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Miradero · Aug 26, 2026

🍃Pero de un cobarde es pedir la muerte

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Samuel Domínguez · Miradero

Estuve pensando.

Seguro que nadie tiene que venir a explicarte quiénes son Romeo y Julieta, pero yo no me sé los mitos anglosajones demasiado bien, así que, en vez de ellos, vamos a hablar de Píramo y Tisbe.

Una pareja igual, pero en Babilonia y narrada por Ovidio en sus Metamorfosis.

Es curioso, porque ni Ovidio era de Babilonia, ni Shakespeare era de Verona, pero los dos deciden deslocalizar sus historias fuera de Roma y de Inglaterra.

¿Por qué?

Por lo mismo que Calderón de la Barca coloca a Segismundo en Polonia: para no ofender, sin querer o queriendo, a quien no tiene que ofender.

Piénsalo, en el caso de dos amantes de familias enfrentadas, ¿cuánta gente poderosa se podía dar por aludida y pensar que el autor está difamando el honor de sus hijas?

O, peor, en otros textos en los que se nombra a al rey y traiciones y levantamientos en armas… Pues eso, que no hay necesidad de tocar demasiado los cojones a la gente que no debes.

Cuando tu intención, en realidad, es transmitir otro mensaje.

Si alguien te ha reenviado esto, tu alguien me quiere mucho.
Quiéreme tú también suscribiéndote:

Si te sabes la historia de Romeo y Julieta, te sabes la de Píramo y Tisbe.

Dos jóvenes de familias enfrentadas, les niegan estar juntos, están muy tristes, tanto, que se escuchan llorar por una grieta del muro en el jardín. Y descubren que pueden hablar a través de ella.

Así, con los días y el bombear del amor creciendo entre las piernas, deciden escaparse y empezar una vida juntos.

Se citan por la noche en tal bosque bajo tal árbol, uno bien conocido para los dos, imagino, y Tisbe llega la primera,

¡PERO!

Cuando escucha ruidos entre los arbustos y piensa que es Píramo, resulta que es un león.

Obvio, Tisbe sale de allí pegándose patadas en el culo, hasta se le cae el velo que llevaba.

El tema es que el león pasa mucho de ella, porque se acaba de comer a un jabalí, así que sólo cruza el camino con tan mala suerte que, cayéndole de las fauces, va dejando un reguero de sangre de su última presa.

Llega Píramo, reconoce el velo, lo ve teñido en sangre y asume lo peor: un depredador se ha comido a Tisbe.

[...] ¡Destrozad mi cuerpo
y mis malditas entrañas devorad con fiero mordisco,
oh, cuantos leones habitáis bajo esta peña!

Pero de un cobarde es pedir la muerte [...]

Así que desenvaina un puñal y se lo clava él mismo. Que el suicidio en el mundo greco-romano estaba visto guay, al estilo harakiri japonés, honor y tal.

Pero, pasado el peligro, Tisbe vuelve y entiende lo que ha hecho, al ver a su amado aferrado al velo manchado en sangre.

Lo toma entonces en sus brazos.

Aquí hay un momento especialmente cruel (o no) de Ovidio, estoy bastante seguro de que esto no existe en Shakespeare, y es que Príamo, casi muerto, abre los ojos y ve a Tisbe, sólo para entender que se ha equivocado, que ha muerto por nada.

Tisbe no aguanta el dolor y, con el mismo puñal, se quita la vida.

Fin.

Hay una escena postcréditos mitológica de que las familias permiten que sean enterrados juntos y el árbol de las moras que bebió su sangre tiñe sus frutos para siempre de negro.

Pero lo que es la historia que nos interesa: eso, termina ahí.

Y estuve pensando.

La lectura de este mito y de la obra de Shakespeare suele ser el amor apasionado hasta las últimas consecuencias: locos de amor capaces de hacer lo que sea.

Me imagino que en la antigüedad tenía, también, otro mensaje más evidente que para nosotros ahora: no negar estar juntos a quienes están unidos por un amor verdadero.

Quizá esto hoy es bastante más de perogrullo, pero no en la antigüedad, donde te casabas con quien te tocaba y calladitos los dos.

Pero ahora, recostado en mi sofá, digo:

¿Y si este mito habla en verdad de las batallas que se libran en nuestra mente?

Las batallas (falsas) que se libran (sólo) en nuestra mente.

Piénsalo: Príamo toma una decisión definitiva, la peor decisión que puede tomar un ser vivo, ciego, basándose exclusivamente en algo que ha imaginado cierto.

Se crea un escenario mental y tuerce la realidad para que responda a esa ficción imaginada.

Y me pregunto cuántas veces, todos los días, hacemos eso con nosotros mismos y con las relaciones que tenemos con otras personas. Cuánto de lo creído, tan creído que llegamos a tener una certeza absoluta en ello, es en verdad falso.

Producto de nada más que unas conexiones medio consistentes en nuestra cabeza, pero sin referente en la realidad.

Me parece más bonito que la lectura de este mito sea esa: que aprendas a mirar fuera de ti, antes de que el caos producido por el eco de tu propia voz acabe por matarte.

Ya me cuentas qué te parece a ti.

¡Besitos volados!

Read the original on samueldominguez.substack.com

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