A veces conviene mirar las tendencias a largo plazo para corroborar si asistimos a una crisis temporal, quizás circunstancial (debida a problemas que se pueden solucionar en el corto o medio plazo), o en realidad estamos es una crisis crónica, que desemboca en un enorme crash, cuando los esfuerzos por alargar la bonanza, llegan a su fin.
Para comprobarlo, veamos en primer lugar los gráficos de largo plazo de los bonos a 30 años, correspondientes a diferentes zonas occidentales del planeta.
Europa.
Observarán que son casi idénticos en su formato, aunque las cifras sean diferentes.
Larga tendencia bajista en la rentabilidad hasta 2020, donde se produce primero un frenazo en la tendencia y luego el comienzo de una tendencia claramente alcista, hasta finales de 2023, donde se sitúa un primer “descanso”, para reanudar la tendencia alcista poco después, superando los máximos de 2023 para seguir el ascenso hasta hoy. Se trata de los principales países de Europa …
Alemania.
Francia.
Gran Bretaña.
Japón.
Durante muchos años, la deuda de Japón ha sido el espejo que Occidente ha mirado, cuando se trataba de endeudamiento público. Si Japón podía aumentar su deuda sin límite, el resto de Occidente tenía un largo camino por delante en la acumulación de deuda. La rentabilidad a 30 años tocó fondo en 2016 y repitió en 2019, un poco antes que el resto de países occidentales y desde entonces, la tendencia al alza es casi vertical, poniendo en graves aprietos al gobierno de Japón. Aquí no ha habido parón a finales de 2023, sino que la tendencia parece acelerarse.
EE.UU.
Tiene un gráfico ligeramente distinto. La larga tendencia a la baja y el giro en 2020 es similar a lo casos europeos, lo mismo que el frenazo de finales de 2023. Pero en cambio la ruptura de máximos de 2023 se ha producido con retraso, y solo recientemente los ha superado, incorporándose a la tendencia general alcista.
Los bonos a 30 años no reflejan una inflación puntual, sino que son la referencia de como se ven las cuentas públicas en un futuro lejano. Las tendencias no cambian de un día para otro, sino que suelen durar décadas, hasta que estructuralmente los fundamentos que guían esa tendencia, varían de forma permanente.
En este caso hay una sensación de nuevo ciclo alcista de la inflación (lejos de esa inflación muy controlada entre 2010-2020), un endeudamiento demasiado oneroso, sin freno y un déficit público no controlado, incluso en épocas de bonanza económica, que presiona al alza los tipos, para compensar la creciente deuda.
No podemos aludir a un cambio de tendencia inesperado, ni a un país concreto que sufre presiones inflacionistas por determinas características peculiares, ni a un ejemplo puntual que no se puede extrapolar. Esta vez la deplorable tendencia afecta al corazón de cada continente, en un muestreo irrefutable. Seguir ignorando las consecuencias a largo plazo de este movimiento, pensando que los BC siempre consiguen “arreglar” el problema, no es lo adecuado en estos momentos y sin embargo es lo que la mayoría de inversores, analistas, dirigentes y particulares, está haciendo como si no “pasara nada de nada” y solo es un pequeño inconveniente pasajero, que sin duda encontrará solución apropiada.
En este contexto, las guerras interminables no ayudan a estabilizar la inflación, ni a reducir la deuda, ni a mejorar las perspectivas de estabilidad.
Tenemos dos guerras que inciden en amplios sectores, como la exportación de gas y petróleo, fertilizantes, ácido sulfúrico y últimamente, la exportación de cereales como el trigo.
La presión sobre los inventarios empieza a ser muy grande y si las exportaciones siguen coartadas, los inventarios acusarán el descenso por debajo de un punto mínimo, que limitará el suministro, aumentando los precios muy por encima de los actuales.
Por lo tanto, la combinación de una deuda creciente y muy alta, tipos de interés al alza y precios sin control, sugiere que vamos asistir a una lucha extenuante entre mantener el suministro, los precios y la escasez generalizada, lo que nos haría perder el control de las finanzas y posiblemente, una grave crisis económica cuyas consecuencias en forma de retroalimentaciones son incalculables y muy perniciosas. Mucha gente piensa que en la década de los setenta del siglo pasado se vivió una crisis parecida, pero entonces la deuda era mínima comparada con la actual y la subida de los tipos a niveles parecidos a aquellos, tendría unas consecuencias mucho peores.
Japón ha sido el faro durante muchos años y precisamente por ello, todos los ojos están puestos en ese país. Su deuda es gigantesca y ha sido precisa una intervención concertada con EE.UU. (la primera en 30 años) para frenar el deterioro del yen, sin que de momento haya servido para nada.
No se aprecia un final a la vista en ambos conflictos, pero la tensión en los mercados ya es visible, a pesar de las innumerables medidas para extender el crecimiento (ya que la deuda no deja de crecer para sostener ese incremento económico artificial). Lo malo de estos procesos es que nadie conoce el momento de la ruptura, ese punto donde todos los esfuerzos no sirven y de repente, el pánico se apodera de los inversores y se desata el “sálvese quien pueda”.
De momento, los precios del petróleo están contenidos, a pesar de los inventarios mínimos, pero en cambio, los precios del cobre y el azufre, siguen por las nubes. Los spread en el caso del diésel, igualmente están en máximos.
Precio cobre, azufre y diferenciales combustibles.
Los mercados bursátiles además, están instalados en una burbuja permanente, como se puede ver en el caso estadounidense, con unas cifras de referencia que advierten de una sobrevaloración extrema. Ya estamos muy por encima de los ratios de 1929 y muy cerca de los máximos de la burbuja punto.com.
Por supuesto, nadie sabe cuando explotan las burbujas, pero tener al mismo tiempo una crisis de deuda, una tendencia mundial sincronizada al alza en los bonos públicos, una burbuja extrema en la bolsa y dos guerras que afectan peligrosamente al suministro energético-alimentario, junto con una crisis económica en el principal país del mundo (China por paridad poder adquisitivo) , son demasiados condimentos para ignorar el peligro.
Con todo, elegir el momento de “saltar por la borda” es muy difícil.
El indicador de referencia que he elegido, sigue marcando tranquilidad. Se trata de los diferenciales entre los bonos de riesgo y los bonos del estado americano, y de momento, indican tranquilidad absoluta. Estos bonos son la mejor muestra de la sensación de riesgo en el mercado y mientras estén en mínimos, señalan que los participantes no están vendiendo los activos más peligrosos, lo que no quiere decir que la situación no pueda girar en cualquier momento.
El exceso de liquidez es la razón de que estos diferenciales sigan muy bajos. Mientras los préstamos se concedan con alegría, todos los mercados dispondrán de liquidez abundante. Pero las circunstancias pueden cambiar con rapidez y es preciso vigilar los movimientos a diario, porque aunque el mercado no lo reconozca, estamos a un paso de una explosión supernova y dados los niveles de deuda alcanzados, el daño sería irreversible …
En lugar de perdernos en palabras huecas para describir un situación que parece estacionaria, haríamos bien en mirar los gráficos y su tendencia. Esa es la verdadera clave que nos indica hacia donde vamos. El gráfico que combina deuda y tipos corresponde al pago de intereses (ejemplo USA). Y en este caso, la deriva es totalmente inaceptable y claramente insostenible.
Desde 2020 hemos perdido la batalla por el control de los intereses. Pero todavía no experimentamos el dolor de sus consecuencias. Por si no ha quedado claro, la pendiente actual no tiene nada que ver con la de los ochenta y aquí es donde podemos observar la diferencia abismal entre una crisis y otra. No podemos solucionar todo, imprimiendo más dinero, porque el “genio” de la inflación ya ha salido de la botella.
Veremos.
Sin posts

Comments
Nothing yet. Say the first thing.
Sign in to join the conversation.