Durante siglos, las identidades parecían relativamente sencillas. Un egipcio representaba a Egipto, un griego a Grecia, un inglés a Inglaterra. Compartían religión, costumbres, símbolos y relatos comunes. Al leer la historia, tendemos a imaginar sociedades cohesionadas donde la pertenencia a un grupo definía gran parte de la personalidad individual. No imagino un egipcio esclavo cargando piedras diciendo “qué ganas de veranear en Atenas e integrar la ensalada griega a mi dieta mediterránea”
Sin embargo, especialmente desde los años sesenta, comenzaron a surgir nuevas tribus culturales, sociales y políticas. La libertad individual permitió que cada persona construyera su propia combinación de valores, gustos y causas. Hoy podemos sentirnos parte de múltiples comunidades al mismo tiempo: profesionales, deportivas, culturales, tecnológicas o ideológicas, sin que ninguna de ellas nos defina por completo. De hecho, podemos ser de casi todas un poco.
La paradoja aparece cuando descubrimos que nuestras elecciones no siempre son coherentes entre sí. Podemos defender la sostenibilidad mientras compramos productos de empresas con prácticas discutibles. Podemos apoyar a un equipo, una marca o una causa sin identificarnos plenamente con todo lo que representan. Incluso un partido político. Elegimos atributos de distintas tribus y, al hacerlo, construimos identidades cada vez más complejas y, en ocasiones, contradictorias.
Me entristece la gente que defiende a muerte una elección aunque haya cosas que no comparta. Imagino que es porque si le encuentra fisuras, eso conlleva debilidad y como buenos animales sociales, esos cavernícolas imaginan que si muestran dudas, otros les comerán. Y qué equivocados están.
Ante esta realidad de “quiero sentirme seguro ante tanta incertidumbre” algunos sienten la tentación de regresar a modelos más rígidos y ortodoxos de pertenencia, donde las fronteras entre grupos eran más claras, más aburridas y que provocaban sin duda, más guerras.
A lo mejor si estuviéramos totalmente mezclados no habría odios. ¿A quién vas a odiar si al menos todos compartimos algo en común?
Pero la pregunta es si realmente podemos volver atrás. El mundo actual es una mezcla constante de influencias, culturas e ideas. La diversidad de experiencias ha enriquecido nuestras posibilidades de elección, aunque también ha multiplicado nuestras paradojas internas.
Tengo un amigo que no puede con Elon Musk, le irrita y el otro día me dijo que se había comprado un Tesla. No entendí nada, pero él tampoco. Puede ser que esto ya no vaya de entender sino de ir hacia adelante.
El problema no radica en sumar atributos a nuestra personalidad que tomamos prestados y hacemos nuestros de casi infinidad de entes, el problema es convivir con las paradojas de las elecciones de nuestras nuevas formas de ser. Paradojas que se eliminan en el momento que sonreímos al sentir que forman parte de nosotros y que somos así.
Quizá el desafío del presente no sea eliminar las paradojas, sino aprender a convivir con ellas.
Aceptar que la identidad humana es imperfecta, cambiante y llena de matices es la nueva Odisea.
Para mí, la diversidad es preciosa y los totalitarismos no tienen cabida en un mundo cada vez más rico, inclusivo y mezclado. No necesitamos encajar perfectamente en una única tribu; tal vez la verdadera libertad consista precisamente en construir, revisar y reconstruir quiénes somos a lo largo de la vida y saber tomarnos cafés no solo con gente diferente a nosotros si no con nosotros mismos aplaudiendo nuestras paradojas eternas.

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