Ponerse las “gafas moradas” implica observar la realidad desde la perspectiva de la igualdad de género, lo que puede hacer que de pronto notemos situaciones y comportamientos que antes pasaban inadvertidos. De la misma manera, cuando nos colocamos las “gafas de la psicología social” (habrá que buscarle un color), empezamos a comprender cómo los procesos de identificación, las normas culturales y los roles de grupo moldean nuestras actitudes y comportamientos. Ambas perspectivas, combinadas, nos muestran las dinámicas que a menudo perpetúan la desigualdad y nos dan herramientas para promover un cambio más consciente y eficaz.
En el ámbito de la psicología social, es frecuente observar que las dinámicas de grupo generan barreras simbólicas que pueden separar a las personas por categorías como género, raza o ideología. Una de las situaciones más problemáticas en la actualidad es la percepción por algunas personas de que existe una “guerra de sexos”: la idea de que las mujeres que se identifican con el feminismo estarían automáticamente enfrentadas a hombres que supuestamente defienden posturas machistas. Sin embargo, esta visión binaria resulta inexacta y no ayuda a avanzar en la igualdad de género.
La noción de que todas las mujeres son feministas y todos los hombres son machistas es una simplificación que ignora la realidad de las posturas individuales. Desde una perspectiva sociocultural, las creencias sobre el género (machistas o feministas) no se restringen al sexo biológico. Tanto hombres como mujeres pueden compartir visiones machistas, y del mismo modo, hombres y mujeres pueden defender activamente las ideas feministas. En otras palabras, existen hombres que se identifican con las luchas feministas y mujeres que adoptan actitudes machistas o patriarcales, ya sea de forma consciente o inconsciente.
Lo relevante es entender que no se trata de la “maldad” de un género frente al otro, sino de un conjunto de normas, valores y estereotipos culturales que llamamos “sistema patriarcal”. Este sistema se configura a lo largo de la historia y moldea nuestras conductas y creencias, tanto en hombres como en mujeres. Esta dimensión sistémica implica que cualquier persona, sin importar su sexo, puede participar de prácticas machistas o, por el contrario, promover valores de igualdad y respeto.
Desde un enfoque de psicología social, la exclusión de los hombres en los discursos o manifestaciones feministas puede profundizar la sensación de división. Cuando a los hombres se les tilda únicamente de “aliados del feminismo” o se les ignora, se genera una barrera psicológica: muchos pueden percibir que no forman parte de la lucha por la igualdad o que su participación está restringida a un rol secundario. Esa barrera, si se consolida, puede alimentar la idea de que el feminismo es una causa exclusiva de las mujeres, lo cual a su vez refuerza, de manera involuntaria en muchos casos, la idea errónea de la “guerra de sexos”.
La teoría de la identificación social nos explica que las personas se sienten más cómodas y seguras al reconocer y compartir atributos con un grupo social. Si, por ejemplo, un hombre asume que el feminismo no lo representa porque no se le incluye como participante igualitario, es probable que no solo se aleje de este movimiento, sino que busque grupos donde se sienta más valorado, incluso grupos abiertamente contrarios al feminismo. Esto puede reforzar actitudes de rechazo al cambio social y consolidar la brecha entre hombres y mujeres que buscan la igualdad. El auge de apoyo a ideas de extrema derecha por parte de varones jóvenes en nuestro país se puede explicar en parte por este fenómeno.
Lo que podemos aprender de estos procesos es la importancia de no encasillar a hombres y mujeres en bandos opuestos. La igualdad de género se beneficia cuando se amplían los espacios de diálogo y de participación para todos, sin la necesidad de etiquetar a los hombres como simples aliados externos. Se trata de reconocer que la responsabilidad en la construcción de sociedades más justas recae en la ciudadanía en general, independientemente del sexo de cada persona.
Esto no implica que deban desaparecer grupos no mixtos para encuentros solo entre mujeres o solo entre hombres, porque pueden cumplir una función especialmente en momentos vitales de inseguridad. Pero no creo que deban ser el vehículo central de la lucha feminista, ni de la deconstrucción de las masculinidades, por los problemas de identificación grupal que acaban generando tanto a sus participantes como a las personas que observan desde fuera.
El reto es fomentar una cultura de inclusión en la que se reconozca que cada persona, sin importar su sexo, puede contribuir a promover cambios sociales encaminados a la igualdad. Comprender la influencia de la identificación social, así como evitar discursos que refuercen la exclusión de los hombres en la lucha feminista, son pasos esenciales para que la sociedad avance hacia una verdadera transformación igualitaria.
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