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Nos une el medio · Sep 21, 2025

Letras migrantes: memorias de tierra y cielo

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Nos une el medio · Nos une el medio

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Camino Primitivo, etapa Hospitales, Camino de Santiago de Compostela (España). La foto fue tomada por una peregrina portuguesa cuyo nombre desconozco. Días después me la crucé y me dijo: “Creo que te tomé una foto tuya”. La compartió y no supe más de ella.

Querida amiga,

Te saludo desde 10.000 pies, surcando el cielo entre Cali y Madrid. Esta carta comenzó a gestarse por allá en junio, antes de tu respuesta a mi misiva, mientras aún terminaba el Camino de Santiago y me preparaba para dos meses de viaje por Colombia y Perú.

Me imaginaba estas letras hace un tiempo, porque quería celebrar un par de latidos: dos años de cartas abiertas, y veinte intentos de nombrar lo que, por pudor o asombro, a veces se nos escapa.

Tu respuesta me encontró en Colombia, en las montañas cercanas a Bogotá, nuestro lugar de nacimiento. Recuerdo que admiré la forma como invocaste memorias para narrar tu presente y la manera de resumir en cuatro escenas tres hilos de nuestra iniciativa: la atención a lo sutil para celebrar la intensidad de la vida; la presencia de otros seres y su rol en nuestro florecimiento, y el reconocimiento de los territorios como cómplices de nuestros cambios de piel.

Esta carta me ha costado. No por falta de palabras, sino por el deseo de honrarnos. Porque a veces la vida ocurre más rápido que el lenguaje, y la memoria se nos llena de escenas sin tiempo para volverlas relato. Los últimos meses han tenido una riqueza inusual: la integración de mi peregrinaje, un recorrido por Colombia y una revolución interior en mi paso por Perú.

Para tratar de conjurar el fantasma de la procrastinación, hago uso de tu recurso de postales. También apelo a tu compasión frente a mi intención de tejer la alegría por nuestra aventura, algunas imágenes de mis pasos y los pliegues por donde el Misterio se manifestó.

El comienzo: escribir sin estar listos

Sitúo el primer paso de nuestro camino a comienzos de diciembre de 2022. Acababa de llegar a una cabaña en las montañas de Asturias, para iniciar un retiro de seis meses. Anhelaba que el cambio de país y la pausa me permitieran dedicar más tiempo a la escritura personal. Pero luego de algunas semanas, no lograba embarcarme en la disciplina.

Entonces te contacté y tuvimos nuestra primera reunión. Eras la candidata perfecta: recordaba los elogios de los profesores de periodismo en tiempos de universidad, las decenas de publicaciones en medios, la forma como acompañaste a personas de diferentes orígenes a contar sus historias, los talleres con jóvenes que participaron en grupos armados en sus infancias durante tu doctorado y la manera como acompañaste la edición del tomo testimonial en la Comisión de la Verdad. Te dije con franqueza: “Necesito una mentora, alguien que me ayude a sanar la escritura”. Me miraste desde una pantalla inestable y dijiste algo así como: “Siento lo mismo. Estoy empezando una nueva vida, y vengo de un tiempo de sequía”. No pudiste ser mentora, pero ofreciste algo mejor: conspiración. No apareció una guía, sino una compañera. Desde entonces, escribimos para no soltarnos del hilo.

Comenzamos incompletos. Y esa sensación de no estar lo suficientemente preparados nos ha seguido acompañando a través de duelos, enfermedades, contratiempos, dilaciones y viajes.

La nota sostenida de nuestro intercambio ha sido la paradoja de sanar las palabras esquivas con el atrevimiento de escribir.

Encuentro en Santiago de Chile, agosto de 2024. Archivo particular.

Migrar también es volver distintos

He hablado en otra carta de mi sensibilidad con el acto de peregrinar. Narraba cómo veía en esta forma de desplazamiento un umbral para dar cuenta del presente vital y de los posibles futuros. Recorrí gran parte del Camino Primitivo. Fui peregrino durante ocho días, con siete kilos de equipaje y un promedio de veinticinco kilómetros diarios. Hubo instantes donde los pendientes irrumpían en la marcha. También momentos de tedio durante largos tramos de carretera. A veces, las jornadas de lluvia y barro catalizaban recuerdos enquistados que solo cedían con el llanto. Por supuesto hubo extravíos que retrasaban horas y se hacían eternos por un dolor de rodilla. Pero peregrinar trae sobre todo joyas. La humildad y sencillez; el sosiego tras una catarsis; relámpagos de comprensión, o un brillo de belleza al que solo puede responderse con silencio reverente, lágrima o risa.

Este breve recuento de uno de los momentos más significativos de mi vida sirve como metáfora para hablar de las experiencias del migrante. Uno de los temas más recurrentes en nuestros diálogos es el éxodo. Cuando nos reencontramos hace casi tres años, tú llevabas dos meses en Chile y yo un mes en España. Sin embargo, habíamos salido de nuestra natal Bogotá hacía años. Hemos procurado ser conscientes de nuestro privilegio, y a la vez, nos han conmovido otras formas de desplazamiento más dolorosas.

Nuestro país tiene una sombra larga de despojo y huida: las amenazas, los asilos políticos, el desempleo o la ausencia de futuro. Hemos investigado y escrito sobre quienes cruzan fronteras indocumentados, los que viajan como turistas y se quedan de forma irregular o aquellos que extrañan cada día el país, mientras una forma espectral trata de habitar otra cultura y a veces otro idioma.

Nosotros no huimos, pero tampoco permanecimos. Migramos por elección, con documentos, sí, pero también con preguntas. Queríamos saber quiénes seríamos en otro idioma, sin el lastre (ni el cobijo) del barrio, el colegio o el pasado nombrado por otros. Claro que vivimos episodios de añoranza y discriminación. No obstante, al hacer el balance han sido más los instantes de asombro y pertenencia. De hecho, hemos afirmado en nuestras cartas que sentimos ‘hogar’ en Mendoza, Edimburgo, Gijón o Temuco.

Cuando ‘apareciste’ con la primera carta [Be]loging, en octubre de 2023, bautizamos nuestra travesía ‘Nos une el Medio’. Lo hicimos por varias razones: Colombia está más o menos en el medio entre Chile y España. La escritura es un medio que deseamos poner en el centro de nuestra vida. Y la epístola es un medio que pese a su aparente anacronismo es capaz de atestiguar el caudal de existir.

Por las condiciones de nuestro éxodo, siento que nuestras letras migrantes tienen tintes de curiosidad y entusiasmo. Lo anterior hace que seamos cautos al decir que ‘volvemos’ a nuestro país cuando regresamos a Colombia o ‘nos vamos a’ cuando viajamos a Santiago o Cabo de Palos. Los lugares nos dejan habitarlos, nos enseñan su gracia y comienzan a pertenecernos. Al mismo tiempo, nos piden atención, compromiso y hasta nostalgia. Así es como poco a poco nos volvemos aves migratorias.

No ‘vuelvo’ a Colombia, sino que llego. Siendo otro, aunque con memoria y afecto. Y el país me recibe con su historia, pero también con nuevos rostros.

El Domo Aves y Café, refugio de aves en Quindío (Colombia). Foto: Dolly Gómez

De aves cautivas y sabidurías antiguas

En mi paso por Colombia tuve la oportunidad de visitar un refugio de aves en la zona cafetera. Los dueños construyeron un domo para acoger aves exóticas, pero que no podían ser liberadas por la afectación a los ecosistemas nativos. La experiencia fue agridulce. Criaturas destinadas a la libertad en cautiverio y una problemática que revelaba nuestra extraña relación con la naturaleza. Al mismo tiempo, una inusual intimidad con criaturas símbolo de libertad y ternura.

Mi visita dejó dos heridas. La primera, aprendí del picaje un trastorno de conducta y, a veces, enfermedad física que afecta a aves en cautiverio. Consiste en el despojo compulsivo de las propias plumas por parte de ellas mismas u otras aves del grupo. Ocurre sobre todo por estrés, soledad o falta de vuelo. En el domo, el caso más grave era el de un periquito llamado ‘Mauricio’ (lo sé).

La segunda fue recordar el término Zugunruhe, una palabra alemana que combina Zug (migración) y Unruhe (inquietud). Hace referencia al estado de inquietud migratoria observado en aves y otros animales antes de emprender camino. Se evidencia en nerviosismo y orientación hacia la dirección de la migración. El guía del domo nos indicó que en ciertos momentos del año puede ver en esas aves ‘acostumbradas’ al cautiverio este comportamiento instintivo. Estos dos testimonios me permiten avanzar hacia mi última postal.

Una de las estaciones finales de mi viaje fue Urubamba, Valle Sagrado de los Incas, donde co-facilité un retiro de regeneración personal y organizacional. Tuve el honor de compartir espacio con Elba Bravo, una sabia mujer peruana, guardiana de la tradición Oráculo de Chaupin y fundadora de la “Escuela Chaupin”, primera institución primaria basada en la Cosmovisión Andina.

Durante el retiro, Elba nos guió con enraizamiento, cuidado y verdad. Compartió su mirada del presente desde la hondura de tradiciones milenarias. Entre muchos regalos, nos dejó tres llamados: uno, la importancia de vivir de acuerdo a los ciclos, obedeciendo a los tiempos de descanso, plenitud y desasimiento. Dos, ser salkas (en quechua, salvajes), recobrar nuestra naturaleza indomable. Tres, recordar la humildad radical, esa que sabe que no somos nada, pero aún así somos milagro.

Elba Bravo, en Urubamba (Perú). Foto: Yasmin Dahnoun.

Cierro esta carta entretejiendo los tres hilos de mi presente. La sensación de cautiverio y las emociones del picaje, por verme a veces atrapado en rutinas, autodecepciones, injusticias de mi contexto o dolores globales. La activación y llamado del Zugunruhe no sólo en mi anhelo de peregrinar y vivir ligero, sino en el ímpetu creativo que anima este proyecto. Los llamados de Elba como el océano donde procuro navegar mi existencia y el refugio a donde vuelvo cuando todo parece desbarrancarse.

Termino esta colcha de retazos mientras veo la luna en su día de eclipse y contemplo descansar a mis compañeros de vuelo.

Gracias por este telar compartido y por estas palabras migratorias que sostienen.

Larga y buena vida para ti y tus letras.

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Mauricio-Ishwara (Ish Peregrino): Aprendiz serial, peregrino, meditador, escribidor y facilitador de procesos de cambio personal y colectivo. Nació en Colombia, vivió nueve años en Argentina y está radicado en España. Ha trabajado como editor, profesor universitario, asesor estratégico de organizaciones, activador creativo y columnista. Es creador de Ish Peregrino y la empresa DeUmbrales. En Instagram es @ishwara_peregrino.

Read the original on nosuneelmedio.substack.com

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