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Querido Draculario · Aug 24, 2026

24 de Agosto

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Marla Hectic · Querido Draculario

CARTA, MINA HARKER A LUCY WESTENRA[1]

Budapest, 24 de Agosto

Mi queridísima Lucy,

Sé que debes de estar ansiosa por oír todo lo que ha pasado desde que nos separamos en la estación de trenes de Whitby. Bueno, querida, llegué a Hull sin ningún problema y tomé el barco para Hamburgo y desde allí fui en tren. Siento que apenas puedo recordar nada del viaje, excepto que sabía que cada vez estaba más cerca de Jonathan y que, al saber que tendría que cuidar de él, debería dormir todo lo que pudiera. Me he encontrado a mi querido, ¡oh!, tan delgado, tan pálido, con un aspecto tan débil… Toda la fuerza y resolución se habían esfumado de esos ojos que tanto quiero y esa dignidad silenciosa de la que tanto te he hablado se había desvanecido. Es tan solo un despojo de lo que una vez fue y no recuerda nada de lo que le ha pasado desde un buen tiempo atrás a ahora. Al menos, eso parece desear creer y no le haría bien que le preguntara. Ha pasado por un shock terrible y tengo miedo de lo que le pueda hacer a su pobre mente el recordarlo. Hermana Agatha, que es de buena naturaleza y enfermera vocacional, me ha dicho que ha despotricado sobre cosas horribles en sus momentos de delirio. Me hubiera gustado que me dijera en qué consistían, pero lo único que hubiera conseguido es enfadarla y que me dijera que jamás me lo iba a decir, que los desvaríos de los enfermos son secretos solo para oídos de Dios y que, si una enfermera (o monja) en su labor los oyera, debería respetar esta discreción.

Agatha posee un alma buena y dulce y al día siguiente, cuando vio que estaba contrariada, volvió a sacar el tema, tras decirme que nunca mencionaría aquello sobre lo que mi pobre amado había despotricado, añadiendo:

–Querida, puedo decirle tanto como que no era sobre nada que él mismo haya hecho mal y que a usted, como su prometida, no le debe causar la menor preocupación. No se ha olvidado de usted o de lo mucho que le debe. Su miedo es hacia cosas grandes y terribles, para las que ningún mortal supone una amenaza.

Creo que su dulce alma creía que podría estar celosa de que mi querido desgraciado hubiera podido enamorarse de otra. ¡Menuda idea, que yo estuviera celosa de Jonathan! Y, sin embargo, querida, déjame susurrarte, sentí un estallido de felicidad cuando supe que ninguna otra mujer era la causa del problema. Ahora me encuentro sentada a su lado, desde donde puedo ver su cara mientras duerme. ¡Se está despertando!

Cuando se ha despertado ha preguntado por su abrigo, pues quería sacar algo de su bolsillo. Le he preguntado a la Hermana Agatha por él y ha traído todas sus cosas. He visto que entre ellas estaba su cuaderno y le iba a pedir que me dejara leerlo (pues sabía que podría encontrar en él alguna pista sobre de dónde venían sus problemas), pero supuse que leyó en mis ojos este deseo, pues me pidió que me marchase hacia la ventana, diciendo que deseaba estar solo un momento. Cuando me llamó de vuelta y me acerqué, tenía una mano sobre el cuaderno y me dijo, con gran solemnidad:

–Wilhelmina –supe que lo que me fuera a decir iba a ser de lo más serio y sincero, pues no usaba mi nombre entero desde que me pidió en matrimonio–, sabes, querida, lo que opino de la confianza entre marido y mujer: no debe haber secreto alguno, nada que se guarde el uno del otro. He pasado por una situación extremadamente traumática, y, cuando trato de pensar en ello, la cabeza me da vueltas, y no sé si fue todo real o los sueños de un loco. Sabes que he tenido fiebres muy fuertes y que eso es típico de los locos. El secreto está aquí y no quiero saberlo. Quiero retomar mi vida aquí, con nuestro matrimonio. –Pues, querida, habíamos decidido casarnos tan pronto como las formalidades de su confinamiento terminaran–. ¿Deseas, Wilhelmina, compartir mi ignorancia? Aquí está el libro. Tómalo y guárdalo, léelo si así lo deseas, pero nunca me dejes saber lo que este oculta; a no ser, por supuesto, que algún solemne deber caiga sobre mí y me haga tener que rememorar aquellas agrias horas, despierto o dormido, sano o loco, que aquí están grabadas. –Se dejó caer hacia atrás, agotado, y puse el cuaderno bajo su almohada y le besé. Le he pedido a la Hermana Agatha que suplique a la Hermana Superiora para que permita que nuestro matrimonio sea esta misma tarde y estoy esperando su respuesta…

Ha vuelto y me ha dicho que el capellán de la iglesia misionera inglesa ha sido requerido. Estaremos casados en una hora, o tan pronto como Jonathan se despierte…

Lucy, el momento ha llegado y pasado. Me siento muy solemne, pero muy, pero que muy feliz. Jonathan se despertó hace poco más de una hora y todo estaba listo, y se sentó en la cama, bien colocado gracias a varios cojines. Ha respondido con su «Sí, quiero» con firmeza y seguridad. Yo apenas podía hablar; con mi corazón tan pleno que incluso esas palabras parecían ahogarme. Las hermanas han sido muy amables. A Dios le pido, que nunca, jamás, me olvide de ellas, ni de lo serias y dulces que han sido con sus responsabilidades. Lo he convertido en un compromiso a cumplir.

Debo hablarte de mi regalo de bodas. Cuando el capellán y las hermanas nos han dejado a mi marido y a mí a solas (oh, Lucy, esta es la primera vez que he escrito las palabras «mi marido»), he cogido el cuaderno de debajo de su almohada, lo he envuelto en papel blanco, atado este con un lazo de un azul pálido que llevaba al cuello y lo he sellado sobre el nudo con cera; para el sello he usado mi anillo de casada. Después, lo he besado y se lo he mostrado a mi marido, le he dicho que lo guardaría y, así, se convertiría en un claro y visible signo de que confiamos el uno en el otro durante toda nuestra vida, y que jamás lo abriría a no ser que fuera por su propio bien o por el bien de algún deber inalienable. Entonces, él ha tomado el libro de mis manos a las suyas y, oh, Lucy, esta ha sido la primera vez que ha tomado las manos de su esposa y me ha dicho que es el mejor detalle que podía haber podido tener y que volvería a pasar por todo su pasado otra vez solo para llegar a este momento, si fuera necesario. El pobre se debía de referir a «toda esa parte de su pasado», pero no puede discernir bien el paso del tiempo todavía y no debo sorprenderme de que confunda no solo los meses, incluso los años.

Bien, mi querida, ¿qué podría haber dicho? Tan solo podía decirle que era la mujer más feliz en el mundo entero y de que no tenía nada que darle salvo mi propia persona, mi vida y mi confianza, y que con estas venía mi amor y deber hacia él por todos los días de mi vida. Y, querida, cuando me besó y atrajo hacia así con sus pobres y débiles manos, pareció que estuviéramos contrayendo un solemne juramento entre ambos.

Lucy querida, ¿sabes por qué te cuento todo esto? No solo porque es todo muy dulce para mí, sino también porque tú has sido, y sigues siendo, muy querida para mí. Ha sido mi privilegio ser tu amiga y guía cuando llegaste desde las aulas para prepararte para la vida. Quiero que me veas ahora y, con los ojos de una mujer muy feliz, allá donde el deber me ha llevado para que así en tu propia vida de casada puedas ser también tan feliz como yo. Mi querida, a Dios Bendito le pido, que tu vida sea todo lo que promete puede llegar a ser: un largo día de verano, con ningún viento violento, sin deber olvidado, ni tipo alguno de desconfianza. Debo desearte ausencia de dolor, pues este nunca debe estar presente, pues espero que tú siempre seas tan feliz como yo lo soy justo ahora. Ay Dios, mi querida, Jonathan se está levantando… ¡Debo atender a mi marido!

Tu siempre amante,

MINA HARKER

[1] Soy una moñas, pero por favor, escuchaos esta versión de One Hand, One Heart mientras lo leéis

Read the original on queridodraculario.substack.com

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