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Nos une el medio · Feb 18, 2026

Ir hacia afuera

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Nathalia · Nos une el medio

Ilustración del fanzine Lo que no se ve, de Sinay Medouze, artista venezolana migrante. Una imagen que nombra la incertidumbre y el permiso de no saber, en tiempos de movimiento. Santiago de Chile, enero de 2026.

Querido confabulador,

Escribo esta carta —la nuestra número 21— desde mi fin de año.

Con este pequeño truco de magia (o todo depende de cómo se mire), intento pasar de agache el sinsabor, o el no-sé-muy-bien-cómo-explicar, de haber dejado pasar tanto tiempo sin responderte.

Ni explicarte a ti, ni a mí, siquiera.

Aquí he escuchado expresiones como me agarró la máquina”, que me hace sentir como en una factoría. O una tuya, que atesoro desde que la leí: “a veces la vida ocurre más rápido que el lenguaje, y la memoria se nos llena de escenas sin tiempo para volverlas relato”.

Recibí tus letras en octubre. Así que, bueno, te escribo en mi fin de añoque, en Chile, es en enero.

Al terminar el trabajo de campo de mi investigación doctoral, escribí cartas de agradecimiento a las personas del grupo de escritura creativa Mi cuento lo cuento yo. Las guardamos en sobres y las sellamos como un ritual, para invocar otra época, otras maneras de decir gracias. De esos envíos, conservo esta.

Después de intentar superar el sinsabor del silencio con algo de humor, quiero decirte que desde que te escuché en Letras migrantes: memorias de tierra y cielo cargo conmigo la luna en su día de eclipse. Y me pregunto de qué manera sus ciclos también hablan de los nuestros: conversaciones que hemos tenido en temporadas de sequía, abundancia, espera, readiness o de “a lo que vinimos”.

Ahora que estoy en modo cierre de año —y no te miento, en Chile febrero es realmente cuando todo se apaga, como en Colombia sería nuestro diciembre—, atesoro el viaje que posibilitaron tus letras al volver al inicio de nuestra confabulación. Desde que nuestras soledades migrantes nos acercaron en el 2023 y veinte cartas después acompañándonos —o apañándonos, como dicen aquí—, nos convertimos en escritores.

De esos que se leen y se responden.

De esos que dan la cara, se exponen, se miran hacia dentro y sostienen conversaciones sesudas con muchos y diversos afueras.

Y, en modo cierre de año, lo que corresponde es agradecer, por supuesto. En eso, tus letras son un ritual que honra nuestras raíces y nuestras rutas.

Así que, con tu permiso, mi primera carta del año —mi número once de este proyecto epistolar— la quiero dedicar a intencionar lo que viene, lo que nos viene. A hacer un ejercicio de imaginación que empieza siendo individual y que tan pronto lo leas (o se lea) se vuelve colectivo.

Carta anónima encontrada en un muro de Bogotá, agosto de 2019. Parte del proyecto Conexiones Anónimas, una invitación a escribir y dejar que las palabras encuentren a otros en el espacio público.

La propuesta no es arbitraria. La he venido rumiando desde hace un tiempo.

Siento que, tal vez, este nuevo ciclo —que iniciamos desde el agradecimiento y la celebración por el camino recorrido— puede ser la oportunidad de ir hacia afuera.

De conversar con esas voces que se nos han ido asomando y de intencionar, junto a ellas, temas sobre los que quisieran conversar. Temas que apenas hemos garrapateado, pero que pueden abrir la puerta a otras exploraciones, a viajes narrativos propios.

En tiempos de desconfianzas, incertidumbres y ensimismamientos.

En tiempos de silencios y de hacernos chicos para no incomodar, para no ser señalados.

Creo que este cuenco caliente que nos ha recargado de energía todo este tiempo puede ser nuestra ofrenda para que otras y otros sientan su calorcito.

¿Te tinca? (te suena, te parece, te animas)

El poder polinizador de la escritura. Un muro, un buzón y un enjambre. Porto, mayo de 2017.

Cómo hacerlo es la pregunta.

Y ahí también he estado cavilando.

Para inspirarme, recordé otras experiencias de intercambio epistolar en las cuales me he embarcado en la vida. Más allá de las cartas que escribía cuando era chica —y que enviaba por servicio postal de una ciudad a otra, a 398 km de distancia—, he vuelto a conectar con proyectos creados por otros a los que me he animado a sumarme.

Está, por ejemplo, el llamado que hizo el Centro Nacional de Memoria Histórica en 2016 a escribir Una carta para Bojayá, un municipio del Chocó marcado por el ataque guerrillero de 2002, donde murieron 80 personas, entre ellas 48 niños y niñas.

Después del plebiscito que le dijo No-a-la-paz en Colombia, la invitación fue enviar a las comunidades negras e indígenas del Medio Atrato un mensaje de respaldo, apoyo y compañía, luego de que votaran masivamente por el Sí al acuerdo.

Esa vez escribí a mano desde mi casa en Edimburgo. Escaneé las letras y las envié por correo electrónico. Me gusta pensar que, al otro lado, esas palabras encontraron un espacio colectivo: que fueron leídas en voz alta, compartidas. Que hicieron lo que a veces hacen las cartas cuando llegan a destino: acompañar, aunque sea un poco, mientras una comunidad nombra su dolor y sigue construyendo memoria.

Esa escritura de compromiso, anclada en la médula de nuestra historia, convive en mí con otra mucho más ligera y azarosa. Porque entiendo el intercambio epistolar como un espectro: uno que va desde el peso de la memoria compartida hasta el asombro de lo fortuito.

Por eso, también está la experiencia de intercambio de postales de Postcrossing, a la que me apunté en 2018. La conocí viviendo en la isla y, desde entonces, empecé a jugar en este proyecto global que permite enviar y recibir postales reales —físicas, de las de verdad, verdad— a personas al azar de todo el mundo.

Es un proyecto pensado para fomentar la conexión internacional y el intercambio cultural a través del correo postal, y lo ha hecho a gran escala: millones de postales cruzando fronteras, idiomas y husos horarios.

Cómo te quedó el ojo.

Mi contribución ha sido tímida, pero mis letras han llegado a Rusia, China, Taiwán, Países Bajos, Estados Unidos y Francia. Letras que llegan, se leen… y siguen su camino.

Y, por último, hay una experiencia aún más cercana a nuestro corazón, porque nació —o fue directamente inspirada— por Nos Une el Medio. Actualmente hago parte de un gran círculo de palabra escrita concebido y animado por una colega periodista y escritora muy querida, Ginna Morelo.

En medio del sinsabor y el desasosiego del oficio periodístico, Ginna imaginó que un colectivo de mujeres periodistas podía abrir un espacio para escribirse sin apuro, sin certezas previas, ensayando juntas preguntas sobre el presente y el futuro del periodismo. Lo hizo a través de una invitación sencilla y generosa: una primera carta, una cadena de correos, libertad de palabra y de tiempo.

La idea —claro está— dialoga de manera directa con nuestro proyecto: con la cercanía que Ginna tiene con estas letras, con la manera como este intercambio le ha movido el corazoncito, y con el reconocimiento de la magia que se activa cuando escribir no es sólo decir, sino leer, responder y sostener una conversación en el tiempo.

Porque, de todos los proyectos que te he mencionado, sólo dos ponen el intercambio, el escribirse, leerse y responderse, en el corazón del proceso: el nuestro y este que nació inspirado en él.

Que no se pierdan las buenas costumbres: una postal que viajó desde Cartagena hasta Edimburgo. 6 de febrero de 2020.

El llamado, entonces, querido confabulador, coinspirador, fuente inagotable de ideas y de propósitos compartidos, es ir hacia afuera. Y que ahora el medio que nos una trascienda Colombia y sea la escritura epistolar.

¿Cómo hacerlo?

En este ejercicio de intencionar, quisiera también abrir la sección de comentarios tanto de nuestra plataforma como de nuestras redes, para recibir ideas. Cafeteando, he pensado que tal vez podríamos coleccionar un grupo de propuestas: temáticas, preguntas del ahora, del hacia dónde vamos, del cómo resistir el maremoto que viene con las noticias y con los contextos sociales cambiantes.

Aunque también he pensado en las experiencias que nos unen —particularmente nuestras letras migrantes— y en lo urgente que se siente reclamar como propia esa identidad: la migrante. La de quienes nos movemos, cambiamos de huso horario, cargamos corotos en una maleta y damos un paso al frente confiando en que será para mejor.

Que estas letras sigan cruzando fronteras. Si quieres, compártelas.

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Mural de Yon.Qui (Colombia) y Jordan (Leith) realizado para el festival Painting With Pals, Edimburgo, junio de 2025. Una casa que camina como metáfora de las raíces y la memoria: la pieza —que vincula el desplazamiento forzado en Colombia con la resistencia palestina— dialoga con la experiencia del desarraigo y la pregunta fundamental sobre dónde —y con quiénes— se habita el hogar.

Te abrazo.

Celebro que compartamos nuestras vidas y nuestras letras gracias a la escritura.

Sueño con que las redes que hemos tejido juntos —con palabras, con cartas, con juntanzas virtuales— se conviertan en un lugar de encuentro de afectos.

Un lugar donde, en colectivo, podamos sentirnos vistos, reconocidos y protegidos. Y donde, desde nuestras orillas migrantes, seamos libres para ser quienes queramos y para soñar mundos diversos, posibles.

Entrepalabrados,

Nathalia.1

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Nathalia Salamanca Sarmiento. Escucho, leo, escribo, edito, así, una y otra, y otra vez. Colombiana, con siete años acumulados en Escocia (en donde escribí mi primer libro) y ahora viviendo en Chile. De formación periodista, como investigadora he trabajado en medios de comunicación, organizaciones sociales, organismos internacionales, centros de pensamiento y espacios académicos en Colombia, Chile, Reino Unido y Alemania. En Instagram @nthl137 y en Twitter @nthl_s

Read the original on nosuneelmedio.substack.com

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