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Santos Locos Poesía · Aug 16, 2026

#6- Las despedidas

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Santos Locos Poesía · Santos Locos Poesía

1 - El ritmo del vacío

Hola, ¿cómo estás? En este último mes entre carta y carta, parece que pasaron dos vidas. ¿Se acuerdan del mundial? ¿Estamos viviendo más rápido o yo estoy más lento? Sea lo que sea , no encajar en el ritmo cotidiano es una de las primeras señales de que algo no anda del todo bien en el ánimo. Desde la adolescencia empecé a correr esporádicamente y hace ya varios años lo hago de forma periódica, casi diaria. Es, quizás, mi forma de encontrar el ritmo de vuelta o, en caso de no poder hacerlo, crear un ritmo propio para mi ánimo, para mis ideas.

Hay un libro muy interesante de Haruki Murakami que se llama De qué hablo cuando hablo de correr y que puede ser muy útil para quienes escriben y corren, así como también para quienes no hagan ninguna de las dos cosas. Se lee en las primeras páginas del prólogo escrito por el propio autor japonés: “Había un corredor que decía que ya desde que empezaba a correr, y luego durante toda la carrera, no hacía más que rumiar para sus adentros una frase que le había escuchado a su hermano, que también es corredor: el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional, depende de uno”. Todo corredor necesita un mantra para seguir y todos somos corredores a nuestra manera, pero no todos estamos atentos a esos mantras.

La literatura es un gran lugar para buscarlos y, más aún, la poesía. Releer este libro de Murakami me llevó a un poema de Silvina Giaganti que leí hace muy poco. Se llama “El año del Mundial de Rusia” y termina así: “no retuve ni devolví/ entendí que se necesita/ la misma cantidad de fuerza/ para ser fuerte que para ser infeliz”. Correr y escribir se parecen, pienso entonces, en la posibilidad de encontrar una forma de no quedarse en el sufrimiento, de recuperar el ritmo vital, descubrir la sintonía entre el pulso cardiaco y el pulso de la belleza.

Murakami, un poco más adelante señala en su libro: “Mientras corro, simplemente corro. Como norma corro en medio del vacío. Dicho a la inversa, tal vez cabría afirmar que corro para lograr el vacío. Y también es en el vacío donde se sumergen esos pensamientos esporádicos. Es lógico. Porque en el interior de la mente humana es imposible lograr el vacío absoluto”. Otra vez: la literatura es también la búsqueda del vacío, de callar todo lo demás por un tiempo y dejar que los pensamientos y sentimientos encuentren terreno fértil en ese vacío que tanto nos costó arar. Una misión cada vez más difícil en este mundo de estímulos constantes. Pero todavía no imposible.

En este juego de conexiones, podemos volver a Giaganti que en el mismo libro (Los impermeables, Tenemos las máquinas, 2026) tiene un poema que se llama, justamente, “Corredora de fondo”: “Evito el subte, evito el colectivo/ intento ir caminando a cualquier lado/ tornear mis piernas de corredora de fondo/ que trota hacia la nada/ mientras muevo los brazos se unen/ los dos hemisferios del cerebro/ y cae la amenaza que despierta/ mecanismos de defensa de otros tiempos”. Correr, escribir y vivir con atención y disponibilidad son, en definitiva, un coqueteo constante con el vacío, con la disposición a habitarlo y no querer llenarlo con más de lo que podamos dar nosotros mismos.

Alguien que también pensó en la misma dirección fue nada más y nada menos que Bruce Lee. Antes de su muerte, la leyenda de las artes marciales había estado corrigiendo su libro que, postmortem, se terminaría llamando El Tao del Jeet Kune Do, En él, además de ejercicios, lecciones e instrucciones, Lee introduce reflexiones y puntos de vista que, en 1998, Anne K. Schröder publicará independientemente como “Apuntes filosóficos”. Se lee en uno de ellos: “El vacío es lo que está justo entre esto y aquello. El vacío es todo, no tiene opuesto -no excluye ni se opone a nada. El vacío vive porque todas formas surgen de él y quienes consiguen comprenderlo estarán cargados de la vida y del poder y el amor de todas las cosas”.

Me paro de nuevo en el comienzo de esta carta. Cuando me pierdo en el ritmo de las cosas, de las noticias, de las obligaciones, de lo innecesario, correr y escribir me ayudan a conectar con el único ritmo que importa: el ritmo del vacío. Ahí los pensamientos fluyen, aparecen y se van como las nubes en el cielo, como las personas en nuestras vidas, como las variaciones del ánimo. Es bueno aceptar que en la mayoría de los casos solo se puede ser un testigo de esos movimientos.

Cuando no conecto con el ritmo de mi entorno, como ahora, me es difícil comprender eso. Por eso freno la escritura, la lectura se vuelve un desafío, también vivir en estado de disponibilidad. Solo me queda correr. Ahora entiendo mejor a Forrest Gump: corrió hasta que logró encontrar de nuevo el ritmo que lo conectaba a su vida.

2 - La tristeza del escritor

Uno de los conceptos que más sobresalen de De qué hablo cuando hablo de correr es “la tristeza del corredor”. Después de correr una ultramaratón (100 km), Murakami experimenta un vacío que nunca antes había sentido y que lo lleva a correr menos y peor:

“Acabar la ultramaratón me llenó, obviamente, de alegría y me infundió cierta confianza en mí mismo. Incluso ahora me alegro de haberla corrido. Pero me dejó también algo que podríamos llamar ‘secuelas’. Tras ella, sufrí un prolongado bajón como corredor de fondo (...) Tanto los entrenamientos como las carreras se habían convertido, con pequeñas diferencias, en meras repeticiones rituales de lo mismo. Ya no me entusiasmaban como antes”.

Si movemos el concepto de tristeza de corredor a nuestra vida diaria, ¿qué momento puede marcar ese hito en donde después viene el declive inevitable? Llegar a la cima es otra forma de decir que solo queda bajar. ¿Y si no es posible reconocer cuándo estuvimos en la cima? ¿Quién es el encargado de avisar que estos son los momentos más felices? Pienso en este poema breve de Luis Chaves: “Esa foto donde ninguno sonríe:/ ¿quién nos creerá que fue de la época buena?”.

Empecé esta carta diciéndoles que no podía seguir el ritmo de las cosas, como si estuviera inmerso en una tristeza de corredor prolongada. ¿Cuál fue el ultramaratón que corrí sin darme cuenta y que me llevó hasta acá, a esta “tristeza del escritor”? Poder hacerme esa pregunta me lleva a una conclusión parcial: los buenos momentos son más sutiles, más silenciosos, que los malos momentos. Su ritmo es mucho más delicado y difícil de seguir. Al menos para personas melancólicas como yo.

En estos meses arrítmicos en los que me resulta difícil escribir, me forcé a correr prácticamente a diario. En esas vueltas al Parque Saavedra, encontré un lugar amable para volver a sentir la importancia que pueden tener las palabras para interrumpir temporalmente el vacío. De a poco, unos versos sueltos y unas imágenes fueron apareciendo. Recuperé también las ganas de leer, una señal clara de que el ritmo de la vida volvía a ser algo más cercano. Y, como es sabido, leer es un paso inevitable para escribir.

Murakami logra describir su tristeza del corredor de esta forma: En definitiva, de un modo semiinconsciente, empecé a poner algo de distancia entre ‘el correr’ y yo. Como la que se pone frente a ese amor que ya ha perdido la irracional pasión que domina en los inicios”. Esa comparación también me abrió los ojos y pensar que todo amor es una ultramaratón y que la tristeza del corredor es prácticamente diaria. La tristeza del escritor es una enfermedad derivada de ese bajón de defensas.

En materia de afectos, esperanzas, proyectos, todos somos maratonistas: nos preparamos para carreras que un día se terminan. En el mejor de los casos, con nosotros del otro lado de la meta. La tristeza del escritor es ni siquiera saber cuál es esa meta. Pero de ese vacío nace la literatura misma: ¿quién quiere escribir algo que ya conoce por completo? ¿Qué sentido tendría hacer eso?

Por suerte, Murakami también nos trae optimismo: “Y ahora siento como si, por fin, empezara a salir de esa bruma que es la ‘tristeza del corredor’ y que tanto tiempo ha durado. Todavía no la he atravesado del todo, pero percibo indicios de que algo nuevo se está gestando. Cuando por las mañanas me calzo las zapatillas para salir a correr, noto sus leves movimientos embrionarios. Ha empezado a moverse, sin duda, tanto a mi alrededor como dentro de mí. Me gustaría cultivar cuidadosamente esos pequeños brotes. Me concentro en mi cuerpo para que no se me escape ningún sonido, ninguna escena, y para no perder el rumbo”.

Puedo terminar esta carta diciendo que me encuentro en ese mismo estado. Empiezo a despedirme de la tristeza del escritor, aunque también sé que eso nunca se logra del todo, que siempre puede volver. El vacío es el escenario en el que me muevo, solo tengo que reaprender mejor su ritmo. Después, aparecerán las palabras, las ideas, las imágenes. Con suerte, un poema, un texto. Por último, la inevitable ráfaga de viento que barra y borre todo. Y solo habrá que volver a empezar, encontrar un nuevo mantra o repetir los anteriores. El dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional. El dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional. El dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional.
Gus.

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Read the original on santoslocospoesia.substack.com

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