Como te dije ayer, seguimos con esta correspondencia interceptada. Porque realmente este resumen no es tanto para ti, que ya estuviste día tras día viviendo desde Miradero mi viaje por México para la presentación de Caminos de vuelta.
Esto es más para mi querida Alexandra, la responsable de marketing en mi editorial, que necesita conocer la historia para hacer lo suyo con publi y cosas.
Lo que, como estoy de vacaciones, me estoy haciendo un 2x1: cojo a Alexandra y a ti de la manita, les pongo en el mismo cuarto y les cuento la historia a la vez.
Que, si te perdiste la primera parte, se empieza aquí:
Porque ayer nos quedamos en que dejaba el decorado para gringos que es la costa hotelera de Cancún y cogíamos un avión hacia Tuxtla Gutiérrez, la capital de Chiapas.
Donde no he tenido un recibimiento más crema en ningún otro aeropuerto del mundo.
Si alguien te ha reenviado esto, tu alguien me quiere mucho.
Quiéreme tú también suscribiéndote:
No sé si te has dado cuenta de que parece que todos los aeropuertos del mundo están haciendo un pulso para ver quién consigue parecerse más a los pasillos de un hospital, todos idénticamente olvidables y, eso sí, con los techos lo más alto posible.
El de Tuxtla es un aeropuerto pequeño, pero de lejos el más bonito en el que he estado.
Supongo que mucha gente ya está avisada de esto, pero yo no tenía ni idea y, cuando esperaba verme el pasillo del ala este del hospital internacional de turno, me encontré con paredes inmersivas decoradas como una selva con cascadas, pirámides mayas, panteras y musiquita que, si hubiese aparecido un tipo ahí dándonos salvavidas a la bajada de las escaleras mecánicas, habría asumido que estábamos en un parque temático.
¿Lo que cuentan los marketeros de hacer sentir una experiencia al cliente y bla? Pues literalmente eso.
Salí de ahí contento y con una lección: que la sorpresa es más efectiva y auténtica poniendo esfuerzo justo donde el espectador, lector, cliente no espera que haya esfuerzo alguno.
Cuando estás por terminar la selva de pasillos, te llega la música de marimba, que suena como un xilófono con las mejillas coloradas de borracho gracioso, y una chica con su vestido de chiapaneca, largo de flores, haciendo ondas lentas con la falda.
A su lado un tipo vestido de parachico, con su máscara de madera y sombrerito de pompón suave.
Con la música de marimba todavía a la espalda, nos subimos a una guagua pequeñita y de camino a San Cristobal de Las Casas.
Pero hay otra marimba que seguiría sonando de fondo durante todo el viaje, que es el repiqueteo de ir organizando los flecos todavía sueltos de la presentación de Caminos de vuelta.
Flecos chicos, como mantener a la gente atenta a que eso iba a pasar, y flecos grandes del tipo seguir sin tener lugar confirmado a poco más de una semana del evento.
Podría citar a mucha gente que hizo fuerza en el terreno local por que todo saliera bien, de mil formas, pero, si tengo que poner el foco sobre tres, esos son mis queridos Geeknifer, Gonzalo J. Suárez P. y Hannelore Adler Gailwain.
Personas lindas a las que nunca había visto en persona, pero que remaron como si hubieran escrito el libro conmigo a mi vera.
Lo que es el turisteo, se puso más interesante en Chiapas, ahora lejos del dominio de los hielos encerrados en cocteleras.
Te voy a poner sólo un ejemplo, para no volverte loco: una iglesia en la que, a mitad del siglo XIX, los tsotsil pensaron que, después de todo, al catolicismo como que le faltaba algo de gracia y decidieron bajar a cuanto santo había en el retablo, llenar el suelo de hojas de pino y hacer ritos mayas a la luz de tanta vela como pudo entrar en la iglesia.
Por si te lo preguntas, esa es la Iglesia de San Juan Bautista, en San Juan Chamula, y no tengo foto del interior. Ni yo ni nadie, porque está prohibido hacerlas.
Pero aquí tienes a un Samu mirándola fijo antes de entrar.
Por lo demás, San Cristobal de Las Casas es el sitio de todo el México que visité en el que me vino esa sensación, sin pretenderlo, de: «yo podría vivir aquí». Un sitio cargado de gente y turistas, pero lindo, que todavía consigue mantener de alguna manera su armonía en equilibrio.
El café muy rico, la historia muy interesante, pero no soy el más indicado para convertir esto en una guía turística, así que mejor nos subimos a una guagua nocturna de doce horas, la más cómoda en la que he estado jamás, y llegamos a Oaxaca.
Tuve manera de saberlo, el precio de los hoteles daba una pista, pero no lo supe hasta estar ahí: resulta que llegamos justo para la semana de la Guelaguetza.
Que, si no es la fiesta más importante de Oaxaca, debe de estar cerca, porque reune a todos los pueblos en la capital, se montan mercados por todos lados, escenarios y gente que trenza unas cuantas cañas, le ata petardos y se ingenia cosas así en mitad de la calle.
Ya sabes que no soy muy amigo de ponerte imágenes en vez de narrar, pero alguna excepción al año queda dentro de la legalidad de nuestro querido Miradero.
Más allá de la fiesta callejera, queda todo ese espacio para sorprenderse uno de que una familia burguesa se compre un monte y termine encontrándose debajo, por ejemplo, toda una ciudad zapoteca, una de las más grandes de Mesoamérica, como la de Monte Albán.
Resulta que esto es más común de lo que parece. No a la misma escala, pero ya me entiendes.
Y claro que no hay ni un zapoteca que se llamara jamás Albán, pero los de la familia burguesa sí. Por si te lo preguntabas.
Luego, en algún punto entre visitar pueblos artesanos de telas, tapices, alebrijes y lo que surgiera, que parece que en esta tierra todo lo que se pueda hacer con las manos se hace, me atacó Moctezuma con su rayo fulminante de la caca extranjera.
Lo que en otros países conocen como «el mal del viajero», que allá llaman la venganza de Moctezuma. Maneras más remilgadas o más épicas de referirse a cagarse por la pata’bajo.
El portátil muerto, yo sin poder estar a más de cuatro pasos de un baño, a dos días para la presentación de Caminos de vuelta y escribiendo Miradero desde el móvil, como si fuera el wasap infinito de tu ex a las cuatro de la madrugada.
Pese a todo, lo conseguimos.
Llegamos a Ciudad de México, mi queridísima Geeknifer condujo la presentación frente a un montón de gente linda que se vino de muchas partes para escucharnos hablar de literatura y cosas bonitas comprimidas en esta saga de libros:
Caminos de vuelta.
Que, si no la tienes todavía, pero aun así te estás leyendo todo este texto extraño, he de decirte que tienes tus prioridades literarias medio rarunas organizadas.
Lo mejor es que cierres ahora mismo esto para irte a por una copia de la novela:
El resto de días hasta regresar a Españas fue de cervezas, ruinas y conocer más de la historia de una ciudad que se va hundiendo poquito a poco por culpa de cierto nopal y las ganas de un águila de posarse en él para comerse su merienda-serpiente.
Cosas que tienen las profecías milenarias.
Pero, si te cuento eso, ya nos vamos a tres correos de extensión y tampoco quiero volver loca a mi querida Alexandra. Yo sé que, a estas alturas, tú ya tienes más aguante, pero no todo el mundo está acostumbrado a leerme tanto y tan seguido.
Así que vamos cerrando por hoy.
Pero antes: gracias una vez más a todos los que ayudaron para que la presentación fuera posible, tanto organizándola o asistiendo para darnos cariñito.
¡Besitos volados!
⮤ «Llegamos a Ciudad de México, mi queridísima Geeknifer condujo la presentación frente a un montón de gente linda que se vino de muchas partes.»

Comments
Nothing yet. Say the first thing.
Sign in to join the conversation.