Las flores de mi jardín
Han de ser mis enfermeras
—Violeta Parra
Siempre tuve la sospecha de que esto era mucho más que un newsletter para mí. Cuando me encontré con el concepto de jardines digitales pude, por fin, comprender su naturaleza: un pequeño territorio fértil. Fue como cambiarme de lentes para entender y criticar lo que estoy haciendo en este universo paralelo. Las redes sociales, con su ADN clavado en la inmediatez, no están diseñadas para acumular conocimiento a lo largo del tiempo. Un jardín necesariamente impone otros ritmos: es un espacio donde los elementos perduran más tiempo, un lugar donde puedo permitirme ir juntando esas cosas que me llaman la atención con la intención que se enriquezcan a sí mismas y entre sí. La fecha de publicación se vuelve bastante irrelevante, porque lo que lo estructura son las uniones entre las ideas. El tipo de conexiones que me enamoraron del Encarta 98: esa capacidad de saltar de tema en tema de manera aparentemente aleatoria y sin embargo profundamente conectada, en vez de presumir espejitos brillantes en un timeline efímero.
Los jardines digitales podrían definirse como herramientas para aprender aunque el término les queda un poco corto. Quizás lo que mejor los defina sea la palabra medio, en términos de ámbito, entorno o hábitat. Cualquier interfaz crea un contexto inmersivo en el cual los usuarios son inducidos a pensar de determinada manera. Estoy escribiendo esto en Google Docs, que me propone pensar bajo una lógica que Excel no me permite y viceversa. Armar un hábitat nuevo expande nuestras propias capacidades cognitivas porque, al no tener un fin específico, este tipo de espacios nos permiten experimentar sin la preocupación de estar equivocados. Dado que por definición se adapta a lo que quien lo cultiva quiera que suceda en él, las posibilidades expresivas que nos brinda son prácticamente infinitas.
La invención de herramientas para el pensamiento como la escritura o la imprenta surgieron de una experimentación abierta, sin objetivos claros. Como Matuschak y Nielsen bien mencionan, incluso las computadoras surgieron de una exploración que hoy en día sería considerada ridículamente especulativa y mal definida en el mundo tecnológico. Lo que quiero hacer al traer estas palabras es recordarme que ser genuinamente curiosa sin ningún objetivo concreto es muy valioso aunque esté a contramano de la cultura orientada a objetivos de Silicon Valley.
Es un ejercicio de retroalimentación que se da al aprender haciendo. El jardín es un proceso, no un resultado. La práctica de recolección, cuidado y multiplicación de eso que me interpela se ve algo así como agregar colores a mi paleta antes de ponerme a pintar. No es lo mismo lograr algo con un lápiz negro que con una caja completa de acuarelas, y aunque la herramienta no hace al maestro, poder guardar todos estos recursos en un solo lugar me permite encontrar relaciones invisibles entre todo lo que me llama la atención. Lo que me resulta más interesante son justamente los espacios en blanco entre el contenido, las ideas que se despliegan entre lo que está vivo.
Todo esto se conecta con la manera de estudiar que nos propone el Atlas Mnemosyne de Aby Warburg. Es un método de investigación que busca detectar relaciones poco evidentes entre imágenes. No se trata de elegir, resumir o linealizar, sino de desplegar la profundidad estratificada de los archivos. Las disposiciones de imágenes de los paneles de Warburg no representaban un punto final porque la interpretación es siempre permutable y es en su perpetua combinación donde el conocimiento se construye. Un rizoma infinito.
A su vez, esto me lleva a pensar en Sontag cuando menciona que en el aprendizaje del arte hemos aprendido a separar la «forma» del «contenido» y esto habilitó la posibilidad de considerar esencial el contenido y accesoria la forma en detrimento de la calidad de lo que se produce en la actualidad. Lo que elijo recolectar importa tanto como la manera en que decido acomodarlo en ese espacio, porque de ello depende cuán evidentes se vuelven esos hilos invisibles. Para armar un medio propicio para que mis pensamientos florezcan necesito tener ambas cosas en cuenta. Me tomo la parte de la emoción y la belleza muy en serio: la forma de mi jardín es muy importante para mí, si no sería un Excel. Mi escritura misma es un medio, ver cuánto avancé en estos años jugando con las letras me llena de alegría. También todos mis conocimientos de diseño al servicio de mi propio sistema: la satisfacción que me da elegir las tipografías, la navegación, el universo visual. Sin buscarlo activamente, todo esto hizo que al menos una vez por semana alguien dedique un ratito de su tiempo a compartirme algo con alguna variación de la frase «esto es re vos». Este refugio es un reflejo de mi identidad.
Al ser una práctica que se sostiene en la constancia y no en la búsqueda de la viralización no siento la presión de entender lo que estoy haciendo ni de publicar con inmediatez. Me permite contradecirme. Me permite dudar, pararme en la pregunta y no en la respuesta. No hay versión final. Tampoco tengo que reducir mi experiencia y complejidad a una versión de 240 caracteres o a un minuto de video. Todo cambia con las estaciones, puedo sembrar, podar, incluso arrancar algo y eso, con el tiempo, habilita impredecibles cambios y por ende nuevos caminos e interpretaciones. Cultivar un jardín digital no tiene que ver con la herramienta que lo sostiene. Nació en Mailchimp, ahora está en Substack, vaya a saber dónde va a seguir existiendo el día de mañana. No es la tecnología lo que importa, lo que me resulta imprescindible es percibir mi comportamiento en internet desde un lugar radicalmente distinto.
Entiendo por qué empezaron a gustarme más los blogs que Wikipedia en su momento. Cuando alguien te narra algo, incluso si el tema no es de tu interés, empatizas con la experiencia emocional de aprendizaje de alguien más. Hoy me resulta obvio que las personas de las que más aprendí fueron aquellas que no podían evitar compartir sus obsesiones personales. En un mundo que nos empuja todo el tiempo a ser más productivos, me sorprendí al darme cuenta que lo que vuelve valioso a Parsimonia es justamente haber construido un espacio para mí misma, con mis propias reglas, por fuera de las expectativas de los demás. Lo que importa acá es hacer cosas por el placer de hacerlas, de meter las manos en la tierra y ver qué pasa.
Poder dedicar mi tiempo a cultivar este espacio me hace reflexionar sobre las condiciones materiales que disfruto y que permiten que esto suceda. Me siento identificada con Virginia Woolf cuando escribe «sé que no se puede pensar bien, amar bien, dormir bien, si no se ha comido bien. Yo nada he hecho para merecer este tiempo libre, pero no hago mucho por el mundo si lo ocupo en renegar de mis privilegios». No puedo cambiar el sistema en que vivimos, pero materializar un espacio a contramano de lo que las redes sociales proponen es mi manera de resistencia: me permite probar el punto de que hay maneras distintas de hacer las cosas. Incluso si las semillas que planto son mis experiencias, fugaces y personales, entiendo que registrar mi punto de vista como mujer del sur global tiene valor. Soy consciente de mis propios marcos de referencia y sé que compartirlos para otro pueda ver el mundo con mi perspectiva es útil para alejarnos aunque sea por un instante de la mirada tácita de un hombre blanco hetero cis del norte global.
Todas las condiciones de la vida moderna se complotan para anestesiar nuestras facultades sensoriales. Utilizar Parsimonia como un medio de reflexión sobre mis experiencias me obliga a recuperar mis sentidos. Tratar de comprender en profundidad algo me lleva a ver más, a escuchar más, a sentir más. Hilar palabra tras palabra me ayuda a generar un contexto y un tiempo para saborear mi propia existencia. Parafraseando a Woolf, hacer esto, incluso en la oscuridad, vale la pena: el mundo no le pide a la gente que escriba poemas, novelas e historias, no los necesita. Si algo sale a la luz, a pesar de todo eso, es un milagro.
Entiendo entonces que mi jardín digital puede ser un espacio personal donde aprender en compañía, ensayar, errar y acertar. Poder cultivarlo de manera abierta, hacer un picnic e invitar a quienes quieran a compartir unos mates en el pasto me motiva aún más a cuidarlo con esmero. Virginia también dice que las obras no son nacimientos únicos y solitarios, son el resultado de muchos años de pensar en común. Yo no puedo negar que este espacio es un acontecimiento colectivo: la mayoría de las cosas de las que escribo llegan a mi por medio de quienes me acompañan en esta aventura.
Quizás por eso en mi recuento de logros personales Parsimonia tenía tanto peso: era un jardín florido, como los que Monet nos regaló en su momento. Es mi búsqueda humilde de recolectar belleza en este mundo lleno de ruido y dolor. Soy consciente de que este ejercicio no va a disminuir la violencia pero me alegra saber que hay un rincón amable en Internet donde puedo ser feliz.
Siento que los ensayos de todas estas mujeres tienen eso en común: cuando hablan del propio cuerpo y la propia vida lo hacen para aceptar la propia pequeñez. No para engrandecerse, sino para mostrarse frágiles, pero ante todo falibles, obreras de la pregunta más que protagonistas.
— Tamara Tenembaum (2025). Un millón de cuartos propios.
Buenas buenas, ¿cómo estás?
Bueno, por fin se termina este ensayo larguísimo y volvemos a los chismes sobre mi vida, no? Cuando salí de terapia me obsesioné con entender qué hacía de Parsimonia algo tan esencial en mi vida. Creo que mas allá de todo el palabrerío hay una respuesta bien corta: lo amo. Tan simple como eso.
Pero también quiero compartirte el detrás de escena que me llevó a escribir este choclo de tecnología y sensibilidad. Sol Talin, amiga y creadora de Imprenta Minúscula, es una de las principales razones de que este texto exista. Le agradezco inmensamente por empujarme a escribirlo el año pasado. Ella me hizo estas tres preguntas al empezar, te comparto mis respuestas:
¿Por qué este ensayo tiene que existir?
Porque tengo la hipótesis de que usar internet con nuevas metáforas nos permite hacernos cargo de incorporar nuevos comportamientos de manera consciente.
Porque las maneras en que se nos impone el uso de internet bajo la dinámica de las redes sociales son dañinas, para la sociedad y para nuestra salud mental.
Porque estoy convencida que el “remedio” no es dejar de existir digitalmente (literalmente no se puede) sino usar internet bajo otra lógica.
Porque vivimos en una sociedad que premia los resultados antes que los procesos.
Porque cada vez tenemos menos recursos de atención para sostener los procesos.
Porque mostrar un “work in progress” o dudar son comportamientos contra hegemónicos.
Porque construirse una herramienta propia no para ser productivo, sino para tener un registro de las exploraciones intelectuales, va en contra del sistema.
Porque hay que revalorizar el placer de hacer las cosas por el hecho de hacerlas y ya.
Porque vale la pena crear más de lo que consumimos.
Porque es necesario tener un cuarto y 500 libras para construir estas herramientas propias.
Porque es aún más complejo siendo mujer del sur global.
Porque por eso mismo es aún más valioso sumar estas voces.
Porque estoy dispuesta a desechar todas estas hipótesis si la investigación lo contradice.
¿Por qué lo tengo que escribir yo?
Porque tengo un alma sensible y al mismo tiempo un know-how de tecnología.
Porque me interesa mucho y desde hace mucho tiempo.
Porque estoy dispuesta a investigar, a ponerle el cuerpo a las preguntas.
Porque me importa y pienso hacerme cargo de lo que digo.
¿Por qué alguien lo leería? ¿Qué ofrece?
Porque entre tanto cryptobro e influencers, un acercamiento sensible y meditado a nuestro quehacer digital puede resultar interesante.
Porque más gente puede estar preguntándose cómo usar internet sin que internet la coma viva.
También conté con la ayuda de mis amigas y amigos que leyeron los borradores y me dejaron comentarios espectaculares:
Me pone feliz haber atravesado el proceso de escribir de manera un poco más académica, casi casi que me tenés anotada a algún master en cualquier momento. Mentira, que ya estoy en mi propia Facultad by Maquita™ entre tanto curso y taller. Aprovecho la ocasión para dejar por acá el nuevo link al jardín de Parsimonia. Es un website que estoy construyendo con ayuda de Claude Code (la claudia, entre nos).
En un par de semanas nos reencontramos con la programación habitual que como sabemos es siempre una sorpresa, como la vida misma.
Te mando un abrazo inmenso. Nunca doy por hecho que dediques un rato de tu día a darte una vuelta por esta mini selva que se me ocurrió cultivar,
Maca
Última parte de la bibliografía:
Andy Matuschak and Michael Nielsen (2019), How can we develop transformative tools for thought?
Shawn Wang (2018), Learn In Public
Maggie Appleton (2020), A Brief History & Ethos of the Digital Garden
Huberman (2009), La imagen superviviente
Virginia Woolf (1928), A Room of One’s Own
Tamara Tenembaum (2025). Un millón de cuartos propios.
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