Uf ha sido bastante tiempo sin escribir. Pero aquí estoy nuevamente y volviendo a enviar estos escritos por correo, cosa que no hice la vez anterior. Y parece que quienes están suscritos sí leen el newsletter, porque las visitas estuvieron bajitas la última vez.
Aquí les comparto la última aventura fotográfica del año pasado.
Mi buena amiga Paulina Cabrera, editora de Amo Santiago, me invitó a participar de su proyecto “Historias y recuerdos de locales comerciales de Santiago” buscando esos testigos silenciosos de un Santiago que cambia, lugares quizás detenidos en el tiempo, pero que nos acompañan hasta hoy y que nos ayudan a hacer memoria.
Cuando se trata de fotografiar personas e indagar en sus actividades, no me puedo resistir. Es un encargo ideal. Esta vez se trataba de entrevistar y retratar a 5 personas y sus respectivos comercios. Paulina contactó a cada persona y organizó toda la agenda para desarrollar la visita durante el mes de diciembre de 2025.
Decidimos que lo mejor sería trabajar en sesiones. Haríamos una visita a cada local por un tiempo acotado y acordado con cada persona. No más de dos horas para evitar distraerlos demasiado tiempo de sus tareas y al mismo tiempo contar con tiempo y espacio necesario para explorar las historias, lugar y sus detalles en una conversación tranquila y cuidada. Paulina se encargaría de hacer la entrevista y yo de las fotografías. Mi propósito era fotografiar tanto el contexto del local como sus detalles únicos, para describir a cada protagonista, el cómo habita el espacio y desarrolla sus tareas. La entrevista de Paulina y el trabajo fotográfico se tradujeron en reels que fueron publicados en Instagram y notas en amosantiago.cl.
Las personas y los locales comerciales que hicieron parte de este trabajo fueron doña Rosa Lara y el Penique Negro, la tienda de filatelia más antigua de la ciudad; don Claudio Burg y la chocolatería Dos Castillos; don Carlos Vivar y la Librería el Cid Campeador; don Pedro Díaz de la sombrerería Donde Golpea el Monito; y como bonus track hicimos un breve registro de la reparadora de calzado “El Griego”.
El reto que me impuse fue conseguir imágenes en un amplio espectro de encuadres, desde planos amplios a detalles que describieran texturas, manos y las sutilezas de la conexión entre los dedos y materiales.
Si bien podría haber resuelto todo sólo con la Fuji X100, cuyo lente permite tomas amplias y también enfocar entre 15 a 10 cm de distancia, tuve que olvidar mi impulso minimalista y llevar mis 4 lentes y la Fuji Xt-4, porque no conocía para nada las condiciones espaciales ni lumínicas de cada lugar. Con los lentes tenía un rango amplio de opciones, desde un 16mm a un 90mm.
Fueron al menos tres medias jornadas de producción fotográfica. Una de las cosas que mas cuidamos fue el tiempo y espacio de las personas con las que trabajaríamos. Si bien teníamos un tiempo tope pre acordado con cada uno, no detuvimos la conversa y dejamos que todo fluyera orgánicamente. Si se trata de indagar en historias hay que dejar el tiempo necesario para que estas fluyan.
Eso me permitió deambular con completa libertad por cada espacio, participar de la conversación y diálogo general. La clave es involucrarse y dejar fluir el genuino interés por el tema. Estar ahí.
Como el 99% del trabajo que he hecho hasta ahora, decidí trabajar sólo con la luz ambiental disponible, tanto natural como artificial. Prefiero integrar la luz como una característica más del contexto, influenciando con “su personalidad” cada registro. Eso me obliga a soltar el control y entender que no todas las fotos necesariamente van a resultar ideales a mi autoexigencia o a lo que imaginé de antemano.
Las personalidades cambian como también los oficios, tareas y movimientos. Por lo tanto cada historia es distinta, unas mas atractivas, románticas, idílicas o frías que otras, pero ahí está la gracia. Aprendí a soltar en ese aspecto también. Obviamente tengo mi registro favorito desde el punto de vista fotográfico, pero cada historia lograda es bella en si misma.
Y trabajar con diferentes personalidades requiere rápidamente “buscar a la persona”, indagar dónde están sus intereses, sus pasiones, sus alegrías. Es clave observar indicios materiales y estar atento al relato oral que se va desarrollando. Y también lo es el reconocer en esos indicios temas donde no hay que meterse, al menos no en la primera visita, como dolores, ideas políticas, pérdidas materiales o humanas.
Entonces siempre existe un factor de incertidumbre si la cosa va a funcionar o no. La cámara intimida y la empatía es clave para entender que no necesariamente es fácil conversar con dos personas que no se conoce y que ingresan al espacio íntimo del local que se habita a diario para indagar sobre historias personales. Hay que desarrollar esa confianza en un breve lapso de tiempo, teniendo como base el genuino interés en el tema. Y conversar con personas mayores en torno a sus trabajos me ha tenido ocupado ya por casi un año. Experiencias previas me ayudaron en esta oportunidad a desarrollar sintonía rápidamente. Y con Paulina, que casualmente nacimos el mismo día y año, trabajamos fluida y orgánicamente, sin interrumpirnos o cruzarnos torpemente. Cada uno sabe exactamente lo que tiene que hacer.
Cada una de estas experiencias deja nuevos aprendizajes, cuestiona cosas asumidas y confirma aspectos que van moldeando mi práctica fotográfica.
Parto por reconocer que, al fotografiar personas en su hábitat, soy un invitado en un espacio de intimidad. Nuestra presencia como investigadores debía ser cuidadosa con no interrumpir ni entorpecer el tiempo y espacio de trabajo de las personas.
Dejar que las historias vayan emergiendo orgánicamente. Acercarse con profundidad a la verdad requiere tiempo y trabajo. No se puede apurar un relato. Toca ser paciente.
Entender que la cámara puede convertirse en un objeto intimidante me ayuda a empatizar con las personas. También me es útil leer los indicios materiales existentes en el lugar. Observar y conversar antes de disparar. No es posible llevar los temas de antemano, estos surgen en el momento. Las pistas que entregan los objetos, sus contenidos, mensajes y significados me ayudan a saber qué preguntar y qué no. De a poco se va construyendo esta sintonía con las personas.
En los aspectos técnicos sigo tranquilo y confiado en que aceptar la luz ambiental (natural o artificial) implica “soltar el control” y dejarse sorprender con los resultados producto de las micro decisiones que se toman cada segundo en el momento. La luz se integra y transmite la “personalidad del lugar”.
Asegurar el cumplimiento de un objetivo en un espacio y tiempo apretados me llevó en este caso a contar con todo mi equipo. Sin embargo creo que contar con todas las alternativas en el lugar no es garante del resultado. Al final terminé utilizando el 90mm el 80% del tiempo y para imágenes puntuales usé el 16mm. Esto confirma mi idea que trabajar con un solo lente me obliga de buena forma a concentrarme en la historia. Ya comencé “la canción” con ese instrumento y prefiero terminarla así. Cambiar ópticas interrumpió el fluir de la observación.
Documentar este tipo de historias requiere la unión de partes a diferentes escalas, desde los planos generales a los detalles de texturas e interacciones. El conjunto hace que la obra cobre valor, más allá si las fotos individualmente son buenas o no. Si bien tengo una política de disparar lo menos posible, debe estar en equilibrio con mirar en todas las escalas posibles.
Soltar la autoexigencia de que todo sea estéticamente perfecto, según las imágenes homogéneas en tendencia y estilo que nos inundan y contaminan hoy. La vida real es diversa y compleja. Hoy más que nunca es necesario observar y comunicar la realidad tal cual es, sin idealizaciones ni manipulaciones.
Gracias por leer.
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