Este verano ha sido tan relajado como estresante fue el resto del año.
Ayer le decía a Gonzalo que no me podía creer lo diferente que se siente la experiencia de habitar mi cuerpo comparado con cómo me encontraba hace unos meses.
Recuerdo llamar a una amiga y decirle que no creía que pudiese soportar este nivel de actividad por mucho más:
Las obras, la suciedad, el ruido, la falta de espacio para trabajar, lidiando con un millón de imprevistos; los gastos, las exigencias de un proyecto que no paraba de crecer, los niños demandando a cada minuto del día, cero capacidad de atenderme a mí misma.
Le conté al teléfono que me encontraba mal y me dijo que probablemente me mereciera la pena al final.
Que aguantara, que no pasaba nada, que el cuerpo sabe cómo lidiar con picos puntuales de estrés, que la vida a veces esto y no pasa nada.
Es una sabia mi amiga: llevaba mucha razón.
Lo lógico es que haga falta esforzarse a lo grande para conseguir grandes cosas y, sin embargo, la narrativa es a menudo otra.
Pero aquí estoy:
Con la tensión por los suelos mientras la blonda de la sombrilla ondea y deja ver cuñas del azul del cielo que barre con sus ramas la jacaranda.
Yo no quiero una vida que me exija poco.
Quiero una vida que me devuelva muchísimo por lo mucho que estoy dispuesta a dar.
Y para eso hay una habilidad que cambia todas las demás:
Aprender a vender.
Vender más y más.
Ofrecer valor y saber comunicarlo para luego recibirlo tú… multiplicado por diez.
Te cuento todo el día 25 aquí:
Con amor,
MF

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