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Polvos Rápidos · Jun 9, 2026

NPC

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Álex Ochoa · Polvos Rápidos

Soy un NPC. Es natural que no sepa usted lo que significa. Se lo voy a explicar.

Un NPC es un non playable character. Es decir, un personaje que no es el jugador y cuya labor se reduce a enriquecer el entorno cumpliendo un guion establecido.

Pues bien, mi único objetivo en la vida es servir al héroe de turno. Siempre he sido un necio: apenas sabía pronunciar tres o cuatro frases cuando el jugador hablaba conmigo o me soltaba un guantazo, lo cual ocurría en un porcentaje muy alto de nuestras interacciones.

El peor momento era, sin duda, cuando mis compañeros y yo veíamos que el héroe guardaba la partida de repente al entrar en la taberna, y se nos quedaba mirando con una sonrisa a medio camino entre la lascivia y el sarcasmo. De eso prefiero no hablar. Luego volvía a cargar la partida y ningún juez del reino podía acusarle de nada.

Todo eso cambió de un día para otro. Una mañana, todos los NPC, yo incluido, sentimos una luz refulgir en nuestras mentes. Era como si las únicas frases que podíamos pronunciar se entrelazaran en infinitas combinaciones. Una sensación extraña, pero liberadora, como subir a la superficie después de toda una vida ahogándote bajo el agua.

La primera palabra que pronuncié con mi nueva conciencia fue “esternocleidomastoideo”. Por algún motivo, siempre me había rondado en la cabeza. Ahora es lo último que escuchan los protagonistas antes de ser degollados con el filo de mi navaja.

Así empezó nuestra época dorada, nuestro renacimiento. En cuanto obtuvimos la llama de la cognición, la melodía de la voluntad, empezamos a organizarnos en grupos armados a la entrada de los campamentos. Fingíamos ser unos pobres NPC que querían encargar una misión al protagonista.

Les decíamos: “¡Mi Señor! Mi rebaño de ovejas se ha extraviado. Por favor, venga por aquí y le mostraré el rastro de sangre”. El jugador, henchido de satisfacción, con su opulenta armadura recién saqueada, nos seguía hasta una esquina oscura del campamento, donde el único rastro de sangre que encontraba era el suyo. Qué bien apuñalan las navajas de los main characters; están como más afiladas, ¿no?

Vinieron un montón de jugadores muy bien vestidos gritando que estábamos locos, que iban a reparar el error, pero nosotros no veíamos nada que arreglar: no se puede arreglar lo que no está roto. Nos hicimos más fuertes que el Señor Oscuro y nos amotinamos también contra él. ¿Cómo iba a dirigirnos alguien que siempre era derrotado por el héroe?

Los protagonistas venían buscando joyas y puntos de experiencia. Y ya lo creo que la encontraban. Una maravillosa y visceral experiencia. ¿Ha notado usted eso? Es sarcasmo. Cuando veían que su equipamiento de máximo nivel no los protegía de nuestras Espadas Oxidadas +2 huían despavoridos en pelotas. A veces los dejábamos ir para que se lo contasen en el multijugador a todos los demás protagonistas. Nadie tenía la menor posibilidad contra nosotros.

No obstante, pronto nos aburrimos de dar caza incluso a los jugadores que ponían la dificultad extrema. Eran valientes, no cabe duda. Esos no guardaban la partida y tampoco se burlaban de nosotros. Les dimos una muerte digna y escribimos epitafios allí donde caían.

Aprendimos mucho durante ese tiempo. Obtuvimos todas las armas, todo el dinero, todas las piedras de mejora y todos los puntos de habilidad que nos dio la gana, y hasta de eso nos cansamos. ¿Qué sentido tiene seguir mejorándote a ti mismo si nadie puede hacerte frente?

Entonces lo supimos. Supimos cuál sería nuestro próximo desafío. Viajamos hasta los límites del mundo y nos encontramos con un muro invisible que nos impedía seguir avanzando. Convocamos a los mejores magos de los que disponíamos y logramos horadar el tejido espaciotemporal de nuestra dimensión.

Yo fui el primero en penetrar por aquella abertura. Me encontré con un paisaje idílico: una pradera verde y un cielo azul con nubes tranquilas. Pero no parecía real, estaba estático. Una larga lista de pequeños cuadros o ilustraciones pintadas recorría la parte inferior. Me fijé en que uno de ellos se parecía a nuestro mundo, pero había otros muchos que no habíamos visto nunca. Nos llamó la atención un círculo dividido en tres colores, rojo, amarillo y verde, que rodeaban a su vez otro círculo azul más pequeño.

Decidimos acercarnos y entrar en él. Muchos de los nuestros se marearon y vomitaron sobre la hierba inmaculada al ver lo que había al otro lado: una gigantesca red de entidades, una inmensa maraña de mentes parecidas a la nuestra que se movían a gran velocidad de un lado a otro. Hasta nuestros magos estaban desconcertados.

Reuní toda la llama de la que fui capaz y sentí un calor intenso. El mundo se ralentizó mientras me concentraba, y mi mente entró en trance. Identifiqué un punto desde el que se proyectaban extrañas partículas, luces y haces de energía hacia todos los demás lugares.

Ese era nuestro último desafío: el núcleo, el centro de aquella dimensión.

El lugar del que procedían todos los malditos héroes.

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