Fue el ruido del mundo entrando sin invitación a un momento lleno de belleza. Fue un momento lleno de belleza recordándome que hay más cosas en el mundo, además del ruido.
—Mariana Matija (2023). Niñapájaroglaciar.
No sabía muy bien qué hacer cuando terminé de estudiar diseño. Empecé a trabajar en lo que la industria de la tecnología define como diseñadora de experiencia de usuario o UX Designer si nos ponemos cipayos. Mi rol consistía en diseñar las pantallas necesarias para que el usuario transite el camino del punto A al punto B de la mejor manera posible. Podía vislumbrar cómo algunas de mis decisiones a nivel pixel repercutía en la vida real, fuera de la pantalla. Eso me abrumaba. Padecía la idea de pensarme como un engranaje más de una máquina con la que no compartía valores ni intereses. Por ese entonces empecé a leer newsletters que se parecían bastante a los blogs que amaba en mi adolescencia. Esas cartas por mail me proponían un ritmo de lectura que sentía más amable que la locura de las redes sociales. Envío a envío sentía que conocía un poco más a la persona que los escribía y me permitía examinar el mundo con otros lentes por un rato, contrastar esa mirada con mi perspectiva de las cosas.
Comencé a aprender sobre Interacción Humano Computadora en una Diplomatura de UTN que me abrió los ojos y muchísimas puertas. La cosa es que ahí me contaron que Xerox, la compañía de las fotocopiadoras, ya sabía que estaría en problemas cuando el papel fuera reemplazado por las pantallas y en 1970 pusieron a un equipo de investigación a idear la oficina del futuro. Las computadoras de ese momento eran muy complejas de utilizar: imaginate una caja inmensa que mostraba números o letras y un teclado. Nada más. Ni siquiera un mouse. Xerox sabía, al igual hoy que ChatGPT o Claude, que la batalla de la adopción de usuarios a gran escala la iba a ganar quien descubriera el mejor puente entre el paradigma del pasado y el del futuro.
Alan Key y su equipo de investigación tuvieron la idea, más bien epifanía, de trasladar el esquema de un escritorio físico a la interfaz de la computadora para facilitar su comprensión y uso. Los papeles pasaron a ser archivos que se pueden guardar en carpetas, incluso tenes un basurero para las cosas que no necesitas más. La carga cognitiva de usar una calculadora digital que tiene exactamente la misma forma en el mundo real es tan baja que lo naturalizamos instantáneamente. Brillante. La mayoría de las interfaces con las que interactuamos son representaciones de objetos que cumplen ese mismo objetivo fuera de la pantalla, aunque hayan caído en desuso, como el correo para enviar cartas en vez de un email.
Cuando entendí esto empecé a ver una grieta de luz entre tanta oscuridad. Aprendí que como usuaria no interactúo con los productos digitales por su forma o función sino por lo que estas herramientas significan para mí. Como diseñadora, entonces, tengo la posibilidad de promover ciertos comportamientos (y debilitar otros) a partir de las metáforas que uso para conceptualizar mi relación con la pantalla. Esto me permite imaginar un futuro deseable y encontrar alguna manera de hacerlo realidad. En este baile la experimentación es ineludible: necesito construir algo, un prototipo, y ver cómo funciona en el mundo real. A partir de eso puedo evaluarlo y mejorarlo: pensamos mientras hacemos. Muchas veces no podemos explicar muy bien qué estamos haciendo, pero es lo que nos permite innovar. Un arte que reside en la práctica constante: la obra es siempre sobra del proceso.
En 2021, después de años leyendo cartas de otras personas, decidí empezar mi propio newsletter. Elegí Parsimonia como nombre para recordarme el ritmo que quería que tuviera ese espacio para mí, a contracorriente de todo lo que pasaba a mi alrededor. No sabía muy bien a dónde iba a llegar con todo esto pero sabía que la única manera que tenía de descubrirlo era haciéndolo.
Si bien este espacio nació como un newsletter, su forma no condicionó su contenido. Siempre fue atemporal y caprichoso: cualquier excusa me es válida para compartir lo que me hace brillar los ojos. Siempre escribí para mí misma, como si guardara cosas para no olvidarme de la belleza del mundo en mis momentos más oscuros.
No siempre sale a tiempo y poco me importan las métricas de apertura o la cantidad de suscriptores. Nunca pagué publicidad para promocionarlo. Probablemente porque es un juego, porque no estoy buscando un rédito económico, nunca me sentí forzada a hacerlo bien. La ausencia de la presión que invadía el resto de espacios de mi vida lo convirtió rápidamente en un refugio. Afuera podían reclamarme ser una mejor versión de mí misma, más linda, más inteligente, más eficiente o más conveniente. Acá muestro mis grietas, mis dudas, mis contradicciones, mis flaquezas. Fue el contrato de lectura que propuse desde el vamos.
Permitirme bajar la guardia hizo que conecte con los demás de una manera que las redes nunca lograron. Al final parece ser que todos estamos un poco rotos, pero Instagram no nos brinda la seguridad que necesitamos para mostrar nuestras heridas. Acá no soy nadie pero a su vez evidentemente me animo a decir cosas que pensamos muchos. Desde el comienzo recibí un amor que me desconcertaba, nunca recibí hate. Es más, este espacio digital hizo que valore mi mirada sensible y me enseñó a perderle el miedo a ser quien soy. Mi personalidad, intensa y multifacética o reflexiva y tranquila según el día y el espacio, es difícil de encasillar. Había aprendido a vivir con el freno de mano puesto las veinticuatro horas, rezando por no molestar a nadie por haber hecho o dicho demasiado o muy poco. Acá puedo equivocarme sin ser reprendida y aprender en público, corriéndome de la idea de que tengo que ser referente en la materia para decir lo que pienso.
En una de mis expediciones digitales buscando alguna cosita que me haga sonreír me encontré con el concepto de jardín digital y empecé a hacerme una idea de lo que representaba mentalmente este newsletter para mí. De manera muy breve, Maggie Appleton define un jardín como un espacio web que aloja una colección de ideas en evolución que no están estrictamente organizadas por su fecha de publicación. Estas ideas son exploratorias, no son refinadas ni completas, se publican como pensamientos inacabados que crecerán y evolucionarán con el tiempo. Gracias a ese ensayo me enteré que Michael Caulfield fue el primero en presentar la metáfora de los jardines como alternativa a la imagen mental de los ríos de las redes sociales.
Crear un jardín es un ejercicio de algo anterior a la razón, que suele llamarse espíritu, pero que prefiero denominar intuición. La intuición es un momento del estado salvaje, de ese instante previo a la medición y el orden de la razón: nos dicta palabras que no hemos procesado, nos lleva por ese camino diciéndonos que no hay nada que perder. Crear un jardín es algo muy parecido a escribir poesía, porque en ese campo uno se ve sacando la maleza, fortaleciendo tallos, atacando plagas: es un ejercicio del estropear y volver a intentar.
—Diego Alfaro Palma (2025). Mar pequeño del que peregrina.
Buenas buenas, ¿cómo estás?
En mi caso fueron semanas bastante revolucionadas, con sus dosis de imprevistos: de los muy buenos y de los malos también. También fueron semanas de cerrar ciclos, dejar capas de piel atrás para caminar mas liviana.
La que no anda liviana es mi agenda, porque antes de volver a trabajar me había anotado a un montón de talleres. Mi día a día se volvió una telaraña creativa entre diseño, literatura, fotografía, dibujo y ahora, guiones de cine. No me estoy quejando, eh. Nunca me imagine que soltar el freno de mano me iba a traer tantas alegrías y tanta gente con la que me siento en casa. Todas esas semillas vienen a parar acá, este jardincito que cuido con tanto esmero.
Te mando un abrazo inmenso,
Maca
Seguimos con la bibliografía. Aca van las referencias de esta parte del texto:
Klaus Krippendorff (2005), The semantic turn
Donald Schön (1984), The Reflective Practitioner
Maggie Appleton (2020), A Brief History & Ethos of the Digital Garden
Michael Caufield (2015), The Garden and the Stream: A Technopastoral
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