Uno de los últimos recuerdos que tenemos de Ibiza es de nuestra cala casi privada cerca de Pou d’es Lleó. Privada porque muy poca gente la conoce, y casi porque siempre nos encontrábamos allí a un viejo pescador que echaba la tarde encorvado sobre su periódico sin buscar conversación con nadie. Un hombre que había trabajado duro toda su vida, nos imaginábamos, y que se merecía esas tardes de sombra y brisa.
Aquel día, además del viejo pescador, en la cala estábamos Carmen, Josefina, Gaia, Marco, Sol, Claudia, Joshua y nosotros. Josefina y Gaia jugaban a dar volteretas en el agua mientras Joshua les hacía fotos con su Minolta SRT-303b analógica. Carmen y Sol se bañaban en medio metro de agua caldosa, y el resto dormitábamos sobre el colchón blando de la posidonia seca. Para merendar, una bandeja de medialunas argentinas, con el doble de mantequilla y azúcar que un cruasán estándar. Pasamos la bola que se nos había quedado en la garganta con unos quintos de Turia.
Era un miércoles, un día cualquiera. Por la mañana habíamos madrugado para estar a las siete en el campo, y al día siguiente los demás madrugarían igual. Nosotros, que cogeríamos el ferry, ya no. Era nuestro último día y nos habíamos juntado para despedirnos, aunque en realidad encuentros como aquel ocurrían casi a diario, sin necesidad de ninguna excusa.
Lo que recordamos de ese último día es, sobre todo, la sensación de estar vivos. La posidonia nos abrazaba con su tibieza. Las medialunas se derretían en la lengua. Las conversaciones saltaban de una receta a otra, invocando los dulces de nuestras abuelas argentinas, españolas e italianas. Las aletas nos convertían, por unos minutos, en delfines. El agua de coco sabía a verano concentrado. Era el placer porque sí, sin culpa y sin justificaciones. El placer del descanso merecido tras una dura jornada de trabajo.
“Dura jornada de trabajo”. La frase se desliza sola de la lengua. Igual que “descanso merecido”. Pero hay algo en esa idea que nos incomoda. ¿Haber trabajado duro nos hace más merecedores de ese descanso en la playa? ¿El placer solo es aceptable como recompensa de nuestras labores? ¿Solo podemos obtener el pan con el sudor de nuestra frente?
La escena del baño en Pou contrasta con aquella mañana replantando las lechugas que se habían zampado los conejos. Nos habíamos levantado a las cinco y media para trabajar a la fresca, la pala entraba fácil en la tierra húmeda y nuestras manos acomodaban cada lechuguita en su hueco, deseándole suerte en su nueva vida. Delante de nosotros, otro equipo iba desherbando, jugando a ver quién sacaba la raíz más larga. Era un trabajo repetitivo, y lo repetitivo nos acunaba en un trance placentero. Se nos pasaron las cuatro horas volando. Hasta nos dio tiempo a hacernos alguna foto tonta.
Estos días en Valencia, cuando los amigos y la familia nos preguntaban por Ibiza, se quedaban sobre todo con esa imagen de la cala, como si allí se hubiera concentrado todo el placer de Ibiza y el resto del tiempo hubiera sido solo calor, madrugones y dolor de lumbares: condiciones necesarias para la recompensa posterior.
Y sí, todo eso lo hubo. Hacía calor cuando metíamos una lechuga tras otra en tierra, y la espalda quería estirarse, y la garganta reclamaba agua fresca… pero no se sentía como un sacrificio, y al terminar cada línea nos sentíamos pletóricos. El trabajo puede ser duro y placentero al mismo tiempo.
O también puede no ser duro en absoluto, como cuando nos dedicamos a deshojar carretillas y carretillas de albahacas para hacer pesto. Sentados a la sombra de una melia y hablando de las recetas de las abuelas italianas, pródigas en aceite donde las españolas lo son en azúcar. La comida es un tema recurrente entre los que cultivamos alimentos.
Nos cuesta imaginar, como sociedad, trabajo y placer juntos. Y no hablamos del placer del resultado (del dinero, del objetivo alcanzado, del estatus o del cosquilleo de completar una tarea), sino del placer del proceso. De disfrutar de lo que hacemos mientras lo hacemos.
Cuando nos imaginamos esa conjugación mítica de placer y trabajo, solemos asociarla a precariedad: artistas que pintan en una buhardilla desvencijada, músicos que cobran un bolo sí y otro no, creativos que viven con sus padres. Como si solo unos pocos privilegiados, los que llenan estadios, pudieran disfrutar de lo que hacen y vivir bien.
Para el resto de los mortales, parece como si el trabajo tuviera que ir por un lado y el placer por el otro. Por eso está tan arraigada la idea de que tenemos que sufrir para obtener nuestra merecida recompensa. El placer te lo tienes que ganar. Ir a la playa está reservado para los que han trabajado duro antes.
Pero ¿y si fuera al revés? ¿Y si en vez de compensar un sacrificio, el placer fuera la energía que nos impulsa y nos sostiene?
En sintropía hablamos de que cada miembro del ecosistema cumple su función movido por el placer interno: las abejas buscan néctar y polen, los hongos comen madera y excrementos, las aves picotean fruta, los lobos cazan herbívoros… porque todo eso les produce satisfacción y, simultáneamente, es lo que el ecosistema necesita. Las abejas polinizan, los hongos descomponen, las aves dispersan semillas, los lobos regulan poblaciones…
Esto, aplicado al ser humano, se vería así: los artistas crean porque les da placer y porque el arte alimenta las almas de quienes lo contemplan; los arquitectos diseñan porque les da placer y porque necesitamos cobijos bellos y funcionales; los médicos sanan porque les da placer y porque hay personas que necesitan ser cuidadas; los agroforesteros manejamos bosques porque nos da placer y porque las personas necesitan alimento.
¿Y qué pasa entonces con todas esas personas que no disfrutan con su trabajo? Algo que conocemos demasiado bien: es lo normal bajo el paradigma actual. Muchos de nuestros amigos viven esa situación: teletrabajan programando para corporaciones gigantes a las que solo les importa que la app salga rápido; hacen música para videojuegos sometidos a jornadas de 16 horas porque la fecha de lanzamiento se les viene encima; trabajan en un centro comercial los findes porque lo suyo no les da dinero; ponen copas en discotecas de lujo pero querrían hacer joyería artesanal; estudian una oposición solo porque necesitan estabilidad.
Poder disfrutar de lo que hacemos, como disfruta la abeja de recoger polen, debería ser lo normal, pero en esta sociedad todavía es algo raro. Tan raro que a veces hasta nos genera culpa cuando tenemos la suerte de poder hacerlo.
Y es que tanta gente a la que queremos lleva una vida agotadora, estresante y alejada de su sueño que a nosotros nos cuesta compartir abiertamente nuestra satisfacción. Nos escondemos detrás de las excusas habituales: “Sí, pero nos teníamos que levantar a las cinco de la mañana…”, “Estamos morenitos, pero no es de la playa, ¿eh? Mira la marca de la camiseta”.
La tendencia a justificarnos es fuerte. Algo dentro de nosotros todavía quiere demostrar que se merece ese placer, que ha habido un esfuerzo detrás. Como el pescador en la cala de Pou se merece descansar después de toda una vida trabajando.
Pero el merecimiento es una cuestión espinosa. Para nosotros, el merecimiento ya no tiene sentido. Todos tenemos derecho a una vida que se sienta plena, aunque nuestras circunstancias sean distintas, una concatenación de decisiones (certeras o erradas), de golpes de suerte (o de desgracia) y de karma (para quienes creemos que él) que nos llevan a estar hoy aquí.
Nos viene el recuerdo lejano de nuestras madres cuando nos miraban con el ceño fruncido, señalándonos el plato de hervido a medio terminar. “Piensa en los niños del África y cómetelo todo”, una frase que, por lo visto, comparten todas las madres mediterráneas. Probablemente las africanas tengan su propia versión.
Esos niños del África que habrían devorado esas zanahorias cocidas tenían unas circunstancias muy diferentes a las nuestras, niños occidentales atiborrados a Cola Cao y magdalenas. Debíamos ser conscientes de nuestra buena fortuna y acabarnos el plato.
Nuestra buena fortuna, la de entonces y la de ahora, no debería hacernos sentir culpables, sino agradecidos. La buena fortuna está para que la aprovechemos y hagamos algo bueno con ella, extrayendo todo su jugo, disfrutando todo el placer que pueda darnos, y compartiendo lo que podamos.
Porque tenemos la total convicción de que el placer natural de hacer lo que amamos es una fuerza mucho más poderosa que el sacrificio impuesto en pos de un bien mayor, siempre aplazado en el futuro. Ese sacrificio, tantas veces, solo alimenta a la Máquina.
Recordamos la sonrisa de Carmen al sacar kilos y kilos de remolachas de la tierra. El movimiento de caderas de Viva bailando samba debajo del algarrobo. El ruido de la desbrozadora de Albert hasta las diez de la noche. Pato cargando una carretilla tras otra con sus músculos alimentados a base de manzanas con tabasco. Mariana cebando su mate y diciendo “¡A por otro día!” cuando los demás aún nos estábamos quitando las legañas.
Personas felices, movidas por el placer interno de estar cumpliendo su función en el ecosistema.
La doctrina del sacrificio nos dice que hay que trabajar duro (y sufrir) para obtener lo que queremos (y disfrutar). Este programa mental es una de las raíces de la enorme infelicidad, frustración y alienación que atraviesan nuestra sociedad.
Cuando vivimos atrapados por fechas de entrega, jefes que no conocen nuestro trabajo, objetivos trimestrales marcados por fondos de inversión… hay un péndulo en nuestro interior que oscila con fuerza hacia el otro extremo y busca compensación con enfermedades, adicciones o entregándonos a cualquiera de las vías de escape que nos ofrece el sistema: comprar cosas brillantes que no necesitamos, comer procesados en vez de alimentos reales, dilapidar todos nuestros ahorros en las vacaciones…
Y algo dentro de nosotros nos dice que todos esos excesos nos los merecemos porque hemos trabajado duro. Y tiene razón, en cierto sentido. Nos merecemos el placer: sí. Pero no porque hayamos trabajado duro, no porque hayamos sufrido. Nos lo merecemos porque el placer es la energía de la vida y nuestro derecho inalienable. El problema es que hoy en día obtenemos un placer pobre y efímero de cosas que acaban siendo dañinas para la sociedad, para el planeta y para nosotros mismos.
Esta compensación (unas gotas de placer concentrado para reparar meses de sufrimiento) no funciona. Volvemos de las vacaciones para enfrentarnos a lo mismo de siempre. Nos sacrificamos un día tras otro y la recompensa no llega, o cuando lo hace se siente vacía, y nos deja un poso de resquemor.
Tenemos que dejar de buscar el placer en el lugar equivocado.
Pero ¿y si no tenemos elección? ¿Y si nos atan un trabajo que no nos gusta y las obligaciones contraídas?
El otro día, nuestro amigo Javi nos contaba —a gritos, por encima del ruido del bar donde estábamos esmorçant— que ha empezado a escribir un libro. Por las noches, cuando las niñas y su mujer duermen. En vez de meterse en redes sociales como hacía antes y tirar ese precioso tiempo, ahora escribe. Sin pretensiones, sin un plan, solo para contar lo que él llama “sus cagadas”. Hace años un amigo y él tenían un programa de radio en el que hacían reportajes de noticias de las que nadie hablaba, para una audiencia de unos pocos cientos, en su mayoría transportistas que encendían la radio de madrugada. Aquella fuente de placer se secó, y ahora, entre las obligaciones del trabajo y de la familia, solo le queda ese ratito entre las diez y las once de la noche para entregarse a su creatividad.
Pero en esas obligaciones también puede haber, y hay, muchísimo placer, cuando estamos presentes en ellas. Para Javi, jugar con Inés a ser el lobo feroz que se come a la abuelita, o con Rosa a perseguir el sonajero, es uno de los mayores placeres de su vida. Lo único que necesita es permitirse saborearlo.
(Pero no pensamos ingenuamente que cualquier trabajo u obligación pueda volverse placentero por arte de magia. Nos planteamos por qué hemos normalizado como sociedad que tantas personas pasen la mayor parte de su vida haciendo algo que las vacía.)
Sean cuales sean nuestras circunstancias, todos tenemos el mismo derecho a entregarnos al placer de cumplir nuestra función. Un placer más profundo y genuino que los sucedáneos que nos ofrece la sociedad de consumo.
Y cada uno de nosotros que reclamamos este derecho inspiramos al resto a soltar la culpa y a hacer lo mismo, a permitirnos tumbarnos sobre esa cala tapizada de posidonia y hablar de las recetas de nuestras abuelas, y a disfrutar plantando, podando, escribiendo, cocinando… o lo que sea que hemos sido llamados a hacer.
No tenemos que esperar a jubilarnos para disfrutar de la vida, como el viejo pescador que bajaba todos los días a su cala casi privada de Pou d’es Lleó (casi porque a veces estábamos nosotros). Estamos seguros de que ese hombre se gozó cada uno de sus días saliendo al mar, igual que nosotros plantando lechuguitas, cargando carretillas y podando las frondosas acacias.
Gracias por leernos,
Andreu y Marta

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