Hay libros que se leen. Y otros que te obligan a levantarte de la silla.
Mantequilla, de Asako Yuzuki, es uno de esos libros.
Aún no he terminado de leerlo —voy aproximadamente por el 44%— y me siento en la obligación de escribir esta «reseña».
Últimamente no «leo» mucho. O al menos eso indican las apps de Goodreads y Fable. No reflejan la verdad, por supuesto. Lo cierto es que últimamente leo más posts de Substack que otra cosa. No me arrepiento de nada.
Sin embargo, las estadísticas de Goodreads y Fable estaban ahí para darme por saco indirectamente —sobre todo Fable—, mostrándome la dichosa flor dormida… Como una mosca que revolotea por encima de tu plato y no te deja comer a gusto: tenía que hacer algo.
Así que tiré de mi lista de pendientes y me dispuse a leer un libro electrónico a través de la maravillosa y gratuita app de Biblio Digital —ya me darás las gracias luego, en los comentarios; siempre contesto—.
Soy de las que opina, al igual que Virginia Woolf en Una habitación propia, que:
«No se puede pensar bien, amar bien, dormir bien, si no se ha comido bien».
Disfruto de la buena comida y más si es con la compañía de un buen thriller gastronómico con tintes de novela negra.
Mantequilla es un libro que se lee con los cinco sentidos: ves el surtido ante tus ojos, escuchas el chisporroteo de los alimentos en la sartén, se saborea, se huele, se distingue la textura de los alimentos en la lengua y el paladar, como si los tuvieras delante.
Por eso aún no lo he acabado. Hay que dedicarle el tiempo adecuado y no leerlo-comerlo con prisas. ¡No vaya a ser que me dé indigestión!
He de reconocer que me adentré en la historia sin saber a ciencia cierta de qué trataba —es como ver una película sin ver antes el tráiler: puede ser maravilloso o un chasco absoluto—. El tiempo dirá.
De momento, me está encantando.
Si, como yo, quieres disfrutar de la experiencia al completo sin anticipos, sáltate solo el siguiente párrafo. Pero que no cunda el pánico: no voy a destripar la trama al completo, solo la idea principal.
Basada en un caso real japonés —me acabo de enterar ahora mismo—, Mantequilla narra la historia de una chef (Manako Kajii) acusada de seducir y asesinar hombres con su cocina, explorando temas de obsesión y misoginia. La periodista Rika Machida decide entrevistarla para crear un artículo que la eleve en la revista para la que trabaja, pero entre visita y visita a la cárcel, Rika se obsesiona con la acusada y también con la mantequilla.
Y sí. Esta noche he tenido que dejar la lectura a medias y levantarme de la silla, porque no puedo postergar más esta receta desde que la leí en el primer capítulo.
Se trata del arroz al vapor recién hecho, con mantequilla fresca y un poco de salsa de soja. En Japón se conoce por el nombre Butter Shoyu Gohan.
En el libro, Manako Kajii le aconseja a Rika que prepare el arroz caliente cuando la mantequilla aún está fría y dura de la nevera.
«La mantequilla fría y el arroz caliente. Es muy importante apreciar ese contraste. Se deshace en la boca, se mezcla con el arroz y se transforman en una fuente dorada. No importa que no lo veas, se nota que es dorada, como su sabor. Gracias a eso cada uno de los granos de arroz impregnados de mantequilla manifiesta su existencia con toda claridad, y el aroma pasa de la garganta a la nariz. La dulzura de una especie de leche densa se enreda poco a poco en las papilas gustativas… »
Voy a dejarlo aquí o vas a empezar a salivar.
Como no dispongo de arrocera eléctrica, voy a preparar el arroz al vapor en una olla al estilo asiático.
Para ello, lavaré el arroz tres veces —pasarlo por agua y escurrirlo— hasta que el agua salga clara y así eliminar el almidón.
Supongo que esta receta quedaría mejor con un arroz largo o tipo basmati, pero yo voy a utilizar un simple arroz redondo —es más barato—.
Una vez lavado, se coloca en la olla y, en mi caso —según el tipo de arroz que estoy utilizando y la cantidad: algo menos de medio vaso—, se vierte la misma cantidad de agua que de arroz. Le añado un poco de sal y fuego a máxima potencia hasta que empiece a hervir.
Una vez que las primeras burbujas salen a coalición, bajo el fuego al mínimo y tapo la olla. La dejo así durante doce minutos, sin hacer nada más que vigilar que el agua no se desborde de la olla por la presión —abriendo un resquicio entra la tapa y la olla si hace falta durante un par de minutos—.
Pasado ese tiempo, retiro la olla del fuego y la dejo tapada unos diez minutos más. El arroz queda perfecto: en su punto y sin pegarse en el fondo de la olla.
Con el arroz recién hecho, lo sirvo en un bol, le coloco encima unos diez gramos de mantequilla fresca de la nevera y un chorrito de salsa de soja.
Para acompañar este manjar calórico de los dioses, me he decidido por judías redondas al ajillo con salsa de soja, para equilibrar un poco.
El arroz recién hecho con la mantequilla es sublime. En el primer bocado, cuando invade mis fosas nasales pienso en las palomitas con mantequilla, pero si tuviera que describirlo con una palabra sería: delicado.
Es cierto: es dorado. No sé por qué, pero lo es.
La soja no eclipsa ni por asomo a la mantequilla, así que, si te decides a probarlo, ponle tanta salsa como te pida el cuerpo.
Las judías son un buen acompañamiento, pero tampoco le hacen justicia a este maravilloso platillo.
No sé cómo acabará el libro.
Pero sé que voy a repetir el arroz.
Si te animas a probar la receta o leer el libro, déjamelo en los comentarios.
Gracias por leerme.
Mirian.
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