RSS Amplifier

Miradero · Aug 14, 2026

🍃Relato: Algo que no le dirías a nadie

0
Sign in to vote or save

Samuel Domínguez · Miradero

Llevo casi dos meses sin escribir ficción para Miradero.

Y eso no está bien.

Si alguien te ha reenviado esto, tu alguien me quiere mucho.
Quiéreme tú también suscribiéndote:

Algo que no le dirías a nadie

—¿A qué te refieres con lo de «es un ejercicio que le había mandado la psicóloga»?

Una vez vi a mi vecino de aquel tiempo entrenar a su perro. Un cachorro medio blanco y castaño, ni idea de qué raza sería; sé que, cuando creció, tuvo el pelo y el hocico largos, una oreja caída y los ojos de dos colores.

Pero cuando lo escuché por primera vez, todavía era poco más que un peluche de feria.

Clic.

Si giraba sobre sí mismo siguiendo su dedo, si le daba la patita, si se sentaba cuando se lo decía… clic, clic, clic.

Ahora sé que es un botón, uno que se llama clíquer. Por lo visto lo usan como refuerzo positivo, pero a mí me parecía un metrónomo de la obediencia. Yo de doce años nunca habría dicho «metrónomo de la obediencia», aun así sentía que había algo mal en todo eso. Algo falso, embustero. Una injusticia grande en conseguir que el perro hiciera lo que él quería a cambio de un clic rápido y una golosina.

—¿Por eso nunca antes has querido venir a terapia? Eso del refuerzo positivo, ¿lo has asociado con ser domesticado?

Sí y no.

Ese fue sólo el clic que me llevó a otro.

No fue hasta que murió mi madre que me di cuenta de que ella era la que se ocupaba de sacar a la familia de casa, la única que tenía interés en que hiciéramos cosas por ahí. Ya luego salíamos de casa como en expediciones espaciales, muy meditadas y de ida y vuelta: la expedición al colegio, la expedición a extraescolares, la expedición a las clases de apoyo. Siempre en el cohete-monovolumen familiar; cojo, impar, demasiado grande ya para nuestra familia, que prometía ser, ahora y para siempre, sólo de tres.

Mi hermana tenía una expedición más que yo no.

No era buen estudiante. A cada examen mi padre chasqueaba la lengua, con un fastidio ya ajeno de tan rutinario, y me castigaba sin cualquier cosa que tuviera circuitos electicos. Viviendo en una urbanización a las afueras, muchas veces sólo me quedaba mirar al vecino y al cachorro dar vueltas por el jardín. Cuanto más grande se hacía el perro, más creyente en la fe del clic.

Hasta que un día lo oí, pero tumbado en el sofá.

Era el mismo clic, pero sostenido al final. Me erguí para escuchar. Sí, aunque sonaba igual al principio, luego se convertía en el susurro largo de un secreto peligroso. Como si alguien al otro lado de la pared, muy asustado, temiera que se pudiera enterar de aquello alguien más. Alguien más que yo. Seguí el susurro con cuidado hasta la solana y lo vi: el calentador del agua. Encendido, parecía un gólem despierto, un tótem custodio con un único iris alargado y rojo, imparcial y disciplinado.

Pero, negligente, susurraba el secreto de su guardia.

El agua caliente le bombeaba vida a la casa, y se me hinchó el pecho en los ojos cuando entendí por qué.

«Es un ejercicio que me ha mandado la psicóloga», dijo mi hermana.

Esa era su expedición especial al exterior. Cuando mi madre se fue, nos ofrecieron acompañamiento psicológico. Creo que entendí rápido, quizá en otro de sus chasquidos de lengua, decepcionado, que mi padre esperaba que dijera que no necesitaba ir al psicólogo, así que lo hice. Hubo un alivio grave en las arrugas y eso me sentó bien, quizá mejor que ninguna terapia. La media sonrisa de un padre, que confundía al mundo con disfraz de abuelo.

Ese día, con el ejercicio que traía mi hermana, no sé si hubo otro de esos chasquidos grandes de fastidio. Supongo que es fácil imaginar que sí, no lo sé, pero el viejo aceptó y nos sentamos en círculo.

«Cada uno escribirá en un papel algo que no le dirías a nadie, jamás», sonrió, como esperando ver despertar en nosotros ese mismo aleteo ilusionado de ella.

Cada vez que volví a escuchar ese clic, ya no necesitaba seguir el susurro, sino que iba, peregrino fiel, a perseguir el secreto. Salir al jardín de atrás, ir hasta la ventana alta del baño, siempre abierta, para sentir el vaho en la cara al ponerme de puntillas. Entonces, apenas un instante de ceguera antes de concretar las gotas que escuchaba; las gotas rápidas que me perseguían para el resto del día atravesando sueños y realidad.

«Y luego, ¿qué?», dijo mi padre, el bolígrafo dándole vueltas ya en la mano.

Me gustaba ver a mi hermana tan feliz con todo aquello. Sería mentira decir que era la primera vez que volvía a verla sonreír, pero es cierto que ahora sonreía bonito; sonreía de ilusión y algo más. Hasta había comprado cera violeta y un sello para lacrar los papeles.

«Luego ponemos los secretos en el cuenco y ya lo dejamos siempre a la vista; por ejemplo, allí. Dice la psicóloga que es una manera de reforzar la confianza: tener el mayor secreto del otro a mano, pero quererlo y respetarlo tanto como para no abrirlo. Saber esperar hasta que el otro decida contártelo.»

Mi hermana fue la primera en dejar su papel doblado en el cuenco, luego mi padre, con mucho bascular el peso en la silla, como si se le estuviera a punto de quemar algo en la cocina. Cuando me cansé de huir al mismo pensamiento, escribí lo único que me ocupaba la cabeza, el cuerpo y las noches, desde que escuché aquel clic susurrado.

Y lo puse en el cuenco.

No tuvo tiempo ni de derretir la cera. El bascular de mi padre lo terminó por columpiar, hasta que lanzó una mano al centro:

«En esta casa no hay secretos», dijo.

«¡Papá!», soltó el mechero.

Me pegué mucho a la silla, deseando escurrirme entre las lazadas, cuando vi que agarraba el mío y lo arrugaba fuerte, para que mi hermana no se lo consiguiera quitar. Nunca he vuelto a sentir ese fin seco del universo, nunca como cuando empezó a leer:

«Siempre que se enciende el calentador, salgo para…», y casi agradecí que enmudeciera.

No hubo chasquido de lengua: le tembló la mandíbula, casi para castañear de frío. O como con muchas ganas de morder. Entonces, me miró:

«¿A tu propia hermana, enfermo de mierda?»

Cuando su silla cayó al suelo, cerré los ojos. Y ya no los abrí hasta despertar en una cama que no era la mía, muy sola y con ese olor blanco como a agua oxigenada o talco.

—En todos estos años, ¿por qué nunca habías hablado de esto?

No lo sé.

Quizá uno tarda toda una vida en olvidar lo que le enseñaron de cachorro, con un clic.

Read the original on samueldominguez.substack.com

Comments

Nothing yet. Say the first thing.

    Sign in to join the conversation.