El mejor regalo para papá
Hola, ¿cómo estás? Gracias por los comentarios y por las devoluciones. Estas cartas van tomando su forma también en ese intercambio. Cuando recibas esta entrega, va a ser el Día del Padre en toda Argentina como cada tercer domingo de junio, igual que newsletter que se reciben el tercer domingo de cada mes. El azar es desprolijo y descuidado, es cierto, pero también sabe hacer muy bien las cosas.
Mi viejo murió cuando yo tenía 15 años, de una forma bastante repentina, sin que nadie creyera que eso realmente iba a pasar. Este año se cumplieron 19 años ya desde ese día: una muerte adulta joven con todas las letras. Y, como dice Joan Didion en Noches Azules, “El tiempo pasa. Los recuerdos se borran, la memoria se adapta, la memoria se ajusta a lo que creemos recordar”. Es por eso que quiero aprovechar esta carta y esta fecha para hacer un ejercicio y que quizás a ustedes también les sirva. Si es así, háganmelo saber.
1 - Me acuerdo
En 1970, el escritor y artista estadounidense Joe Brainard escribió el libro Me acuerdo (I remember), compuesto de cientos de recuerdos breves personales. Luego, otros autores como Georges Perec, Margo Glantz o Martín Kohan retomaron ese ejercicio a lo largo de los años, creando un tono literario y estético en donde la memoria se luce por completo, pero al mismo tiempo se identifican las fallas, las deformaciones y los vacíos que puede tener nuestra construcción del pasado.
Utilizando a mi favor, si es que eso es posible, la nostalgia impuesta de este día, quiero sumergirme en mis propios Me acuerdo en esos 15 años que compartí con papá:
- Me acuerdo de papá escuchando la radio mientras nos preparaba el desayuno a todos en la familia. Papá solía hablar más con las noticias de la radio en esas mañanas antes del colegio que conmigo. Y yo también.
- Me acuerdo de los anteojos de papá, con un marco simil carey y una graduación que le deformaba por completo la línea de los ojos. Cuando usaba lentes de contacto, parecía otra persona, mucho más seria, mucho más enojada. Puedo decir que, desde chico, la simetría nunca fue sinónimo de calma o alegría para mí.
- Me acuerdo que los ojos de papá eran de un azul intenso, pero a veces se volvían más verdosos. Los míos son verdes, pero cada tanto se vuelven más azulados. Se dice que los ojos pueden cambiar de color de acuerdo al ánimo. ¿Qué tristeza era la que nos encontraba en el mismo tono con él? No llegué a descubrirlo.
- Me acuerdo que una amiga de la adolescencia me dijo que cuando yo estaba triste, los ojos se me ponían grisáceos. Se dio cuenta de eso en el funeral de papá.
- Me acuerdo que no llegué a hablar ningún tema adulto con mi viejo: ni política, ni discusiones sobre música, literatura, temas de actualidad. Tampoco charlas sobre amor. Un adolescente tímido y algo aniñado, junto a un padre adulto reservado y también tímido: cada momento a solas era parecido a un viaje largo en un ascensor angosto. Hablar o mantener el silencio podía ser igual de incómodo.
- Me acuerdo una sola vez que me haya preguntado con seriedad, con sus ojos sin anteojos mirándome fijo, cómo estaba. Él ya estaba internado en el hospital, yo ya había empezado a creer que se podía morir.
- Me acuerdo de papá manteniendo el orden y limpieza de la casa durante la mañana, cuando no había nadie en la casa. A la tarde, después de prepararnos el almuerzo, miraba la televisión y dormía la siesta. Sus ronquidos junto a los programas de chimentos son el sonido de mi primer adolescencia y también de algunas de mis noches de insomnio adulto.
- Me acuerdo de los primeros días después de su muerte: el silencio que venía de su cuarto, de la radio apagada en los desayunos, de los almuerzos solitarios. Parafraseando a Idea Vilariño: Uno siempre está en silencio, pero a veces está más en silencio.
- Me acuerdo de ver los partidos de Vélez junto a él a los pies de la cama de papá. Solo en ese momento teníamos conversaciones que se podrían denominar fluidas. Cuando Vélez ganaba, una sonrisa más infantil que la mía aparecía en su cara. Un padre es un espejo en el que sólo desde ciertos ángulos nos vemos reflejados, pero esos ángulos son los más valiosos.
- Me acuerdo de los pocos mensajes de texto que intercambiamos con papá: la mayoría de sus respuestas eran un “Ok”. Me encantaría algunas tardes volver a recibir al menos esas dos letras. Creer que en esa expresión tan corta, dicha por él, entra algo tan enorme como la tranquilidad.
2 - Me propongo
Freno el ejercicio acá. Podría seguir todo el día, porque un recuerdo desbloquea a otro y otro. Pero es necesario ser prudente. Joan Didion, en el mismo libro que cité al principio, da en el centro: «“Te quedan tus maravillosos recuerdos”, me decía la gente más tarde, como si los recuerdos trajeran consuelo. No lo traen. Los recuerdos son por definición del pasado, de lo que ya no está » .
Necesito pensar otra estrategia para sentirme cerca de él sin quedarme dormido en la neblina reconfortante de la melancolía y nada más. En estas fechas en donde el mercado nos inunda con propagandas llenas de promesas para encontrar “El mejor regalo para papá”, yo creo que realmente puedo hacérselo a pesar de los años de demora. Me atrevo a cambiar de procedimiento: dejo atrás el “Me acuerdo” e intento con el “Me propongo”.
- Me propongo pensar en papá con alegría y no con pena. Los años silenciosos que compartimos, también nos tuvieron cerca. Y el silencio es una gran forma de intimidad. De hecho, es la que sigo buscando hasta el día de hoy.
- Me propongo no ahogarme en el resentimiento con lo que pasó. El cariño de un padre, si breve, dos veces fundacional.
- Me propongo mantener mi casa con la misma meticulosidad que él mantuvo la nuestra mientras mamá trabajaba. Yo también puedo ser un hombre silencioso que se ocupa de que todo esté en orden para mí.
- Me propongo no hacer del silencio mi principal forma de expresión, mucho menos la única. De alguna forma, haberme inclinado por la literatura después de su muerte haya sido el primer paso en esa dirección.
- Me propongo seguir mirándome en el espejo que fue mi padre. Seguir descubriendo esos pocos ángulos en los que me veo reflejado. Guardarlos como lo que realmente son: una herencia cargada de valor sentimental.
- Me propongo mirar con más atención el color de mis ojos para ver si ahí encuentro algo de la mirada de papá, para ver si ahí logro entender mejor cómo se sentía él.
- Me propongo sonreír con una sonrisa infantil de vez en cuando. No en honor a mi niñez, sino al niño que también fue mi papá cuando estuvo cerca mío.
Freno el ejercicio acá, otra vez. Me siento más ligero con este nuevo orden: el pasado en el pasado, el presente en el futuro. Perdón por haberles mentido un poco. Esta carta en realidad no era para ustedes, era mi regalo para papá. No le digan nada, así no le arruinamos la sorpresa.

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