DIARIO DEL DOCTOR SEWARD
23 de Agosto
«Lo inesperado siempre acaba ocurriendo». Qué buen conocedor de la Vida era Disraeli[1]. Nuestro pájaro, tras encontrar su jaula abierta, no voló; así que todas nuestras sutiles preparaciones fueron para nada. En cualquier caso, hemos probado algo: los esporádicos periodos de tranquilidad duran un tiempo razonable. Deberíamos de ahora en adelante aflojar sus ataduras unas pocas horas al día. He dado órdenes al asistente de noche para simplemente dejarle encerrado en el cuarto acolchado, una vez esté calmado, hasta una hora antes del amanecer. La destrozada alma dentro de su cuerpo podrá así disfrutar de cierto alivio incluso si su mente no puede apreciarlo. ¡Maldita sea! ¡Qué sorpresa! Me acaban de llamar; el paciente ha vuelto a huir.
Más tarde
Otra ajetreada noche. Renfield ha esperado elegantemente hasta que el asistente ha entrado a inspeccionar. Entonces, ha corrido, dejándolo detrás y apresurándose por el pasaje. He ordenado a los asistentes que le siguieran. De nuevo, ha vuelto a los terrenos de la casa desierta y le hemos encontrado en el mismo sitio, apoyado contra la vieja puerta de la capilla. Cuando me ha visto se ha puesto hecho una furia y, de no haber sido por mis asistentes agarrándolo a tiempo, hubiera tratado de matarme. Mientras le estábamos sujetando, ocurrió algo muy extraño. De golpe, él redobló sus esfuerzos para, a continuación, volver a un estado de calma. Miré en mi entorno por puro instinto, pero allí no había nada ni nadie más que ser visto. Entonces, decidí seguir la mirada de mi paciente casi por instinto, pero no pude ver absolutamente nada en el cielo iluminado por la Luna salvo un gran murciélago, que estaba batiendo sus alas en silencio mientras se dirigía casi como si de un fantasma se tratara. Los murciélagos suelen volar en círculos aleatorios, sin rumbo fijo. Sin embargo, este se movía con gran determinación, como si supiera exactamente a dónde debía ir, o tuviera sus propios planes. El paciente estaba más calmado a cada instante que pasaba y dijo allí mismo:
–No necesita usted atarme; ¡marcharé en calma! –Volvimos sin mayor problema. Siento que hay algo ominoso en su tranquilidad y que no debo olvidar esta noche…
[1] Lord inglés, dos veces Primer Ministro de Reino Unido a lo largo del Siglo XIX.

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