Dicho así parece que la vida del Paladín es sencilla: Te levantas, te pones una armadura que pesa lo mismo que un trol en hibernación, vas a la mazmorra, golpeas al jefe final, y cobras la pixelada recompensa. Así, todos los días.
Durante muchos ciclos esa fue mi forma de ganar experiencia… Hasta que me di cuenta de que, por muchos goblins que aplastes, el mal nunca descansa. Puedes acertar en mil estocadas seguidas y nunca conseguirás que todo el mundo esté seguro, ni feliz.
Por eso, decidí colgar la espada y coger el báculo.
Decidí pensar antes de golpear.
Decidí convertirme en Mago… Aunque lleve un mandoble, por si acaso hicieran falta caricias terapéuticas.
Ventrax, de inicio, no parecía un mal sitio para mis labores. Olía a tierra recién sembrada, a oportunidades frescas, a café recién hecho… Y, además, los honorarios llegan religiosa y mágicamente a tus bolsillos a final de cada ciclo. Pero una vez entrabas en sus dominios y eras lo suficientemente avispado, podrías darte cuenta de detalles insignificantes como construcciones de altas torres sin ventanas, forjas de espaldas de cristal, o mensajeros corriendo en círculos gritando cifras que nadie entendía.
Sin duda, el caos era el verdadero dueño de la existencia de los habitantes del reino.
El Rey, conocido como el Emperador Emprendedor, me recibió en su sala del trono oculto tras una cortina muy sedosa, muy cara y muy opaca.
—¡Bienvenido, Héroe! —bramó con esa energía que solo tienen los visionarios que duermen cuatro horas—. Me han dicho que eres un gran mago, ¿no es así? Necesito magia. Mucha. ¡Quiero que este reino sea un IMPERIO!
—Defina “Imperio”, Majestad —pregunté mesándome la barba, ya que es lo que se espera de un gran mago.
El Emperador se levantó (o eso me pareció entrever) y alzó un poco más la voz, dotándole de esa cadencia tan característica de la gente con voluntad de cumplir sus sueños.
—Quiero movimiento. Quiero comercio. Quiero que seamos la envidia del resto de los reinos, y para ello he encontrado la fórmula: Ahora mismo tenemos unos cuantos burros y carretas oxidadas. Quiero transformar eso a 5.000 carruajes de alta gama rodando simultáneamente por nuestros caminos llevando mercancías, conectando ciudades y haciendo que la gente sea feliz.
Ahí estaba. La cifra mágica.
En mi época de Paladín habría salido corriendo a talar árboles para construir carruajes a lo loco. Por suerte, soy un Mago: No ejecuto, ahora me dan rupias por tener ideas.
—Majestad —dije, sacando mi grimorio (un libro que usamos los Magos para anotar y reproducir diapositivas)—. Miles de carruajes forman una visión preciosa, digna de una visión producida por la Estrella del Norte. Pero, como puede ver aquí, vaticino que construir tantos carruajes no sirve de nada si no tenemos caminos, si los caballos se mueren de hambre o si nadie quiere subirse a ellos.
El Emperador carraspeó, porque vaticinar es un verbo con mucha pomposidad como para pasarlo por alto .
—No me vengas con tecnicismos de hechicero. ¿Puedes hacerlo o no?
—Puedo —respondí, sintiendo el peso de la responsabilidad—. Pero tendréis que esperar varios capítulos, ya que necesitaré tiempo para efectuar una estrategia válida que ordene este desastre.
Mi sinceridad terminó por convencer al Emperador, que quedó conforme y se marchó, cortina en mano, a otra reunión. Me quedé solo en la torre más alta buscando una ventana para poder mirar el horizonte y que el capítulo acabara de forma espectacular. Pero no había alguna, por lo que tuve que salir del Palacio, llamar al Viento, y elevarme para mirar más allá de las fronteras de Ventrax y comprender a lo que me enfrentaría una vez resolviera este pequeño caos interno. De verdad, qué fastidio.
No se veía nada. Solo una espesa, densa y oscura neblina que los habitantes denominaban Sombras de Mercad.
Qué nos gusta ponerle nombres rimbombantes a las cosas que no entendemos, ¿verdad?
Resumiendo: Tenemos una meta de 5.000 carruajes, pero no tenemos ni idea de por dónde tienen que rodar, ni quién vive al otro lado de la niebla. Y para colmo, en los pasillos del Palacio se rumorea que los Consejeros Reales se han encerrado en sus despachos y no se hablan entre ellos.
Este capítulo está patrocinado por Photo AI Studio, la mejor solución para disponer de tu propio carrete de fotografías con acabado profesional gracias a la IA: Fotos de perfil, vídeos, imágenes personalizadas con tu careto, elección de fondos… Y una interfaz muy sencilla de usar.
Si entras a través de este enlace, además, vas a llevarte una sorpresita cortesía de la casa.
En el próximo episodio intentaré reunir al Consejo Real sin que se tiren los tinteros a la cabeza y descubriremos por qué la información en este Reino viaja más lento que un golem cojo.
Hasta entonces, ¡sean pixeladamente felices!

Comments
Nothing yet. Say the first thing.
Sign in to join the conversation.