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Querido Draculario · Aug 11, 2026

11 de Agosto

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Marla Hectic · Querido Draculario

DIARIO DE MINA MURRAY

11 de Agosto, 3AM

Otra vez escribiendo aquí. No puedo dormir, así que, ya que estoy, escribiré. Estoy demasiado nerviosa para dormir. Hemos tenido tal aventura, una experiencia tan angustiosa… Me dormí tan pronto como hube cerrado mi diario. De golpe, me he despertado y sentado, completamente despejada, con un horrible temor sobrecogiéndome y sensación de vacío en torno a mí. El cuarto estaba oscuro, así que no podía ver la cama de Lucy, por lo que lo he atravesado para tratar de sentirla con mis manos. Su cama estaba vacía. He encendido una cerilla, descubriendo que no estaba en el cuarto. La puerta estaba cerrada, pero no con llave, tal y como yo la había dejado. Temía despertar a su madre, que ha estado aún peor de salud que de costumbre, así que me he puesto lo primero he encontrado y preparado para ir a buscarla. Conforme estaba saliendo, he caído en la cuenta de que sus ropas podrían servirme de pista sobre hacia donde sus sueños la conducían. Camisón podría significar quedarse en casa; vestido, marcharse fuera. Tanto el camisón como el vestido estaban en su sitio.

–Gracias a Dios –he dicho para mí misma –, no puede haberse ido lejos; solo lleva la camisola interior.

He corrido escaleras abajo y la he buscado en la salita de estar. ¡No estaba! Luego he mirado en los otros cuartos sin cerrar de la casa, con un temor creciendo en mi interior, helando mi corazón. Finalmente bajé a la puerta principal, para encontrarla abierta. No en su totalidad, pero el cerrojo no estaba bien echado. Los trabajadores del hogar eran muy cuidadosos a la hora de cerrar la puerta cada noche, así que deduje con dolor que Lucy se había marchado con lo puesto. No había tiempo para pensar en qué podría pasar; un vago, subyugante miedo dejaba cualquier otro detalle relegado. Tomé un gran y pesado mantón y me apresuré fuera. El reloj acababa de dar la una de la madrugada conforme me adentraba en Crescent, y no se veía ni a un alma. Corrí a lo largo de North Terrace, pero no vi ni rastro de la figura blanca tras la que andaba. En el borde mismo de West Cliff, sobre el embarcadero, dirigí mi mirada a través de todo el puerto de East Cliff, con la esperanza o miedo (no tengo claro cuál) de ver a Lucy en nuestro sitio favorito. Había una luna llena bien brillante, cubierta parcialmente por grandes y oscuras nubes, que hacían que toda la escena tuviera el aspecto de una maqueta bañada a partes iguales por luces y sombras, conforme los barcos navegaban a través del paisaje. Durante un momento no pude ver nada, pues la sombra de una nube tapaba la Iglesia de Santa María y todo en torno a la misma. Entonces, conforme la nube se marchaba, pude ver las ruinas de la abadía y los agudos rayos de luz incidieron con la certeza de un buen esgrimista, y la iglesia y el cementerio comenzaron a hacerse visibles gradualmente. Lo que sea que esperaba, no me vi decepcionada, pues allí, en nuestro sitio predilecto, la luz plateada de la Luna caía directamente sobre una figura medio inclinada, blanca como la nieve. La llegada de la siguiente nube fue demasiado rápida para que pudiera ver más, pues las sombras acabaron con toda iluminación casi inmediatamente; pero me dio la impresión de que había algo oscuro detrás del asiento donde la figura blanca había estado reluciendo y me incliné en su dirección. Lo que fuera que fuese, sea hombre o bestia, no pude determinarlo; no esperé a poder echarle una segunda ojeada. En su lugar, bajé apresuradamente los empinados escalones del embarcadero y a través del mercado de pescado hasta el puente, que era el único camino para llegar hasta East Cliff. El pueblo parecía muerto, pues ni un alma se podía ver; me regocijé en ello, porque no quería que nadie viera la condición en la que se encontraba Lucy. Tiempo y distancia parecían infinitos, mis rodillas temblaban y mi respiración era entrecortada, conforme terminaba de atravesar los interminables escalones hasta la abadía. Debí de haber avanzado demasiado rápido y, sin embargo, sentía mis pies pesados como rocas y me daba la sensación de que todas las articulaciones de mi cuerpo estaban agarrotadas. Cuando estaba a punto de llegar a la cumbre volví a ver el asiento y la figura blanca, pues estaba lo bastante cerca para distinguirla incluso a través del hechizo creado por la niebla. Había algo allí, sin lugar a dudas, largo y negro, inclinado sobre la figura blanca medio reclinada. Grité con pánico: « ¡LUCY! ¡LUCY!» y aquello alzó una cabeza, y desde donde estaba pude ver un rostro pálido e incandescentes ojos rojos. Lucy no me respondió, así que corrí a la entrada del cementerio. Conforme entraba, con la iglesia entre el asiento y yo misma, la perdí de vista por un minuto. Cuando recuperé la visión de nuevo, la nube ya se había marchado y la luz lunar se reflejaba tan brillante que podía ver a Lucy medio reclinada con su cabeza depositada sobre el respaldo del banco. Parecía estar sola, pues no había rastro alguno de ningún otro ente viviente en los alrededores.

Cuando me incliné sobre ella pude ver que seguía dormida. Sus labios estaban cuarteados y estaba respirando; no con su delicadeza habitual, pero con largas y pesadas bocanas, como si quisiera llegar a su máxima capacidad con cada respiración. Conforme me acercaba, puso su mano dormida en alto y se ciñó el collar de su camisola entorno a su cuello. Coloqué el cálido mantón sobre ella y me cercioré de que sus bordes estuvieran bien aprisionados contra su cuerpo, con especial cuidado en torno al cuello, pues temía que cogiera algún catarro mortal por culpa del aire nocturno, destemplada como estaba. Temí despertarla de golpe; así que, para tener mis manos libres para poder ayudarla, até el mantón en torno a su cuello con un broche de seguridad, pero debí de ser torpe por culpa de mi nerviosismo y pincharle o pellizcarle con él, pues, en cuanto su respiración se volvió más discreta, se llevó una mano a la garganta y gimió. Cuando estuve segura de tenerla bien abrigada, le puse mis zapatos y comencé a despertarla con delicadeza. Al principio pareció no responder, pero, gradualmente, se empezó a remover más y más en sueños, gimiendo y ocasionalmente suspirando. Finalmente, al notar el tiempo pasar rápidamente y, por muchas otras razones, empecé a desear llevarla directamente a casa, así que la azucé con más fuerza, hasta que acabó por abrir sus ojos al despertarse. No parecía sorprendida de verme pues, por supuesto, no se dio cuenta en un primer momento de donde estaba. Lucy siempre está hermosa al despertarse e, incluso en un tiempo como aquel, cuando su cuerpo había estado sometido a un frío terrible, con su mente paralizada por despertar abruptamente en un cementerio de noche, no perdió su gracia. Tembló un poco y se asió a mí con fuerza; cuando le dije que viniera conmigo inmediatamente a casa, se levantó sin mediar palabra, con la obediencia de un niño. Conforme íbamos avanzando, la gravilla iba hiriendo mis pies y Lucy se dio cuenta de que estaba entrecerrando los ojos continuamente. Se paró y trató de insistir en que me pusiera mis zapatos, pero me negué. Sin embargo, cuando llegamos al paseo fuera del cementerio, había un charco de agua, remanente de la tormenta, y embadurné mis pies en barro, usando cada pie para untar el contrario. Así, al llegar a casa, nadie, en caso de encontrarnos con alguien, se daría cuenta de que iba descalza.

La fortuna se mostró favorable con nosotras y llegamos a casa sin cruzarnos con un alma. Vimos a un hombre, que no parecía precisamente sobrio, atravesando la calle frente a nosotras; pero nos escondimos en un portal hasta que hubo desaparecido por un callejón como los hay por aquí -empinados, pequeños y angostos-, que en Escocia llaman «wynds». Mi corazón estaba latiendo tan fuerte todo el tiempo que creía por momentos que me iba a desmayar. Me llenaba una ansiedad dirigida hacia Lucy, pues no se trataba tan sólo de su salud, ni de que más tarde sufriera por la exposición, sino también de su reputación en caso de que la historia pasara de boca en boca. Cuando entramos, y hube lavado nuestros pies, y rezado juntas con gratitud, la metí en la cama. Antes de dormirse me pidió, puede que incluso suplicara, que no le dijera nada a nadie, ni siquiera a su madre, sobre su aventura sonámbula. Dudé al principio en prometérselo, pero al pensar en el estado de salud de su madre, y como el saber esto la podría afectar, y pensando, también, en cómo una historia así puede distorsionarse… No, como sin duda alguna se distorsionaría en caso de que alguien más la oyera, decidí que lo más sabio era el mantener el silencio. Espero haber hecho lo correcto. He cerrado la puerta y la llave está atada a mi muñeca, así que, quizás, no vuelva a ser molestada. Lucy duerme profundamente; el reflejo del alba se puede ver ya reflejado sobre el mar…

Mismo día, al mediodía

Todo va bien. Lucy ha dormido bien hasta que la he despertado y no parece haberse movido un milímetro del sitio. La aventura de la noche no parece haberle hecho daño; al contrario, le ha beneficiado, pues tiene mejor aspecto del que ha tenido en muchas semanas. Me ha dolido el darme cuenta de que mi torpeza con el broche de seguridad la ha herido. De hecho, podría haber sido serio, pues la piel de su cuello está perforada. Debí de pinchar en un fragmento de piel desnudo y atravesado el mismo, pues tiene dos pequeños puntos rojos que parecen de aguja y en la parte superior de su camisola hay una gota de sangre. Cuando me he disculpado y mostrado preocupada sobre ello, se ha reído y me ha acariciado, juguetona, y dicho que ni lo siente. Por fortuna, no va a dejar marca, al ser tan pequeño.

Mismo día, de noche

Hemos pasado un día feliz. El aire era fresco y el sol brillaba, con una brisa fresca acompañando. Hemos comido en Mulgrave Woods, la Señora Westenra ha ido en coche por la carretera mientras Lucy y yo caminábamos por el camino del acantilado para unirnos a ella en la puerta. Me sentía un poco triste, pues no puedo lograr sentirme feliz en total plenitud sin Jonathan junto a mí. ¡Más, sin embargo! Debo ser paciente. Por la tarde hemos paseado por Casino Terrace y escuchado buena música de Spohr y Mackenzie[1], para finalmente echarnos a la cama pronto. Lucy parecía más descansada de lo que lo ha parecido en mucho tiempo y se durmió rápidamente. Debo cerrar la puerta y asegurar la llave como antes, aunque no espero ningún problema hoy.

[1] Compositores de música clásica, que se solía interpretar en salones / bares con cierta etiqueta, clase social, etc.

Read the original on queridodraculario.substack.com

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