrará nuevas métricas: publicaciones, revistas, proyectos financiados, evaluaciones departamentales, promociones. Puede terminar investigando no aquello que considera intelectualmente decisivo sino aquello que maximiza sus posibilidades de publicar, conseguir financiación o satisfacer las prioridades de su institución.

Habrá superado todos los exámenes. Y ese podría ser precisamente el problema.

Porque una sociedad capaz de seleccionar con enorme eficacia a quienes mejor cumplen las reglas puede descubrir, llegado cierto punto de su desarrollo, que necesita desesperadamente a personas capaces de hacer algo distinto muy distinto, esto es, cuestionarlas.

China ha demostrado una capacidad extraordinaria para producir ingenieros, científicos, funcionarios y técnicos altamente cualificados y para movilizar capital humano a una escala que habría resultado difícil de imaginar hace apenas unas décadas. El problema interesante no consiste en negar ese éxito. Consiste en preguntarse qué sucede cuando el mismo mecanismo que permitió producirlo empieza a encontrarse con actividades (investigación fundamental, innovación radical, creatividad científica) donde no siempre sabemos de antemano cuál es la respuesta correcta ni, a veces, cuál es la pregunta.

Volvamos a invocar la cifra de la frente. Porque quizá lo inquietante de mi fantasía no fuera que todo el mundo pudiera conocer nuestra puntuación. Quizá fuera algo anterior. Que nosotros también la conociéramos.

Que desde niños supiéramos exactamente dónde estamos en el ranking, cuánto nos falta para alcanzar al que está delante, qué comportamiento hace subir el número y cuál lo hace bajar; que padres, profesores, empresas y universidades pudieran organizar sus expectativas alrededor de esa cifra y que, después de veinte años viviendo bajo ella, termináramos deseando exactamente aquello que la cifra sabe recompensar.

En mi historia imaginaria había personas que se dejaban crecer el flequillo para esconder el número. En China no hace falta llevarlo escrito en la frente. Durante el gaokao basta con escribirlo en una hoja. Y esperar a que llegue el resultado.

Quizá por todo ello, en China también hay rebeldes. Admito que el gaokao funciona en China porque China está hecha para el gaokao. Pero también hay una gran diversidad neurobiológica, como en toda sociedad dada, y en la sinoesfera hay muchos que no quieren pasar por el aro. O para quienes estudiar y sacrificarse tanto por una meta tan abstracta resulta insoportablemente doloroso.

Para ellos existen salidas. Por ejemplo, algunos streamers se han hecho famosos contando que no salen de la cama, al estilo los hikinomoris nipones. Pero lo que más me interesa a mí, al fin y al cabo, son los muñecos bonitos (¿os he dicho que los colecciono? Bueno, esa es otra historia). Muñecos bonitos para pasar el mal trago. Para sobrevivir a la nota. A la presión. A los imponderables de la existencia.

Este fue uno de los que me compré y aunque solo fuera por esto, me vale la pena que exista China y toda su pesca de exámenes imperiales y cultura extrema de la meritocracia:

Tuntunzai es gordito, tiene los ojos medio adormilados y transmite una especie de indiferencia benigna ante las pequeñas catástrofes cotidianas. La empresa lo concibió explícitamente como un «compañero emocional» para jóvenes sometidos a bastante presión.

Tuntunzai pertenece a toda esa cultura china reciente que convierte el cansancio laboral, el neijuan (内卷, competición excesiva), la ansiedad y las ganas de tomarse la vida con mayor parsimonia en personajes adorables y objetos coleccionables.

La traducción sería:

«De pequeño, calcio. De mayor, cuidar la actitud mental.»

O, de una forma más natural y conservando la gracia de la frase:

«De pequeño necesitas calcio. De mayor, necesitas cuidar la cabeza.»

Es un pequeño juego de palabras. 补 significa «suplementar» o «reponer». De niño «repones calcio» para crecer fuerte y, cuando eres adulto, lo que necesitas «reponer» es el estado de ánimo o la fortaleza mental.

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Read the original on sergioparra.substack.com

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