Como profesor en el Grado en Psicología de la Universidad Autónoma de Madrid, tengo el privilegio de ser el primero en presentar un concepto fundamental a las jóvenes mentes que tengo delante. Cada año, en las primeras semanas de la asignatura de Introducción a la Psicología, lanzo una pregunta provocadora: ¿por qué las personas hacen cosas malas? Las respuestas se repiten: “porque son egoístas”, “porque son violentas”, “porque tienen un problema mental”. Nadie menciona lo que estoy esperando. Y entonces llega el momento de presentarles una idea que, una vez comprendida, ya no se olvida: el poder de la situación.
Tendemos a pensar que el comportamiento de las personas se explica por cómo son: sus valores, su personalidad o su carácter. Esta intuición es útil porque nos simplifica nuestros esquemas mentales, pero es limitada. En realidad, nuestro entorno tiene un peso mucho mayor en nuestras decisiones cotidianas de lo que nos gusta admitir. Como decía Kurt Lewin, uno de los fundadores de la Psicología Social: “el comportamiento es función de la persona y del ambiente” y lo expresaba del modo C = f(P,A). Hoy ya no usamos este tipo de funciones lógico-matemáticas para teorizar, pero la idea se entiende. Ignorar la parte del ambiente es como intentar entender un pez sin tener en cuenta el agua en la que nada.
Uno de los momentos más impactantes de la asignatura llega cuando analizamos el experimento de Stanley Milgram, llevado a cabo en los años 60 en Yale. Milgram quería entender cómo personas corrientes podían llegar a cometer actos atroces bajo las órdenes de una autoridad. Para ello diseñó un experimento en el que los participantes debían aplicar descargas eléctricas (falsas, pero ellos no lo sabían) a otra persona cada vez que cometía un error. Las descargas iban en aumento hasta que eran de más de 450 voltios y el panel de mando informaba de que eran letales. Los investigadores habían hipotetizado que una minoría, en torno a un 10% de los participantes, llegaría hasta el final. Los resultados no mostraron eso: más del 50%, es decir, la mayoría, lo hizo. Personas normales, educadas, con principios morales, llegaron a administrar lo que creían que eran descargas potencialmente mortales, solo porque una figura con bata blanca les decía que continuaran.
Lo que Milgram demostró no fue la maldad inherente del ser humano, sino la fuerza abrumadora de ciertas situaciones. El experimento no mostraba sádicos. Mostraba personas normales en un contexto poderoso.
Este principio se vuelve aún más relevante en el mundo hiperconectado en el que vivimos. Las redes sociales, por ejemplo, generan situaciones muy particulares: anonimato, refuerzo inmediato, presión del grupo. No es raro que personas que jamás gritarían a alguien en la calle insulten con violencia en las publicaciones online. No es su personalidad lo que cambia, es el entorno que desinhibe ciertas conductas.
Lo mismo ocurre también en entornos laborales o educativos. Por ejemplo, el efecto Pigmalión, estudiado por Rosenthal y Jacobson, muestra cómo las expectativas que tenemos sobre alguien influyen directamente en su rendimiento. Si tratamos a alguien como competente, esa persona tiene más probabilidades de actuar como tal. No por arte de magia, sino porque modificamos sutilmente el entorno que le rodea.
Comprender el poder de la situación no nos exime de responsabilidad. Al contrario: nos da una nueva herramienta para mejorar el mundo. Si el contexto puede moldear el comportamiento, entonces podemos diseñar contextos que fomenten la cooperación, la empatía y la acción prosocial. Desde la forma en que organizamos una clase, hasta cómo estructuramos una reunión de trabajo, o cómo diseñamos una política pública, tenemos la capacidad de crear situaciones que ayuden en lugar de obstaculizar.
En esta línea, estoy investigando y aplicando nudges —pequeñas intervenciones en el entorno que orientan el comportamiento sin imponerlo— en contextos como el teletrabajo, la educación o la integración de nuevos empleados en organizaciones. Estos “empujoncitos” bien diseñados permiten activar conductas deseables respetando la autonomía de las personas, y son una herramienta eficaz para traducir la psicología en acción cotidiana.
Vuelvo al aula. Tras hablar de Milgram, del efecto espectador, de los sesgos y las normas sociales, les veo con la mirada algo más alerta. Como si se abriera un campo nuevo para entender el mundo, y sobre todo, para comprenderse a sí mismos y a los demás con menos prejuicio y más curiosidad. Un enfoque más complejo e incierto, pero más ajustado a la realidad.
Entender el poder de la situación no es solo una lección teórica: es una herramienta para la vida. Nos permite interpretar mejor lo que ocurre a nuestro alrededor, reconociendo que muchas conductas no surgen solo de la persona, sino de su interacción con el contexto. Pero, sobre todo, nos da un punto de apoyo para intervenir. Si los entornos influyen, entonces podemos modificarlos para promover comportamientos más cooperativos, más saludables, más éticos, y a la vez reducir conductas poco deseables. No se trata de controlar a las personas, sino de crear las condiciones que faciliten lo mejor de nosotros mismos.
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