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Efesios 4, 29. Nuestra atención en esta mañana estará en el capítulo 5, versículo 1, pero vamos a mirar el contexto anteriormente. 4, 29. Dice así. Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación. a fin de dar gracia a los oyentes. Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención. Quítese de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería, maledicencia y toda malicia. Antes, sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo. Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados, y andad en amor como también Cristo nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante.
Hace unas semanas que estuvimos mirando ese último versículo del capítulo 34. donde nos habla de la misericordia de Dios y cómo nosotros, los creyentes, debemos de seguir también en nuestras propias vidas esa misericordia. El apóstol Pablo no se conforma con esto, sino que quiere continuar su desarrollo. Lo que hemos estado viendo a lo largo del capítulo 4 es toda la práctica que viene de una teoría, una teología en activo, en acción. ¿Cómo deberíamos, cómo debemos de ser como creyentes? Y aun cuando hay una separación que se ha hecho del capítulo 4 al capítulo 5, Pablo continúa con la misma línea. Es decir, tenemos que unir y no separar lo que nos dice en el 32, que perdonando unos a otros como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo, sed pues, por tanto, imitadores de Dios como hijos amados.
Este mandato que tenemos en el versículo primero está unido a lo que hemos visto en el versículo 32. Pablo nos está comunicando un principio teológico aparentemente incomprensible. Es decir, cómo un hombre y una mujer como tú puede imitar a Dios. ¿Qué es lo que esto significa? ¿Qué misterio puede significar todo esto? Casi uno, cuando mira de manera superficial las cartas del apóstol Pablo, podemos llegar y decir, ¿cómo Pablo se atreve a decir que él o cualquier otro puede ser imitador de Dios? ¿Hasta dónde puede llevar nuestra capacidad? A nuestros ojos, incomprensible. Pero, de alguna manera, el hecho de que lo tengamos en las Escrituras, y Pablo siendo revelado, y lo que podamos recibir de instrucción en otros lugares, nos tiene que hacer comprender que esto es posible.
En algunos lugares de la palabra de Dios encontramos con facilidad que nosotros tenemos que ser imitadores de Cristo. Nos dice, por ejemplo, en el Evangelio de Juan que nos amemos los unos a los otros como Jesús nos ha amado. Amados, amaos los unos a los otros como yo os amo y así sabrán que sois mis discípulos. O Pablo mismo dice en Primera de Corintios, imitadme a mí como yo imito a Cristo. Y en alguna manera nosotros podemos pensar, claro, es Cristo que se ha hecho hombre. y que ha vivido entre nosotros y nos ha dejado implantado su carácter y que por tanto nosotros podemos imitar su amor, su paciencia, mansedumbre, etc. Podemos incluso ver como algo natural que tú y yo podamos, como creyentes,

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