A mi pesar, muchas veces caigo en la trampa de abordar la fotografía como un proceso lineal. El objetivo es lograr una foto perfecta. Todo comienza con la búsqueda del lugar, el sujeto y una luz impecable. Con la cámara en modo manual, hago los ajustes necesarios para obtener lo mejor del formato RAW (el negativo digital), para luego terminar de ajustar selectivamente luces, sombras y colores, sentado frente a una pantalla con la aplicación de edición fotográfica preferida, desde donde exportaré una foto épica. Esto es una trampa creativa.
Llevo demasiado tiempo con este pensamiento interfiriendo mi trabajo fotográfico. Pensando así inhibo mi capacidad de observación y mi presencia en el contexto. Rara vez logro la foto espectacular y me hundo en la frustración. Obligarme a hacer fotos increíbles asegura mi fracaso. Pero ese fracaso no es fallar la foto perfecta, si no perderme la diversión y curiosidad al fotografiar.
Y las vacaciones fueron el momento perfecto para experimentar y hacer consciente que sí es posible dejar esa idea de la “foto héroe” de lado.
Solía viajar con todo mi equipo fotográfico. 3 lentes, dos cuerpos, varias baterías y algunos filtros. Afortunadamente, hace 4 o 5 años estoy priorizando el viajar liviano. Llevo lo menos posible. Una cámara y uno o dos lentes. Con eso me obligo a trabajar dentro de los límites técnicos y prácticos que me imponga el equipo que cargo en un pequeño y discreto bolso. Seleccionarlo me toma algunos minutos. Lo hago imaginando el día a día, las actividades y posibilidades fotográficas que me encontraré. Hasta el momento, nunca me he arrepentido de llevar uno u otro lente, porque termino adaptándome a el, ajustando la distancia que mantengo con el sujeto a fotografiar. Me adapto. Y en ese proceso de adaptación pasan cosas que nunca escribí, hasta ahora.
Esta vez metí al bolso la Fujifilm XT-4 y dos lentes. Un Fujinon 35mm f2 y un Helios 44-M. Este último fue el que mayor tiempo estuvo puesto en la cámara. Es un lente antiguo, torpe, al que se le cuela la luz de extrañas maneras, lo que lo hace complicadito en escenas a contraluz. La mayor nitidez se encuentra en el centro y es bastante suave a los costados. Ah, y es un lente de enfoque manual. A cambio de estas características, entrega una linda distorsión en forma de espiral en las áreas fuera de foco. Bien manejados, sus colores son poco contrastados y saturados, por lo que las fotos toman una vibra medio análoga.
Cuando comencé a hacer fotos, la mayoría de ellas familiares1, tenía planeado usarlo sólo un rato y que cambiaría pronto al moderno Fujinon. Y no fue así. Persistí con el porque lo estaba pasando bien. Sin pretensiones, estaba disfrutando observar con mayor detención y cuidado, pensando cada foto como si tuviera el límite de 36 exposiciones que imponía el rollo. Si antes llegaba y disparaba porque “luego en Lightroom lo ajusto”, ahora estaba siendo más reflexivo sobre el porqué de la foto y cómo obtener la mejor luz posible en ese momento en particular. Me moví más, pensé los encuadres de antemano y anticipé acciones. Estuve lo suficientemente inmerso en el proceso que decidí que este terminaría en la cámara y no conmigo sentado en un escritorio.
Al trabajo manual y las limitaciones técnicas del lente, sumé aceptar como resultado la imagen jpg que entrega la cámara. Chao con los ajustes posteriores. En la jerga de la foto digital se llama “hacer las fotos en cámara”. A la imagen resultante se le dice SOOC, del inglés Straight Out Of Camera.
También resolví abandonar el modo manual. Este demanda tiempo para configurar la exposición controlando cada una de las tres variables que influyen en ella: velocidad de obturación, apertura del diafragma y sensibilidad del sensor. Dejé el ISO en 600, la velocidad la dejé en automático y controlé sólo la apertura. Gané agilidad y deje más espacio a la curiosidad y la observación.
El experimento fue simple en lo técnico, y se basó en tres elementos: usar un lente de enfoque manual con limitaciones técnicas importantes, hacer las fotos en cámara y salir del modo manual. El desafío real fue ajustar la disposición mental a dejar de lado el archivo RAW, orientar la atención a la observación fotográfica y a resolver en cámara la luz y la composición.
Ver vídeos de YouTube no sirve de nada si no llevo las cosas a la práctica. Más inútil es ver muchos vídeos y no llevar las cosas a la práctica. Con esto quiero decir que el método que utilicé no es nada nuevo. Internet está lleno de tutoriales que lo explican. La lección es interna. Descubrí por experiencia los beneficios que trajo a mi práctica particular. Y ahí está la gracia. En un mundo saturado de información debemos cuidar el balance entre lo que dejamos entrar en nuestra cabeza y lo que somos capaces de hacer con esa información. Aprendemos haciendo, no leyendo. Nuestro cerebro se nutre de experiencias materiales. Es ahí cuando ganamos conocimiento.
La lógica perversa de “épica fotográfica”, afortunadamente no es constante, pero está presente más de lo que me gustaría. Los momentos de lucidez serán más frecuentes si estoy atento a mirarme y ver si lo estoy pasando bien o no.
Cuando dejo de pensar en los resultados y me dejo llevar por la curiosidad, pongo atención al conjunto de fotos, no para juzgarlas si no para calibrar la observación. En vez de un cazador me convierto en recolector. No me intoxico con la autoexigencia. Experimento más, cambio los puntos de vista, salgo del modo manual —muy ligado a lo serio y lo profesional—. Cuando estoy lúcido disfruto profundizar, describir contextos e historias. Dejo de buscar la foto “héroe”. Más fotos lo suficientemente buenas son mejor que una única foto que impresiona pero se olvida rápido. En conjunto, las fotos son capaces de narrar. Una sola foto, aunque sea impecable, termina siendo como ver el póster de una película. Sólo podré imaginar de qué trata.
Descubrí también que si me enfoco en el momento y tomo las decisiones técnicas en la misma cámara, sin pensar en “lo arreglo luego en post”, mi atención al momento se intensifica, mi enfoque es mayor y mi autoexigencia disminuye. Fotografié intuitivamente, sin juicios ni cuestionamientos mentales.
Este proceso incremental de tomar mas fotos, con mas atención a resultados concretos, me permitió disfrutar y aprender. Ajustes pequeños y frecuentes son mas valiosos que un eventual resultado formidable.
Por eso las fotos que incluyo acá no son muchas, ni las más lindas que hice.

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