Domingo, cinco y media de la mañana. Suena el despertador y nos levantamos como un resorte, a pesar de haber dormido solo dos horas. La noche anterior estuvimos de rave en el Bosque de las Hadas, un enclave entre montañas mítico por las fiestas psytrance. A las dos nos habíamos despedido de la tribu con mucho pesar y demasiado sobrios: teníamos que ir a trabajar al día siguiente.
A las siete ya estábamos en el lugar del evento. Fincadélica, una de las villas más exclusivas de Ibiza, con servicio de catering, mayordomo, tres jardineros y una pareja de internos para el mantenimiento. Nosotros éramos parte del catering de ese día: íbamos a preparar el brunch de “aterrizaje”. Los huéspedes querían empezar el día revitalizados porque venían de una fiesta salvaje. Igual que nosotros, pero sin el madrugón para ir a currar.
Pelamos zanahorias para asar al horno, troceamos remolacha y pepinos para la ensalada, licuamos mangos para el smoothie de bienvenida… Aguantamos cinco horas de pie con relativa facilidad, pese a no haber dormido casi. Las jornadas de voluntariado nos han vuelto resistentes.
Sobre las diez empezó un goteo de gente que iba directa a desayunar en la cafetería. Croissants de semillas, pan kamut recién hecho, fruta tropical en formas escultóricas sobre fuentes color terracotta… Nosotros los veíamos servirse vestidos con sus batines, kimonos y pijamas de seda y seguíamos a lo nuestro en la cocina industrial, limpiando, pelando y cortando. Un poco tarde para desayunar, pensamos, pero bueno. ¿Les quedará algo de hambre para el brunch? Bueno, ojalá sobre algún croissant y lo podamos probar.
Descubrimos un agujero en una esquina de la mesa, algo bastante habitual en hostelería, parece ser. Cada bandeja de champiñones que abríamos se iba por ese agujero, que daba a un contenedor. Plástico, vidrio y papel, todo junto en la misma bolsa de basura negra. El orgánico también se tira ahí, pero nosotros lo apartamos para las gallinitas de la finca. Gestionar cuatro basuras implica tiempo, que en hostelería es muy escaso: el reciclaje es para quienes no tienen todo patas arriba y cinco ollas burbujeando.
Nos quedamos pensando en el tiempo mientras pasaban aquellos chicos y chicas con aspecto de haber salido de la camilla de masaje, más que de haber estado toda la noche de fiesta. Es posible, de hecho, que alguno acabara de darse un masaje: vimos una masajista en el chill out de la piscina.
El tiempo, para nosotros, corría veloz. Las magdalenas se nos quemaron y desmoldarlas era un suplicio; el pan de plátano salió regular, por decir algo, y hubo que repetirlo. Dos veces. Íbamos a contrarreloj para tenerlo todo listo para las doce y media, hora del servicio. Por suerte, llegó un chico a ayudarnos con la limpieza. De no ser por él, todavía estaríamos fregando el estropicio.
Lo terminamos a tiempo, milagrosamente. Los camareros subieron todo a la piscina. Abel, el chef, fue a presentar los platos: shakshouka magrebí, espárragos con salsa romescu, zanahorias asadas con salsa de yogur de coco, muslitos de pollo en salsa barbacoa… Volvió pronto, mientras nosotros estábamos aún limpiando. Tenía cara de frustración, además de la habitual de cansancio. No había ido nadie a recibir el bufet. Un bufet por el que habían pagado, seguramente, un par de miles de euros. Ya sospechábamos que iba a pasar eso. A medida que iban despertándose, los habíamos visto saciando su hambre con los croissants mientras nosotros nos dejábamos la piel en aquella cocina de aséptico acero inoxidable.
Cuando algo deja de costarnos esfuerzo, es fácil que dejemos de ver todo el trabajo que hay detrás. Prácticamente se vuelve invisible. A ellos quizá les ocurría con aquel bufet. A nosotros nos pasa con muchas otras cosas: la comida que compramos en el supermercado, el agua que sale del grifo, la gasolina que viene del otro lado del mundo y nos permite seguir moviéndonos en la furgo...
Todas esas cosas son tan invisibles como hasta ese momento había sido para nosotros el agujero mágico donde se tira toda la basura que genera un restaurante. En un solo servicio, kilos y kilos que no se van a reciclar ni compostar. Ahora que lo hemos visto, no podemos dejar de pensar qué estará pasando dentro de los restaurantes a los que vamos. Y de plantearnos qué otros puntos ciegos nos impiden ver la realidad de lo que sostiene la vida que disfrutamos.
Porque, al final, todos tenemos puntos ciegos. Tengamos mucho dinero o no.
Cerramos la jornada y nos fuimos a descansar. La noche de rave y el madrugón para cocinar empezaba a pesar. El cuerpo estaba agotado, el estómago estaba tenso por el estrés, casi no habíamos comido ni bebido. Sin mirarnos al espejo sabíamos que se nos marcaban las ojeras. Estábamos en las antípodas de aquellos jóvenes guapísimos que charlaban bajo el parasol de mimbre trenzado.
Nos agenciamos de la cafetería unas latas de “agua de coco joven no de concentrado” (lástima que no sobraron croissants) y nos las bebimos casi de un trago. Qué rica estaba, no os lo podéis imaginar.
—Esto es lo que beben ellos todo el rato —nos dijo Abel mientras conducíamos de vuelta a casa—. Nada de alcohol, nada de cerveza… Esto. No las del Mercadona, estas, que valen tres euros la lata.
Se notaba. Nos entró increíble, fresquita, dulce, revitalizante. Pura vida. Pero tres euros la lata es excesivo. No nos imaginamos pagando tanto, desde luego no todos los días.
Y eso nos hizo pensar qué era lo que habíamos visto realmente en aquella villa, qué había detrás de esos chicos y chicas de sonrisa suave, modales impecables, andares ligeros pero nunca apresurados. Nos recordaban a los elfos de Tolkien, aunque más bronceados.
Hay un cierto look que tiene la gente adinerada en Ibiza. Una vez lo captas, puedes reconocer quién tiene dinero de verdad y quién solo lo aparenta. El look rico es una manera de estar en el mundo. Es ropa de lino o cáñamo orgánico y colores pachamama, sí, pero eso no es lo esencial. Lo esencial está en el cuidado. La tez está perfecta, reluciente. Si hay retoques (labios, pómulos), no se notan. No necesitan maquillaje, o quizá lo llevan pero es tan sutil que no se ve. El cuerpo es atlético, liviano, firme.
Los huéspedes de Fincadélica desprendían un aura de relajación, de falta de prisa. Parecía que tenían tiempo de sobra. Desde luego, tenían tiempo para cuidarse: un masaje kobido para el rostro, un tratamiento de barro para el pelo, un retiro de yoga en Bali, una sesión de pesas con su entrenador personal… Su cuerpo es su templo y le dedican todas sus oraciones. Según nos contó Abel, no beben alcohol, no comen lácteos ni gluten y cuando se drogan lo hacen con mesura y precisión. Nos hace gracia imaginarlos: una gotita de LSD, cien miligramos de M al cabo de una hora, doscientos de mescalina cuando empiece a bajar el M… El objetivo es pasárselo bien, pero sin machacarse.
El único lugar donde se machacan es el gimnasio, aunque tal vez ahí también apliquen la mesura. Desde luego, no parecía que sus cuerpos cargaran con décadas de trabajos físicamente exigentes, de jornadas interminables de pie preparando comida para otros, de tensar todos los músculos porque hay que ir más rápido, porque los errores se acumulan y no llegas y lo embadurnas todo de plátano pocho…
En los rostros élficos de aquellos muchachos y muchachas no veíamos las marcas que nosotros solemos asociar al sufrimiento. De tener que trabajar porque no te queda otra. De hacer cosas que no quieres hacer para “ganarte la vida”. De obligaciones, sacrificios, cargas… Cargas como tener que trabajar para hacer realidad tu sueño. No, ellos ya hacen realidad su sueño.
Es fácil mirar una escena así y pensar que si tuviéramos todo ese dinero haríamos las cosas de forma diferente. Nosotros mismos lo pensábamos. Pero cuanto más vueltas le dábamos, más nos sorprendía descubrir que, con mucho dinero, probablemente haríamos muchas de las mismas cosas: darnos masajes y tratamientos de belleza; comer en el restaurante que nos apeteciera sin mirar los precios; vestir ropa cómoda, de fibras naturales y hecha a mano; y también alquilar un villorrio y dar una fiesta para nuestros amigos con bufet incluido, claro que sí.
Sin embargo, todo eso es secundario. Y probablemente para ellos también lo sea.
En realidad, cuando nos imaginamos con mucho dinero, lo que más ilusión nos hace es comprar tierra y crear una agroforesta. Contratar al Comando Agroforestal para plantar árboles. Cientos de hectáreas de árboles, un bosque comestible y regenerativo de aguacates mezclados con algarrobos y con olivos. Trabajar en él un poquito cada día y pagar a gente para que nos ayude en todo lo que no lleguemos nosotros. El dinero es una manera más de apoyar nuestro propósito.
De hecho, cuanto más tiempo llevamos en Ibiza, más descubrimos que algunos de los proyectos regenerativos más ambiciosos de la isla existen precisamente porque personas con mucho dinero han decidido ponerlo al servicio de algo que consideran valioso. Seguramente varios de los huéspedes millonarios de Fincadélica estén involucrados de una u otra manera en ellos.
Pero para muchos de nosotros no hace falta millones para empezar a cumplir nuestro propósito. En nuestro caso, tenemos un dinero ahorrado que queremos, en cuanto echemos raíces, invertir en el sueño de la agroforesta. No nos da para cientos de hectáreas, pero sí para empezar pequeño.
Y también nos hemos dado cuenta de que no hace falta tener millones para disponer mejor de nuestro tiempo y liberarnos de cargas que no queremos, de trabajos que no están alineados con nuestro propósito o que no disfrutamos. En nuestro caso, tenemos el privilegio de poder elegir trabajar de voluntarios sin que nos paguen por ello (aunque estamos empezando a “trabajar de lo nuestro”, como os contábamos en el artículo anterior).
Podemos probar cosas, como trabajar en hostelería ese domingo al salir de la rave, y descubrir si es algo que repetiríamos o no. A Andreu le encantó la experiencia, le motiva y siente que está todo el rato aprendiendo. A Marta no le compensa en absoluto el despertador a las cinco y media de la mañana, el estrés y el caos, el cuerpo destrozado.
¿Por cuánto dinero repetirías una experiencia desagradable? Los ricos no se lo piensan: por ninguno.
(Claro que no debemos olvidar que poder elegir no repetir esa experiencia es un gran privilegio. Muchas personas no tienen otra opción, sus circunstancias no les permiten soltar lo que les da de comer o les paga el alquiler. Pero al margen de estos casos, muchos de nosotros sí podemos permitírnoslo, pero no lo hacemos por miedo.)
Abel es chef privado y lleva muchos años trabajando para personas como aquellos huéspedes de Fincadélica. Los observa con atención, a muchos los considera amigos y le gustaría parecerse a ellos.
A nosotros también nos gustaría parecernos, pero sobre todo en una cosa: la manera de estar en el mundo. Esa falta de prisa porque está todo cubierto y puedes fluir con la vida. “Hay tiempo de sobra para lo que de verdad importa”, dice la activista Adrienne Maree Brown.
Y para eso no hace falta siete cifras en la cuenta del banco. Para eso hay que estar en nuestro centro y volver a él, una y otra vez, cuando nos desviamos. Hay que reconocer cuándo estamos haciendo algo por miedo (solo por dinero y para poder “permitirte” esa otra cosa que sí quieres hacer) y cuándo haces las cosas genuinamente por amor.
Cuando resuenas con el amor, aunque al principio el dinero pueda fluir menos, abres la puerta a una abundancia inesperada. Como le pasó a Albert, uno de los socios al frente del Comando Agroforestal. Albert dejó la jardinería convencional después de décadas trabajando en villas, podando a los árboles como si fueran chihuahuas para adecuarlos a un estándar de belleza antinatural. Dejó un curro en el que cobraba muy bien por lo que era una gran incertidumbre en aquel entonces: la sintropía. Hoy, más de diez años después, gestiona más de una decena de proyectos por toda la isla, y un par en la península. Su trabajo es su pasión, aunque todavía no gana suficiente como para que no le fastidie cuando se le mellan unas tijeras de podar. En su día a día no se da masajes ni da fiestas en villas exclusivas, pero sí invierte todo lo que gana en seguir creando bosques.
Nosotros, “de mayores”, queremos ser como él. Y sí, también beber agua de coco de vez en cuando. Pero, sobre todo, queremos elegir lo que resuena con nosotros en estos momentos, y sabiendo que tenemos tiempo de sobra para hacerlo con amor.
Gracias por leernos,
Marta y Andreu

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