Hay espacios que activan algo en mi, que me llevan a reflexionar profundamente y me empujan a escribir; eso me pasó esta mañana con un artículo de Paola Veronica llamado “Creer en todo menos en Dios” y me trajo hasta aquí, a este escrito.
“Creer en Dios, en un poder superior que te ama y desea lo mejor para ti; y a su vez querer controlarlo todo y desconfiar de ti, de la vida ¡Es incompatible!”
Escuché esta frase hace unas semanas en un podcast y ronda en mi cabeza desde ese mismo momento.
Ha sido un clic en toda regla.
Yo sí creo…
Creo firmemente en Dios, no desde un enfoque religioso, no en ese Dios castigador, no; creo en un Dios que es Amor, una fuente superior de energía que nos envuelve y nos une a todos.
Creo que Dios está en mi (NO que soy Dios, esa a mi parecer es una interpretación narcisista de los que quieren tener el control), sino que mi espíritu es un fractal de Él (somos como una gota del Océano).
Creo en que, como amor, Dios quiere lo mejor para cada uno de nosotros; pero eso no necesariamente es lo que nosotros esperamos de la vida o deseamos.
Creo en que no voy por la vida sola, no creo sola, no construyo sola y TODO lo hago es con Él como guía y socio, aún cuando no soy consciente. Por eso el sentimiento de control es falso, no tenemos control de nada.
Creo en que todos somos instrumento de Dios, hechos a su imagen para hacer su voluntad… Pero que en el camino nos perdemos. Solo cuando nos permitimos SER y conectar con nuestra esencia, con los dones y talentos dados, con la intuición; es que nos abrimos a ser usados para ese bien superior.
Creo que Dios hace una parte en mi vida y en mi camino que es perfecta.
Creo todo esto y sin embargo, me he visto muchas veces dudando de mi, del llamado interno de soltar el control, de rendirme por completo; por momentos he sentido una ansiedad tremenda de volver a “controlarlo todo” a forzar las cosas para que sucedan como yo quiero…
He renegado de porqué parece que nada cambia, que nada avanza, que las cosas que deseo no llegan… Cómo si fuera yo la jefa real, la que manda, la que controla y no es del todo así.
Porque sí, creo que si me pongo a ello soy capaz de hacer que suceda lo que quiera, lo que me encapriche, pero ¿A qué costo?; ya he vivido consecuencias desagradables por querer alcanzar lo que quiero a mi manera, aún con la intuición gritándome ¡NO!.
Y soy de las que cree que mi manera SÍ IMPORTA Y MUCHO, para algo he sido diseñada de una determinada forma por Él y gozo de mi libre albedrío. Pero eso solo es una mínima parte. Dios hace la otra y en esa solo Él tiene el poder.
Hay un libre albedrío, uno que activa la Ley de causa y efecto. Por supuesto que nosotras “mandamos en nuestra vida”, tenemos el poder de elegir qué si y qué no; solo que lo que viene tras esa elección va a depender mucho de desde dónde la hayamos tomado, desde el ego o desde el SER.
Influye mucho desde dónde hacemos, decidimos y avanzamos:
Desde una mente condicionada que ha tomado el control y es la que intenta que “hagas que las cosas ocurran porque lo mereces”. Desde aquí te manipulas(n)
o te riges desde un instinto interior que no se explica, pero se siente claro y que a veces te hace tomar una dirección que no parece la más racional, pero a la larga te das cuenta que es la que se siente más alineada.
Muchas veces nos preguntamos porque a unas personas se le dan las cosas que quieren y a nosotros no. Porqué para unas personas parece “fácil” y completo; mientras para otras llega con sacrificio y nunca es suficiente…
Y yo tengo 3 hipótesis:
Por un laso están las personas que “hacen que las cosas sucedan”:
Estas son las personas que se les mete algo en la cabeza, se obsesionan y se sacrifican con tal de conseguirlo, no permiten que interfiera demasiado sus instintos; sino que se marcan el objetivo, planean y accionan para conseguir lo que se proponen “como sea” en el tiempo que desean.
En ese “como sea” pueden incurrir en muchos sacrificios, en anular su parte más emocional, asumen total “control” de sus vidas y alcanzan lo que se proponen y más, llegando al éxito externo; pero no al interno, porque por dentro se sienten vacíos, nada es suficiente, terminan identificándose con lo que logran o tienen y pierden la noción de su verdadero potencial interno.
Por otro lado, las personas que se entregan y permiten que las cosas sucedan:
Son personas que sienten una especie de llamado interno a hacer algo, a ponerse al servicio, se rigen por lo que les entusiasma, emociona y les impulsa desde el interior (aún cuando no es fácil); sin pensar mucho en que eso les pueda llevar a obtener algo e incluso esforzándose increíblemente (no lo ven como sacrificio, porque aman hacerlo)… Solo piensan en lo que aportan con su acción o lo que disfrutan con ella.
Y se entregan y se permiten tanto fluir con ese llamado interior, desde un deseo genuino, que en consecuencia el éxito interno y externo suceden, al tiempo que ha de suceder (y de la forma en que es de mayor bien para todos, conforme a Él). Como no es algo que buscan como objetivo o fin último, simplemente ocurre en consecuencia; no pelean con el tiempo y el afán.
Y después
estánestamos los que pelean entre su llamado interior a ser y confiar; y el llamado de sus cabezas de “hacer que suceda” eso que desean.Me he sentido aquí mucho tiempo. En una
luchadanza constante entre ser la persona que hace que lo que quiere suceda y la que se rinde a confiar mientras se entrega al llamado de crear desde el SER.Cuando estoy en el primer grupo, hay algo que no me deja seguir, que me grita muy fuerte que eso no es para mi, que hay un sentido mayor. Cuando estoy en la entrega mi cabeza no para de hablar y decirme “a dónde crees que te va a llevar esto” “el éxito requiere sacrificio” “Si no haces más no llegarás te quedarás atrás…”
Y entre una y otra, vives en un largo estancamiento; o eso parece, porque en el fondo siento que solo es un vacío fértil que espera por tu decisión sobre qué camino eliges definitivamente.
Es jodido porque la lucha interna es real… (mente-corazón-alma) A veces desesperante y confusa ¡Lo sé bien! Y ahí parece que nada se mueve, para bien o para mal parece que caes en un “stand by” como esperando a recibir ordenes, aunque lo que de verdad se espera es a TOMAR UNA DECISIÓN definitiva, sobre el camino a elegir.
Aquí vuelvo a la frase inicial y pienso: Cuando creo me rindo de verdad en Dios, no hay espacio para desconfiar y tener afán, se que lo que es para mi YA EXISTE y solo espera que tome la decisión de soltar el control, entregarme a Ser y permitir que lo que es para mi suceda.
Porque cuando por fin nos situamos en ese grupo de personas que tienen FE, que se dejan guiar por esa fuerza superior, por la belleza y la inmensidad de la vida en el día a día, sin obsesionarse con un resultado externo, sino que se rinden y permiten que llegue en consecuencia el éxito interno y externo… (sea el que Dios quiera). Es cuando cabe completamente la frase de “creer en Dios y desconfiar del camino guiado ¡Son incompatibles!”.
Cuando crees en Él. En su deseo de bienestar y unión para todos. En que estás aquí para contribuir a algo mayor con lo que ya eres. En su amor incondicional. En su guía inevitable al camino de su voluntad… Entiendes que si te rindes a Él, no hay nada que temer, ni nada en que desconfiar mientras te rindas a su voluntad.
Y ahí quiero estar. Sé que cada vez estoy más en ese grupo. Pero también - no seré ingenua- sé que mi cabeza, mi personaje (con todo el condicionamiento externo) ha cogido poder en todos estos años y mi misión es estar alerta porque siempre me traerá tentaciones para caer en lo externo como fin y no como consecuencia… Al fin y al cabo soy humana. Somos humanos.
Mucho que reflexionar sobre esto… NADA de lo que aquí digo es una verdad, es mi percepción y a lo que sí te invito es a encontrar la tuya, la que vibra en ti, en tu esencia más profunda (no tanto desde la mente).
Y además, si te resuena, pregúntate:
🌱 ¿En qué grupo te sientes tú?
🌱 Y más importante ¿En cuál eliges estar?
Con amor y presencia,
Roi 🌷

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